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R.O.L. Beta

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51 Re: R.O.L. Beta el Jue Ene 21, 2016 3:10 pm

Ítalo ((parte escrita por bake))




Un búho de toga azul yacía exhausto, todavía tosiendo el agua que llenaba sus pulmones.

Aldara aflojó su espalda, dejando caer sus manos. Luego de que exhalase, comenzó a caminar hacía el búho, lentamente. Lang se puso de pie tan rápido como le fue posible, alcanzó a Aldara y la tomó por el hombro. La nereida volteó y el pistolero la contempló por largos segundos.

Aldara —dijo Lang, jadeando—. Es suficiente.
¿Suficiente qué? —respondió ella, en un tono tan frío como el hielo con el que había atravesado a un gurag. Luego de que hubiésemos alcanzado a Malo y detenido el hechizo que había hecho temblar el suelo, la batalla no había durado mucho más—. ¿Suficiente qué, Lang? —repitió Aldara.
Yo me encargo del último —suspiró el pistolero.
Dalia no fue suficiente para ellos. No conocen límites. —El tono de Aldara no cambiaba.
Pero yo sí, y elijo la vida de Cregh a la sed de venganza.

Aldara se giró, incrédula, para encontrarse con un Cregh paralizado. Había caído bajo un hechizo del gurag. La nereida desvió su mirada a la izquierda, logrando contacto visual conmigo. Me puse de pie sin sacarle los ojos de encima en ningún momento.

Sus ojos relampagueaban y brillaban en la oscuridad tanto como mis rayos. Pero al final, su mirada bajó y dio un paso al costado. Lang no tardó en ponerse en camino y apurar su paso hasta el enemigo caído.

Hasta ese momento, las flamas que Cregh conjuraba para nosotros seguían brillando, y eran nuestra única forma de ver. Pero la luz de Cregh empezó a desmantelarse, y no fue más que un fino grano tragado por la oscuridad de Verín. Las tinieblas nos rodearon otra vez y nuestras siluetas se hicieron uno con el negro. Solo nos acompañaba el ruido de río corriendo.

El pistolero quería ocuparse del último hechicero que quedaba, pero no eso no significaba matarlo. Con las llamas apagándose, apuró su paso y no perdió el tiempo, subiendo al búho moribundo en el lomo de Malo. Iluminé la nueva escena con mi mano, cargada de energía del rayo.

¿El anillo? —inquirió Lang.
Ya lo tengo de vuelta —contesté.
Hay que irnos de acá —dijo el gatillero—. Todo este asunto era demasiado arriesgado y lo sabía. —Aldara se limitó a mantenerse en la misma posición; cabeza gacha y boca cerrada.
¿A dónde? —pregunté—. No hay lugares seguros.
Fuera de esta ciudad.
No estoy seguro de cuan buena idea es eso. —dije.
Es la única de las opciones donde el resultado es no ser asesinados. —dijo Lang—. Ya, Ítalo. Cada segundo es valioso.

Deje ir la energía de mi mano, y les pedí que se arrimaran para que pudiésemos viajar.


Y de nuevo, en un parpadeo, el anillo nos llevó a los cinco —con el búho— hasta los pies de la cadena montañosa que rodeaba a la capital del Oeste.

A pesar de haber aparecido bajo la sombra de unos árboles, la luz del día nos encegueció. La vista de todos se normalizó luego de un buen rato, a costo de un dolor agudo en los bordes de los ojos.

Inmediatamente, la nereida nos dio la espalda. Parecía buscar distraerse con la flora del lugar. Fui tras ella, pero la mano de Lang tomo la mía.

Necesito el anillo —dijo—. Por si este bicho intenta transportarse a algún lado.
—dije, tardando unos segundos en reaccionar—. Seguro.
¿Se supone que solo con pensar en el lugar esta cosita me lleva hasta ahí? ¿Así de simple? —preguntó, y volví a asentir.
Él también movió la cabeza, asintiendo lentamente.
¿Pensas que Cregh está muerto? —dijo entonces, y mi mirada se corrió—. ¿Un solo hechizo basta para matarnos? ¿Es tan fácil?
No sería más fácil que un balazo en la cabeza —respondí.
No, no lo sería. Lo mejor que puedo hacer es hablar con ese búho para que cure a Cregh —dijo Lang, pensando en voz alta. Luego volvió a mirarme—. Hablá con Aldara. Tuve miedo que se convirtiera en la misma de Aqlatan ahí adentro.
¿Miedo? —dije, sorprendido. ¿Eso hubiera sido algo tan terrible?—. Lang, tu pulso no puede flaquear ahora… ahora no.
Es que... Sentí exactamente lo que dijiste —suspiró—. Cuando dijiste que la ciudad parecía viva y nosotros nos reímos. Era así. No éramos bienvenidos. El mismo suelo que pisábamos parecía querer tragarnos por el hecho de ser humanos. Ya sé que en este punto no hay vuelta atrás. Dudar y tomar una mala decisión ahora va a guiarnos directo a la derrota. Y la derrota va a significar nuestra muerte y la de todo lo que está detrás de nosotros. —Lang señaló hacía su espalda, en dirección al este.
Ya sé —dije—. Todavía estoy estupefacto por lo de Dalia. Y sin ella… no sé si tenemos chances reales de sobrevivir. —Ya no podía sostener la mirada de Lang.
Necesitamos a Aldara integra —El pistolero cambió el tema, y mientras habló sus palabras volvieron a ganar seguridad—. No podemos dejarnos llevar por las ganas de venganza. Nuestra misión es parar al Deus. —Asentí una última vez. Me disponía a encarar a Aldara cuando otro pensamiento cruzó por mi cabeza.
¿Cuántos magos fueron ahí dentro?
Los conté. Diecinueve.


Desde el accidente con los cuervos cuando llegamos al oeste y, más puntualmente, después del inoportuno cruce con unos bandidos, había puesto en duda cuán lejos debíamos llegar. Luego, en Aqlatan, la situación que habíamos vivido y la mirada de Lang antes de que degollase a esos dos iluminados me habían hecho entender que no se trataba de un límite. No se trataba de mi gusto, ni de la historia de los bichos, ni de sus creencias. Había obstáculos; eran obstáculos tan grandes que forzaban nuestros límites, pero nosotros habíamos sido los elegidos para superarlos. Entendí que había tantas escrituras, oráculos y fuerzas trabajando de ambos lados para que se llegase a un desenlace, que mancharse las manos con sangre inocente no debía ser algo de mayor relevancia.

Sin embargo, entonces perdimos a Dalia. Fue como si todo a nuestro alrededor se desmoronase para disolverse en la vastedad del Oeste. Todos los ideales y profecías puestas sobre nosotros, los cinco de Alles, habían perdido su esencia. Esa noche nuestro instinto de supervivencia había sido apagado. Aparecieron la rabia y la  desesperanza. El odio y la muerte. Sangre aliada en nuestras manos. Después de eso, no sabía cómo sacarme el sabor metálico detrás de la lengua. No sé qué nos hizo seguir adelante esa misma madrugada. Habíamos perdido nuestra guía, nuestra brújula.

Y sin brújula y despechados volvimos a pisar las ciudades del Oeste. Para causar más caos. Una fórmula que se repetía en ambos bandos. En cada ciudad donde pisaban las personas de las escrituras, corría la sangre.

Recordé que uno siempre trataba de justificar sus actos. A cualquier precio. Nadie era el malo de su propia historia.


Abracé a Aldara por la espalda. No había ternura, y mucho menos sensualidad. Solo apoyé mi cabeza en su espalda, tratando de buscar algún rastro de esa nena de prendas sucias que había llegado a Veringrad. Trataba de arrastrarla afuera, de rescatarla de ella misma.

Cuando se giró, noté que la tormenta que habitaba sus ojos estaba en su peor momento. La nereida me pidió que me corriera en un tono menos áspero que antes, pero no movió un pelo para hacer algo al respecto. Solo volvió a girar su mirada hacía la flora.

Jamás me había considerado alguien con el tacto suficiente para elegir las palabras justas o para percibir qué pasaba dentro de la cabeza de los demás. Pero esa vez no había otra manera. Esperé que las palabras fluyeran en el tiempo adecuado. Imaginé a Aldara sentándose en el suelo, arrancando pedazos de pasto mientras me escuchaba hasta terminar dejando de querer destruir. No era así de fácil. Tampoco tenía las historias o las ideas necesarias para hacerle comprender lo que quería transmitirle. A pesar de todo esto, sentía que podía entender lo que había en su pecho.

Me desprendí de ella, dejando solo mi mano derecha sobre su hombro. Entonces hablé.


Aldara. Hasta el día de hoy todavía no tuvimos tiempo de compartir nada fuera de este contexto. —Ella dio medio paso hacia adelante; me dio a entender que eso se iba a tratar de un monólogo—. Apenas tuve tiempo de mirarte a los ojos cuando llegaste en Veringrad. Apenas tuve tiempo de preguntarte sobre vos durante esas caminatas eternas al Oeste. Apenas entendía que había aceptado perder mi vida codo a codo con ustedes. Tal vez en el principio no entendía que nosotros éramos algo más que cinco personas elegidas al azar. —Tomé aire. Empecé a hablar desde mi pecho—. Ni siquiera tuve la decencia de tratar las heridas de tu pierna como dije que iba a hacer. Pero ahora creo que tenes heridas más profundas que aquellas.

La nereida pareció parar las orejas al escuchar eso último.

Al principio… tampoco me había imaginado la vastedad que iba a tener este asunto —proseguí—. Desde leer sobre el fundador de mi familia hasta encontrarme con mi hermano. Del Este al Oeste sobre un hilo del cual se balancea todo. Pero algo me dice que no te interesa demasiado. No sé cómo fue tu vida, pero creo que tu percepción del Este éramos nosotros cinco, Malo y Wendagon. Tal vez estás pensando que si todo se hunde en la oscuridad todo va a dejar de doler. Que, de alguna, la muerte del Este significa curar tus heridas. No sé, no tengo idea de cómo ayudarte. Mi idea no es endulzarte y decir que todo va a estar bien; quiero saber qué está pasando y que podamos ser un grupo de nuevo. Porque la oscuridad no va a ser nada. No vamos  a poder rogar para que la gente el Oeste te tenga misericordia. Si no gritamos todos al unísono, no vamos a ser más que carne para gusanos.

Aldara permaneció en la misma posición, con la mirada clavada en el hueco de un árbol. Mientras tanto, los gritos del búho y Lang llenaban parte del silencio de la tarde.

Voy a esperar acá todo el tiempo que sea necesario, Aldara —le aseguré, al mismo tiempo que me acomodaba en el pasto. Ella no se inmutó en absoluto. Pasó un minuto. Medio minuto más. Entonces giró su cara para mirarme.


Háblame sobre el dolor, Ítalo —pidió.



Última edición por Zeh Roh el Miér Abr 06, 2016 11:27 am, editado 1 vez


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La oscuridad enciende, ¿quien es mi padre? ¿Me tenderé? ¿Me quedaré? Bendice el campamento, haz que el fuego brille.
Spark-a-dark, who's my sire? Will I lay me? Will I stay me? Bless this camp with fire.



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52 Re: R.O.L. Beta el Vie Mar 18, 2016 10:47 pm

Háblame sobre el dolor, Ítalo —pidió.

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¿Era realmente necesario venir? Quiero decir, hasta tu sangre es mejor que la mía. Ítalo, hijo de Adán.  ¿Qué más necesitas?¿Qué buscas en Craster? —dijo Marco en un tono que nunca antes había escuchado salir de su boca.
Sí, era realmente necesario. Y no busco nada en particular acá.—dije en algo apenas más que un susurró.
¿Realmente necesario?—gritó inmediatamente al terminar mi frase. —En todos estos años jamás diste una respuesta que siquiera pareciera verdad. Ni mi padre o madre creyeron alguna palabra de tus explicaciones.
Tus padres,vos,son mi familia. Quería pasar tiempo lejos de Veringrad y de eso
¿Otra vez con esa mierda? Te conozco lo suficiente como para darme cuenta que estas mintiendo. Conozco cada hábito,cada cosa que te hace reir,pero cuando se refiere a que pasa dentro de tu cabeza cuando te quedas callado no tengo una sola pista. Sólo puedo mirarte a los ojos y adivinar.Ese es mi mejor intento,adivinar. — Marco gritó aun más interrumpiéndome. Intenté decir algo,pero las palabras no salieron de mi boca. Solo lo miraba,en una escena que con el silencio rebalsaba de ironía.
Sabes que detesto hablar de relaciones amorosas con la gente.—dijo bajando ahora el sonido de su voz —Simplemente lo detesto, pero vine a hablar sobre Helen con vos.—dijo esperando una respuesta que nunca llego. Tomó aire y volvió a subir su tono—Y sabes muy bien que puedo hablar 3 horas seguidas con cualquier señora mayor que pueda cruzar aleatoriamente en el mercado,pero ni siquiera susurrar el nombre de Helen con otra persona.
Hablemos de Helen—balbuceé
No se trata de ella ahora—dijo llevando una mano sobre su rostro—Quiero saber por qué viniste acá desde el primer momento. Siento que solo viniste para recordarme que soy el último eslabón de la familia. Ser alguien que está destinado a obedecer las palabras de la casa matriz.

No podía reaccionar a lo que Marco me decía. La sombra me envolvía y era imposible susurrar siquiera una sola palabra. Tenía la boca abierta para intentar explicarle que estaba pasando, pero mi lengua estaba inmovilizada con el fuerte nudo que tenía en mi garganta. Las lágrimas de Marco empezaron a resbalar por sus mejillas volviendo la escena todavía más incómoda. Él era la persona más cercana en el mundo entero. Y se estaba desmoronando enfrente mío, mientras yo seguía sentado del otro lado de la mesa redonda.
Podía ahorrarle tanto dolor haciéndole entender que nada de eso era así. Pero esa noche no hablé.
La voz agitada de Marco no paró en ningún momento. Mi boca seguía abierta,dando la falsa impresión de que en cualquier momento iba a comenzar a explicar todo. Pero solo cuando su rostro se enrojeció haciendo parecer aún más grotescas las venas que se marcaban en su cara.
Él me dijo que no entendía como estaba siendo tan egoísta.
Él cesó con sus lágrimas diciéndome que tal vez yo era así y no debía esperar otra cosa de mí.
Él siguió sufriendo por Helen mucho tiempo después. Y por mí.
Compartíamos un dolor parecido, aunque yo no era capaz de hablar.

—————————————————

Ella clavó sus ojos en los míos, buscando una respuesta. Todavía me recorrían algunos escalofríos mientras mis ideas se acomodaban. Sabía que antes no había podido hablar ni una palabra. No quería imaginar la mirada de Aldara clavada en mí esperando que le conteste.
Sin embargo, la sombra se había quedado en Havenstad. Desconocí la soltura con la que mi lengua empecé a modular palabras. También desconocí la pequeña sonrisa que se me formó al hablar del dolor. Por qué esa era la primera vez que abordaba el tema en mi vida. Y las palabras que habían rebotado tantas veces en las paredes de mi cabeza tenían lugar en otro lugar que no fuese dentro mío.

Una parte del dolor viene del propio reflejo. Por buscar respuestas mirando el espejo y aferrarse al pasado.—dije levantando la cabeza, encajando su mirada con la mía.—A algo que fue mejor. A días más brillantes y sonrisas más anchas. Simplemente desconocer el presente y futuro como legítimo. Querer escapar del tiempo. Tal vez, manejarlo y distorcionarlo a gusto. Pero sabemos muy bien que no está en nuestras manos.
Acumulamos tiempo de este presente imperfecto, que se transforma en rutina. Y de repente parece implacable. Enorme. Gigante.
Algo dentro nuestro nos convence de que es así de imbatible y que es un problema sin solución. Hay callejones que nos aislan, pero son solo temporales. Eventualmente estos callejones se cierran para dejarnos cara a cara con el presente. Tal vez otros callejones surjan en la oscuridad, y sin importar cuan profundo nos adentremos en ellos todavía vamos a seguir escuchando un zumbido para recordarnos este presente imperfecto. Y en esos mismo callejones que nos alumbran,también nacen reproches a uno mismo. Solo para asegurar que realmente no podemos hacer acerca del hoy.
Desconozco cuánto tiempo puede pasar uno así. —reconocí— Yo encontré muchos de esos callejones.
Y me adentré tanto que pensaba que eventualmente todo se arreglaría. Aunque había una esencia que me aseguraba que no. Y esa esencia no hacía más que crecer con el tiempo. Y volverse más oscura y espesa.


Lo más inmediata salió desprendido de mí en una ráfaga. Llené mis pulmones de aire lentamente.
La miré y vi como sus ojos se empezaban a aflojar. Entendí que ella quería y necesitaba zambullirse dentro de ese mar de palabras que nunca había podido salir de su pecho.

Creo que uno determina realmente cuánto sufre en cierto punto. Desde el día que mi padre me dejó a un lado para enseñarle a disparar sus revólveres a mi hermano algo nació dentro mío. Solía recordar prácticamente todos los días el sonido de los disparos. Pero no le di más importancia. Entendí que Hanzel fuese más importante que yo. Era un del Valle con habilidades excepcionales para la magia. La reliquia más preciada de la generación. Y elegí vivir detrás de su enorme sombra.

Invité a que ella dijera algo, pero negó rápidamente con su cabeza. Sin quitarle los ojos de encima,seguí hablando.

Me quedé callado y miré. Jamás hablé. No disfrutaba mi tiempo en familia, y sin darme cuenta me había ido de casa. Estaba en uno de los callejones y me traté de convencerme de que era realmente la salida. Viví en Craster por mucho tiempo, lejos de lo que me lastimaba. En ese momento me pareció la única salida.
Nada me distraía realmente de esa sombra. Se sentía como caminar en un pantano, donde cada paso que daba parecía un error. Luego mi propio dolor repercutía en la gente que me rodeaba. Y seguía sin salida. Encontraba callejones, donde me distraía y reía. Reía como nunca sabiendo que esas risas estaban contadas.
Sin embargo no hacía más que alimentar a la imperfección de la rutina. Miraba hacia atrás y cuestionaba mis propias decisiones. Y volvía a buscar respuestas mirándome al espejo. Repasando una y otra vez las cosas que pasaban. Y  volvía a caer en los errores de antes.
El dolor es un ciclo que se retroalimenta.


Recordaba bien cada sensación que le describía a Aldara. Pero la sombra ahora parecía lejana,aunque el sabor metálico detrás de la lengua seguía siendo tan familiar como siempre.
Nuevas brotes de dolor estaban creciendo supongo.

Aldara abrió la boca para intentar decir algo. Alenté a que forzara lo que iba a decir. Había llegado a cerrar un idea y no quería hablar por siempre. Sentía un alivio hablando de heridas que parecían curadas ahora,pero no quería tocar lo de Dalia o repetir la idea de que Hanzel estuviera con el Oeste.
Mientras Aldara hesitaba tuve un momento para sentir el viento en mi espalda y sentir el olor a tormenta que había. Lang y Malo trabajaban en el búho y faltaba para que el sol se escondiera. Quedaba mucho por hacer.

Te lastima incluso más cuando te das cuenta que con otras decisiones pudiste haber escapado más fácil. Haber ahorrado tanto dolor. Uno se acostumbra al miedo y a las heridas que lleva. Pero se puede superar encontrando las motivacio
Maté a mi prometido.—dijo interrumpiéndome y asintiendo levemente con la cabeza.  

No había terminado de procesar lo que había dicho. Estiré mis manos hasta sus hombros y la invité a que se sentara en el pasto. Mis ojos estaban grandes como platos y balbuceé 4 palabras antes de poder decirle algo. Ella ahora tenía su mirada clavada en el piso. Levanté su rostro e insistí con que siguiera.

Maté a mi prometido.—repitió—Tuve que escapar y dejar a mis hermanos con la zorra de mi madre.—La lengua de Aldara empezó a trastabillar y empecé a sentir su respiración más cargada.—Jamás tuve el valor para enfrentarme a él,ni a mi madre. En el fondo realmente creía que un día ella dejaría el alcohol. Y que realmente él iba a amarme.

Arrastré mi mano hasta las suyas y la tomó con un extraño cariño. Pareció encontrar cierta familiaridad en mi piel por la manera en que ella la acariciaba. Daba vueltas en círculo con la yema del pulgar, dando la sensación de tener un talismán en su poder. Abstraída en sus propios pensamientos sentía que estaba rezando. Cómo desesperada, tratando de bendecirse con las caricias.
Desconocía a quién se le debía rezar y que ofrendas se debían llevar a cabo en estas circunstancias. Pensé también que los Dioses se veían pequeños frente al Oeste. Tal vez ellos no tenían poder en estas tierras.

Intentaba que ella no se enojara. Siempre pensé que ella tomaba para matar algo dentro suyo que la llenaba de ira. Ni siquiera sé si era ira.—dijo casi sin poder contener las lágrimas y los mocos—Su rostro... sentía que a veces disfrutaba todo lo que pasaba. Tampoco sentía empatia por su dolor. Era demasiado cínico.—dijo en un último suspiro. Respiró hondo y rompió a llorar. Era un sollozo pesado,pero silencioso. Lloraba penas acumuladas por mucho tiempo y las lágrimas parecían hechas de miel.
Tenía los ahorros para irme con mis hermanos y escapar. Me convencía a mí misma de que 50 rorintios no era suficiente. Los días se volvían eternos. Sentía que el sol iba a quedarse por siempre en el cielo. Y perdí la percepción del tiempo.
Creí también que él iba a quererme. Estaba perfumada y arreglada cada mañana, intentando que ablandara su corazón. Que viera algo en mí que no pudiese ver en otro lado. Que me deseara y me sacara de ahí. Aunque cada día él me demostrara lo contrario, seguía creyendo que lo haría. Estaba convencida de eso porque papá lo había elegido para mí. ¿Su última voluntad fue meterme en un infierno?
—habló en una voz titubeante y todavía llorando. —Anhelaba despertar con el sol en la cara,a su lado, sonriendo. Que me contemplara mientras durmiera y que me esperara con té...té de menta.—hablo con un hilo de voz antes de dejar el sollozo silencioso por uno mucho más fuerte.  Inclinó su cuerpo hasta encontrar su frente con mi hombro.

Froté su espalda tratando de no hacerla sentir tan sola. No sabía si la tormenta se detendría, pero intuía haber hecho un trabajo aceptable. Ella podría llorar todo lo que quisiese de ahora en más. Y las lágrimas de Aldara inspiraban todo menos debilidad.
Pensé que tan parecido a esto sería el viaje de Ansala del Valle. ¿Tendría su propia nereida impulsiva? ¿Cuán lejos habían llegado por el Este?
Imaginaba que el derroche de sangre inocente era algo que se obviaba en las historias que se pasaban de generación en generación. Mi propio ancestro podría haber desenfundado su espada sin pensarlo 2 veces contra la gente del Oeste. O quizás él evitaba que el Hechicero descargara su  ira en la gente inocente. O tal vez simplemente paso como en las escrituras. Pero mirando a las montañas que rodeaban Verin la pregunta que siguió rebotando en mi cabeza, mientras Aldara secaba sus lágrimas, fue otra.
Mirando el domo de oscuridad que absorbía la capital, me pregunté cómo se supone que pusieron a dormir al dueño de todo esto.


Hace no demasiado tiempo,—dije mientras ayudaba a Aldara a pararse—tal vez desde Havenstad, que veo a todo este dolor como una guía. Siendo los elegidos podemos darnos el gusto de pensar eso supongo. Cada cosa que paso en nuestra vida, sin importar lo malo que fue para nosotros, no fue más una brújula para llegar acá. No digo que haya sido la mejor brújula, pero estamos en Verin. Vivos. No sé si me explico.
Si...entiendo.—dijo haciendo flotar en el aire sus últimas lágrimas para convertirlas en vapor—Me hace sentir como un títere.
Sí,—dije asintiendo enérgicamente—pienso lo mismo. Sin embargo, creo que hay una razón por que una piedra mágica se insertó en mi pecho y no me mató. Hubo una razón para encontrarnos con el gurag en el cine. Lo mismo con el oráculo. No estoy seguro, pero después de lo de anoche, creo que era lo único que mantenía parado. Qué al menos desde los cielos, teníamos compañía. Si me pongo a unir casualidades a lo largo de mi vida, siento como si todo de alguna manera fue modificado para que yo llegase acá.
No sé cuán cómoda me siento pensado eso.—dijo y se volteó para clavar la mirada de nuevo en el mismo árbol, olvidando por completo la charla de instantes atrás. Justo antes de lo que haga pude ver sus ojos, para verificar que la tormenta estaba apaciguándose.
Si hay algo en lo que todavía creas, Aldara, te lo ruego, hacelo por eso.

Aldara se limitó a decir que iba a dar un pequeño paseo. Le advertí que tuviera cuidado, no consideraba que estar afuera la ciudad fuese seguro. Si bien había cierta vegetación para ocultarnos, sentía que ellos estaban justo detrás de nuestros talones. Me creí un poco afortunado de no haber sido apuñalado por la espalda mientras hablaba con ella, nadie estaba realmente prestando atención a un posible ataque sorpresa. Nadie quería pensar siquiera en uno.

No quise voltear para sumarme al trabajo sucio del que se estaba encargando Lang. No me apetecía ver sangre ni ningún tipo de fluido proveniente de un búho por un rato.
Me puse cómodo en el pasto, sólo mirando las plantas crecer en Primavera. Los chillidos que provenían del interrogatorio que ejercía el pistolero ya habían dejado de molestarme. Mi cabeza estaba en silencio.
Todo desapareció frente a la luz del sol filtrada por las hojas.

—————————————————

El pequeño descanso había parecido más una muerte súbita que un pequeño descanso. Me desperté agitado por la profundidad con la que había caído dormido. A mi derecha, a unos cuantos metros, Lang posaba con sus manos en la cintura mirando al mago del Oeste. Malo estaba a su lado lamiéndose las patas, haciéndose pasar por un gato ordinario. No había gritos. Imaginé que el búho había resignado sus ganas de vivir.
Sentí que alguien llamaba mi nombre.

—Ítalo,¿dónde está Aldara?—dijo en el tono más casual con el que alguien puede hablar después de volver de la muerte
Cregh, por los dioses, creí que no ibas a volver de ese estado. —exclamé dejando salir un gran suspiro.
—Si, ya hablé con Lang—dijo riendo —Me sorprende cuán poco saben magia, es un hechizo básico. Uso exclusivo para bromas en los días de Universidad. En un segundo aparecías acostado arriba del escritorio del profesor
Dioses, estuviste paralizado por ... mucho tiempo.
—Si...—dijo deshaciendo un poco su sonrisa —Se sintió raro ser golpeado por algo tan común en el Oeste. Pero jamás había escuchado de que alguien pudiese paralizarte por casi 2 horas.
¿Pasaron casi 2 horas?—pregunté escéptico
—Es el tiempo que paso según Lang. —aseguró levantando la cabeza en dirección al pistolero.
Parece mucho tiempo para un hechizo.
—Totalmente y, es más, con este tipo de hechizos el cuerpo genera una resistencia natural. Pierden efectividad en tiempo y lo profundidad de la parálisis. En los últimos años de mis estudios solo duraban apenas minutos y la víctima generalmente podía hablar y entender lo que pasaba. La parálisis duró demasiado, sumado a que fue completa. Si me hubieran asesinado, no me hubiera enterado.
Estoy seguro que eso no era la policía de la capital, era algo para nosotros.—aseguré.
—Eran magos peligrosos y Aldara mató a más de 10 sin esforzarse demasiado.—dijo desapareciendo todo rastro de una sonrisa en su cara.

Nos quedamos en silencio un segundo,hasta que Cregh pareció recordar algo.

—Ítalo,¿podes pasarme el libro que le robaste a tu hermano? —dijo tratando de parecer menos ansioso de lo que estaba. Llevé mi mano al bolso y noté que había terminado en el río durante la batalla.
Oh,mierda. Está empapado.
—Sos muy inteligente para tirarte al río con libros legendarios. —dijo Cregh llevando su mano a su rostro.
Tranquilo, parece legible todavía. —afirmé y comencé a caminar buscando un claro.
—Imagino que vas a dejar un rato al sol— declaró el hechicero.
¿Qué pasa con el libro?—pregunté dando por obvio que el libro necesitaba secarse un poco.
—Los dibujos eran como mínimos interesantes. Pensé que podrían ser algunas mierda, cómo una guía para conectarse con su signo zodiacal. Aunque empecé a sentir que no era coincidencia.No sólo esto, sino todo.
Somos los 5 con los que los oráculos soñaron por siglos, hay pocas casualidades en todo este viaje. —dije interrumpiéndolo
—Sí, algo así —asintió— Ese libro no es otra coincidencia. Quiero saber que nos esperan en sus páginas.

Encontramos un pequeño claro entre la flora occidental, no muy lejos de donde estaba Lang. Dejamos el libro, que llevaba el símbolo del Vera en su tapa, secarse al sol.
Esperamos en silencio hasta que llegó el pistolero con la mirada perdida. Llevó sus manos detrás de la nunca y tomó aire.

Esa cosa no quiere largar nada.—dijo soltando el aire—Ya intenté todo.
¿Entiende nuestra lengua?
Sí, definitivamente entiende. De hecho habló algunas palabras.
—¿Y qué dijo?
Nada—dijo desviando la mirada—,nada importante.
Necesitamos algo, cualquier dato.
No hay manera. Es la cuarta vez que se desmaya por el dolor y sigue sin abrir la boca.—dijo escupiendo al suelo.
—Podríamos dejar que despierte y se transporte con un hechizo a su guarida. Puedo seguir su rastro y transportarnos con el anillo.
Eso solo es meterse en la boca del lobo.
Creo que de alguna manera retorcida es una buena idea.—dije en voz baja
—Podemos tomarlos por sorpresa y matarlos. O espiarlos y sacar información —dijo Cregh intentado darle forma a la idea antes de Lang hablase.
—Cregh, ni siquiera hablamos el mismo idioma —rió Lang. Se veía cansado, pero estaba en todos los detalles.
Deberíamos terminar con su dolor, tenerlo ahí es un riesgo.
Ahora me encargo.—dijo levantado su mano, cómo disculpándose por dejar viva a una criatura del Oeste por demasiado tiempo.

Un haz de luz nació cerca nuestro y se proyectó al cielo como una esfera.
Otra bengala había sido encendida.
Corrimos hasta donde se encontraba el búho y sin pensarlo dos veces el pistolero desenfundó. Me apuré para tomarle la mano antes de que disparase. Le dije que era un desperdicio de balas para un bicho que ya tenía un pie en el infierno.
Dando 3 pasos adelante me encontré con los restos del mago del oeste. Al ver su cara me pregunté como Lang no tenía los nudillos destrozados. La sangre se coagulaba en cada poro de piel. No, ya no había plumas en su rostro. El ojo izquierdo estaba salido de su cuenca y parecía no ser útil ahora. Había recibido una golpiza brutal y no había podido siquiera defenderse, sus alas había sido rotas en batalla. Sentía que el interrogatorio seguramente se convirtió en un desahogo para Lang. Por la manera en que el pico estaba torcido y fisurado me garantizaba que los primeros 45 minutos sólo fueron para hacerlo sentir un poco mejor con el tema de Dalia y Verin. Y no lo culpaba en absoluto, hubiera hecho exactamente lo mismo.
Pero la escena grotesca me dio otra sensación. No era necesariamente mala o importante. Bueno, pensándolo bien, sí, era mala.
El sabor metálico en mi lengua que tanto conocía dijo presente de inmediato. Aunque esta vez me recordó un poco a Hanzel y al Oeste más que a mi mismo. Empecé a cargar energía en mi brazo para darle fin al sufrimiento del búho.
Terminar con su dolor. Sentía un poco de empatía, percibía como estar matando a un inocente o un civil. Alguien que quedo en el medio de todo este asunto bíblico. Pensé de nuevo en la estela de sangre que dejamos. Y la estela de sangre que ellos dejaron.
Llevaba 15 segundos cargando la energía de la piedra cuando Aldara llegó al lugar, poniéndose a la derecha de Cregh.
En ninguna escritura se establecía esto. Matar. Se designaban 5 elegidos de Alles y 5 del Oeste para defender su propio territorio. En teoría podríamos sentarnos a aclarar las diferencias y llegar a un acuerdo diplomático. Sin embargo automáticamente pensamos en guerra. Eso es lo que hace el cerebro humano. Y ellos también piensan de la misma manera. No eramos tan diferentes al final de cuentas. Por medio minuto me convencí de que todo se resolvió mal por 2 siglos enteros. Cada decisión había sido tomada mirando desde el ángulo equivocado. No duró demasiado, tan rápido como volvió Dalia a mi cabeza entendí que ninguno podría perdonar al cuervo por eso. No se negociaba absolutamente nada, ese cuervo iba a ser ejecutado dentro de poco. Y a su vez, ellos no soportarían nuestro accionar. Era un ciclo de odio que no íbamos a romper en ese momento.
Llevando un minuto y medio de carga en la mano izquierda, decidí que era suficiente para matarlo. No lo sabía a ciencia cierta, lo que era bueno para corroborar la letalidad de la piedra.
Con los sentimientos de empatia desvaneciéndose y sin demasiado interés en la vida que había enfrente mío, toqué al mago en el pecho.
Su cuerpo empezó a agitarse de pies a cabeza. Un pequeño grito ahogado marcó el fin de sus días.

—Otra bengala...—dijo Cregh
Sí, necesitamos movernos ya.
¿Por qué? La burbuja de Verin absorbe toda luz. Además estamos a una buena distancia de la ciudad.
Imagino que son conscientes de que tiene anillos que los transportan a cualquier lugar con solo desear. —dijo Lang volteandose inmediatamente hacia Cregh.
No hablo de distancias, la bengala es un mensaje y creo que nadie lo va a recibir.

El hechicero se puso a mí lado y llamó con un gesto al resto. Malo fue el último en acercarse y cómo siempre el anillo fue impecable. Nos había movido hacia el Este al pie de otra de las pequeñas montañas que formaban la particular cadena montañosa que rodeaba la capital. En esta área particular el sol parecía que iba acompañarnos un buen rato y había mucha más vegetación.
Se dispersaron rápidamente en todas dirección a excepción de Cregh que llevó su mano a mi hombro.

—No vayas a ningún lado, el libro es prioridad— dijo formando una gran sonrisa en su rostro. Me quedé congelado mirando a Aldara sentada en una piedra, jugando con el agua.
Sí...—dije soltando un suspiro
—No me digas que te vas a enojar por lo de recién —dijo poniéndose enfrente mío.
No, no es eso. —negué —Es que nos sentí sin rumbo de repente. Y estamos corriendo contrarreloj.
—Es así, no hay otra cosa que hacer más que esperar.
Eso es lo que digo. Quizás no estemos forzando las cosas lo suficiente para que pasen.
—No—dijo Cregh soltando una pequeña risa —, ¿por qué decis eso? Ahora sonas como Aldara.
¿Aldara? —pregunté confundido
—¿Usar la piedra te produce algo cómo... raro? —dijo llevando su mano a su mentón, buscando la palabra justa — ¿Cómo ansiedad?
¿Qué? No, no. Creo que sólo hablé en voz alta lo primero que se cruzó por mi mente.— dije disculpándome.

Cregh se limitó a mirarme fijo y asentir. Buscó uno de los últimos rayos de sol que se filtraba por la montaña y se sentó en el pasto, con el libro enfrente suyo. El aire se había vuelto más cargado y fresco, presagiando la tormenta que se venía en el horizonte, desde el Este. Las nubes nos venían pisando los talones desde Aqlatan. Llevaban impregnado un gris demasiado oscuro en sus curvas esponjosas. No hacía falta concentrarse para escuchar los rayos rugir en la lejanía.
Temía que las nubes taparan la luna esa noche.

El libro carecía de sentido según Cregh. Primero recorrimos sus hojas enfocándonos en los dibujos ahora distorsionados por el agua. Una figura humana, ya sea de todo el cuerpo o alguna parte en especial, acompañaba cada hoja con la letras en lengua alta. El mago impaciente quitaba el libro de mis manos y ojeaba cada centímetro. Se tomaba la cabeza, abría la boca para decir algo y la volvía a cerrar. En la quinta vez que repetía el proceso terminó formulando su pregunta.

—¿Alguna idea? Pensé que sería más fácil.
No realmente. Parece una guía de baile para una especie ritual.
—Mirá esa página —señaló enérgicamente ni bien terminé de voltearla —, está llena de texto.¿Qué dice?

Seguí una hoja más para encontrarme con que eran las últimas del libro. Era una especie de introducción, o al menos esa palabra fue la primera que se me vino a la casa después de leer los 3 primeros párrafos. Estaban escritos en Lengua Alta, al igual que el resto del contenido. Presentaba al libro como una investigación sobre el arte alternativo. Definía al arte y hacía hincapié en la idea de que no eramos los dueños del arte. Tomábamos elementos de otro plano, llamado limbo, y lo poníamos a nuestra disposición. Explicitaba también la imposibilidad de crear, los humanos no eramos capaces de hacer tal cosa. Se basaba en el ejemplo de la magia, dónde el usuario solo transforma las energías que ya estaban ahí.No usaba algún término o palabra específico para referirse que estaba hablando arte cómo la pintura o la música, pero era fácil de  
extrapolarlo. Además, no era la primera vez que leía sobre la idea de que los humanos no eran propios autores de su arte, sino más bien un sutil ladrón de ideas divinas. Luego decía que había otras fuentes de energía de las conocidas, proveniente debajo de nuestros pies. Y otra vez, como en el limbo y la magia, los humanos no eran sus legítimos dueños. Esta energía, este arte alternativo, venía de seres llamados los dioses humildes, que se suponía que habitaban miles de kilómetros bajo tierra. Vivían entre fuegos eternos miles de veces más calientes que cualquier flama producida que hayamos conocido. Y que a pesar de la distancia, escuchaban nuestras plegarias. No sólo las escuchaban, si no que las esperaban con ansias y seguían aquellos que los venerasen. Imaginé que habían usado muchos recursos literarios para enfundar al arte alternativo en un manto de misterio y espiritualidad. Paré al llegar a la última página por la imposibilidad de traducir o poner el contexto las primera oraciones. Al levantar la vista me encontré con que el mago estaba prácticamente encima de mí, con los ojos como platos.
Se encogió de hombros y mostró las palmas de su mano, exigiendo que siguiera.

Sé que es la mejor parte, pero no entiendo esto.—dije riendo despreocupado.
—¿Cómo qué no?—preguntó indignado,cambiando su actitud de niño ansioso a una expresión severa en un segundo.
¿Yo era el que tenía problemas con las ansias?—respondí con una pregunta, pero Cregh mantuvo esa expresión por un rato. Luego sacudió la cabeza y tomó distancia. No habló más, dándome lugar para que me concentrase en el libro.

Desconocía la mayor de las palabras del ante último párrafo. Sólo podía traducir algunas pocas oraciones concretas, que no guiaban a mucho. Entendía muchas palabras sueltas, sin embargo el sentido de la oración escapaba a mis conocimientos. El último párrafo volvía a ser prácticamente legible y cerraba hablando de los límites del arte, para dar la sensación de que todavía no sabíamos a que iba el libro.

Aclara que los límites de este arte están delimitados por la propia voluntad de los humildes y no mucho más.
—Mierda... Nunca fumé cigarros, pero creo que sería el momento ideal —dijo el mago adoptando ahora una expresión más cercana a la angustia.
No deberías intentarlo ahora, podrías ofender a los humildes.
—¿Y eso qué carajo importa? —preguntó en un tono poco simpático
Los límites están ligados a su voluntad y textualmente dice que en caso de ofenderles podrían negarte sus poderes.
—¿Y cómo se supone que ofendemos a un dios humilde?
No lo sé, no da detalles alguno...esperá.—dije—El libro en sí nos enseña a ofender a los humildes—dije casi gritando y clavando la mirada en Cregh. Una sonrisa apareció en su rostro, y noté cuán estúpido era lo que había dicho.—Wow, juro que la idea sonaba mejor dentro de mí cabeza.—dije y reímos, desgarrando de a poco la densidad del ambiente que se había formado desde que habíamos abierto el libro.

Cerré el libro y se lo extendí con la idea de que buscara el dibujo que más le llamara la atención. El mago recorrió las páginas con mucho más asombro que antes, a pesar de no entender una sola palabra. Me mantuve un poco escéptico respecto al poder del libro, la exageración en los detalles históricos me había dado la sensación de ser todo muy poco fidedigno. Entre más revolvía la idea mientras Cregh volteaba las hojas más me convencía que era falso.
Me señaló con el dedo una de las figuras que mostraban manos moviéndose. En la parte superior a la izquierda, decía "J'va-Gangshi". Prácticamente idéntico al nombre del ciudad-puerto del oeste, pero desconocía el significado. Ni siquiera parecía una palabra de Lengua Alta, se asemejaba más a palabras de las lenguas del Oeste. La mayoría de los títulos resaltados daban la impresión de no venir de las mismas tierras que nosotros.
Cregh empezó a agitar las manos intentando seguir los dibujos. Las secuencias no parecían difíciles de seguir, pero él no lograba conseguir nada. Sugerí que se ponga de pie y que lo imagine como un ritual lo más formal posible. Bufó y luego se puso de pie, para repetir el mismo proceso de antes, volviendo a llegar al mismo resultado. La temperatura había bajado inclusive más, el viento se había vuelto más violento. Me pregunté si realmente la tormenta no nos alcanzaría en un rato nada más. Memoricé las tres figuras de la manos y me puse de pie. Quizás Cregh no era el elegido para el arte alternativo, después de todo la obra aclaraba sobre la importancia sobre la voluntad de los humildes. Además, yo había encontrado el libro. Sin perder más tiempo comencé a agitar las manos en los tres pasos que indicaba, aunque no logré mejores resultados. Entendí que faltaba algo, el movimiento de las manos parecía algo lo suficientemente genérico para que los humildes se confundieran. Miré a Cregh y creía que también había entendido lo impráctico de estar lavando las vajillas e invocar al poder del inframundo por accidente. Una idea tomó fuerza en el momento, haciéndose casi obvia. Acompañé cada movimiento de mano con cada sílaba de la palabra, imaginando que iba a funcionar. Un silencio absoluto me demostró lo contrario.
Sus ojos se encendieron a pesar del fracaso, se puso de pie e intentó realizar el conjuro usando el nuevo método. Acompañó las sílabas con los movimientos de manos e inmediatamente una luz amarilla rodeó su mano izquierda. Habíamos venerado a los humildes como correspondía. Cregh frunció el ceño intentando comprender la energía que había ahora en su puño. Dijo que su mano se sentía pesada, no cargada de poder, sino hecha como hecha de acero. También dijo que no podía abrir su puño. Pasado un minuto el luz se evaporó, dejando libres los dedos del mago. Podrían ser los humildes, pero podrían ser tranquilamente los angurrientos con la duración de sus bendiciones.
Cregh tomó nuevamente la iniciativa y repitió el conjuro, dando resultados de vuelta. Eligió un árbol que estaba a unos pocos pasos de distancia para probar su teoría. Con su mano inhábil golpeó el tronco, sacudiendo cada hoja. Pero de nuevo, no habíamos terminado de festejar que los humildes quitaron sus poderes.

No estabas equivocado—afirmé mientras me sentaba en el piso.
—Sentía una corazonada muy fuerte con esto, estaba demasiado seguro.—dijo en un tono bastante más serio de lo que acostumbraba.
Yo también percibí algo así con otras que pasaron en el viaje, me hace sentir menos solo.
—¿Solo?— preguntó Cregh
—aseguré volcando mi cabeza hacia atrás, contemplando el cielo gris—, me siento bastante menos cuándo siento ese tipo de señales.
—¿Consideras que son señales?—volvió a inquirir
No, pero no son casualidades. Hasta ahora no se me ocurrió alguna otra palabra.—contesté
—Parece que hoy no habrá muchas estrellas—dijo despreocupado, sumándose a la contemplación de las nubes.
Y temo que eso no sea una casualidad.

La temperatura bajó todavía más y los últimos rayos del sol pintaban el oeste de tintes naranjas, minutos después las nubes nos envolvieron. La oscuridad se empezó a agudizar.
Revolviendo las hojas del libro Cregh se lamentó pensando cuántos hechizos se perdieron por mi chapuzón. Le dije que si no quería perder más hojas nos encontrará algún tipo de refugio antes de que la lluvia nos empape. Sin esperar respuesta alguna, empecé a recorrer el lugar buscando algo para cenar esa noche. La tierra del Oeste no mejoraba en cuánto a la fertilidad de sus frutos salvajes. Sus plantas no cambiaban de ese verde profundo en sus hojas y frutas diminutas. Me limité a buscar una buena cantidad y no pensar por un rato. Sabía que el robo al restaurante de la capital había sido nuestra última cena parecido a algo contundente.
Al volver encontré a los chicos en una pequeña cueva al pie de la montaña. Cregh leía sentado contra la pared sin percatarse de mi presencia, con Malo en su regazo. Aldara estaba metida dentro de la cueva. Solo la pude ver por la manera en que sus ojos reflejaban la poca luz que había.

Esas hierbas se ven deliciosas—dijo Lang con una gran sonrisa en su rostro.Poco característico de él.
No se ilusionen mucho, no parecen ser más placenteras que comer tierra. Con un poco suerte nos van a mantener con vida un buen rato más.

El flujo de la conversación se extinguió enseguida y comimos en silencio, apenas coordinando algún vago contacto visual. Confundí las expresiones con miedo, pero entendí que estaban totalmente agotados. Era el único que había dormido algo desde la madrugada pasada. Luego de comer la poca placentera pero medianamente abundante cena, la lluvia comenzó a caer elegantemente. Actuando como un potente somnífero el resto no tardó en dormirse profundamente, incluso Lang que esperaba que se mantuviese en guardia para siempre. El cansancio fue tal que ni siquiera habíamos prendido una fogata.
Sin sueño, me acerqué hacia afuera para mirar la lluvia de cerca. Había pasado un rato y no hacía más que aumentar el caudal. Todavía era tranquila y estaba sola, los rayos parecían lejanos en la dirección de Aqlatan.
Malo notó que no estaba dormido y se acomodó a mi lado a contemplar la noche. Aunque no tenía manera de hablar con él, sentí que me haría compañía en una noche sin luna.
Las horas se habían apreciado de una manera distinta. Todavía no era medianoche y en menos de un día todo tomó el camino menos esperado. Pero ese mismo todo ya había cambiado de nuevo.No era posible procesar una muerte en 24 horas, y creo que todos eramos conscientes de eso. Era imposible no lamentarse, no pensar en las posibilidades. Seguía siendo imposible no tener ganas de volver el tiempo atrás y arreglar todo. Si uno de nosotros hubiera tenido insomnio Dalia seguiría viva, lo mismo si alguien se hubiera levantado a orinar momentos antes de que pasara. No era difícil, era tan simple como estar despierto. Esa idea agobiaba la mente haciéndote sentir pequeño, impotente, sin escapatoria. Sin embargo, notaba que estábamos mirando en otra dirección. Señalábamos nuestra espalda, indicando al Este pensando que estábamos defendiendo todo lo que dejamos atrás.  El cuerpo de Dalia había dejado de ser una carga, sino una razón para seguir mirando adelante, la única dirección que importaba, el Oeste.

El tiempo se distorsionó, pareciendo volar, mirando las gotas caer. Creía que ya había pasado medianoche y Malo se había acurrucado y dormido contra mi pierna. Gentilmente presté mis sentidos a apagarse lentamente, mezclándose con el ruido de la lluvia.
El sueño se volvió tan profundo que cuando desperté estaba seguro de que estaba siendo resucitados de los muertos. Amanecí con los dulces ojos de Aldara enfrente, abiertos de par en par en una expresión extraña. Me estaba sacudiendo el brazo para que me despertara. El resto se me acercó, guardando una expresión idéntica en sus rostros. Amagué a abrir la boca, cuando sentí el latido, dando sentido a todo. Recordaba haber soñado con un corazón latiendo despacio. Pum...pum.... Primero imaginé que podría ser algo como el hechizo que nos lanzaron en el río de Verin, pero no tardé en darme cuenta que no era así. Estaban latiendo. Las tierras de Verin estaban latiendo.

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53 Re: R.O.L. Beta el Sáb Abr 09, 2016 4:58 am

Hanzel


El cielo se rompió de repente y una lluvia gentil mojó las calles de Verin. La humanidad de mis ojos me impedía ver algo más allá de la ventana, dándome la impresión de que realmente no estaba pasando nada. El té de menta se enfriaba en el escritorio cuándo alguien golpeó la puerta. No había considerado  siquiera la posibilidad de que sea algún tipo de peligro hasta que ya había girado el picaporte. Mi mente había quedado en una especie de laguna confortable, donde había navegado toda la tarde. Todo estaba resuelto, era cómo ahogarse en un vaso de agua.
La mirada de Isaac había perdido rastros de vida después de la reanimación, lo que me hizo imposible distinguir algo en los segundos que se quedó en la puerta sin decir nada. Terminó dando un paso al frente y cerrando la puerta el mismo.

¿Qué pasa?—pregunté
La ceremonia está lista, considero que es lo menos que podíamos hacer —respondió el pistolero, sin demostrar algún tipo de emoción. Ni siquiera hablaba con el acento tan típico de Havenstad.
¿Ceremonia?¿El deus ya está completo?— volví a preguntar incrédulo, desestimando el funcionamiento correcto del cerebro de mi viejo amigo. Había pasado de ser un títere sólo vivo por la mano de Karus a ser reanimado con el arte alternativo, no lo culpaba. Una semana dura.
No,— negó con total firmeza —la guardia que preparaste para el Deus fue aniquilada. —dijo sin ningún tipo de escrúpulo. Me limité a reir.
¿Qué? ¿El koyeg?
Immo, los veintidós magos.—afirmó Isaac Robler
Ventitrés —corregí, todavía intentando procesar la información. Mi mirada se clavó en la boca del pistolero, mientras el resto de mis sentidos parecía apagarse. La vista se enfocaba más y más en sus labios, que habían tomado tintes azulados,  y a su piel grisácea. En el mismo momento que los sonidos perdieron sentido comencé a sentir el fuerte latido de mi corazón ganando más velocidad. Lo que veían mis ojos perdían claridad y los latidos tomaron todo mi pecho y toda mi cabeza. Una bocanada de aire frío estabilizó mi cuerpo. El pistolero había seguido disparando información de su boca sin despertar algún  entendimiento de lo que me pasaba. No era broma cuándo la literatura decía que los humildes exigían entregar una parte del alma en la reanimación.
—(...) Walter incluso se encargó de la veneración a los cuerpos de los cuervos puntualmente. Esperamos que te sientas a gusto.— sólo asentí con la cabeza a lo que él decía y pedí que me llevara hasta el lugar. En un parpadeo aparecimos en el templo, gracias al anillo.
Envuelta en la incandescencia tenue de las velas la sala tomaba un aspecto más que lúgubre. La ausencia de iluminación en Verin lo hizo todavía más impactante. La luz inquieta dibujaba sombras en el piso y las paredes dónde estaban explicitados los grabados sagrados. El silencio era digno de la situación. Estaba enfrente de la masacre de mis propios alumnos.
Todavía no había dolor, lágrimas, arrepentimiento ni nada. Un vacío perfecto habitaba en mí.
La escena carecía de sentido, por lo que me convencí de que era un sueño. Sentía que estaba en Alles, dada que las velas y la disposición de los ataúdes que idénticas a la que mi familia realizaba. Ítalo había aparecido no hacía demasiado tiempo, Isaac estaba detrás mío, la lluvia. Era viajar 7 años en el pasado a Alles y todo cuadraría.
Siete años atrás. Quizás me levantaría en la mañana y debería emprender camino a Havenstad para luchar en la semifinal de las cruzadas de magos. Quizás papá no despertara tan tarde y desayunaríamos juntos, le podría decir antes de partir que el accionar de los señores de tierras se está volviendo inaceptable. Me sentaría en la punta de la mesa, y le pediría que me alcance la manteca para untar el pan. Hablaríamos de los nuevos calibres que estaban llegando desde el puerto.También le podría comentar que un buen amigo se había infiltrado en una reunión de peces gordos políticos donde salían a flotes cabos sueltos del pasado. El tipo de cabos sueltos cómo los cadáveres que aparecieron flotando de esos primos de mamá. O los planes para hacer desaparecer del mapa a familias enteras en cuestión de horas sólo y exclusivamente por posicionamiento. Sin irse más lejos, la idea de que en la final de las cruzadas el perdedor sea ejecutado frente a la multitud a manos del ganador. Quizás papá no se despertará temprano y partiría con un sabor amargo, pero no me importaría por que las cruzadas de magos me importan demasiado.
Cualquier teoría en la que me aferraba se desmoronó cuando escuché la armadura de Karus detrás de mí. Sí él estaba acá, las palabras de pistolero eran ciertas y no había ningún sueño.
No quise siquiera voltearme, respiré hondo y me decidí por aceptar lo que tenía enfrente. Los ataúdes estaban dispuestos en 2 semicírculos con un pasillo entre medio, que llevaba al altar. Deslicé mi mano por la madera de los cajones, uno por uno. Caminaba lentamente, recordando memorias de los últimos dos años. Mi respiración cargada derivó en un nudo en la garganta que me impedía recitar un viejo poema de batalla de la familia que me agradaba bastante. El nudo se tornó incontenible cuando no pude distinguir la identidad de mi alumno por la manera en la que su cabeza había estallado por la herida de bala. Las lágrimas salían a pesar de lo fuerte que apretaba los ojos, inmediatamente mi cabeza se llenó de una culpa que jamás había sentido. Cómo una soga en mi cuello que me estrangulaba. Los pasos metálicos de Karus se pusieron justo detrás de mí. Si algo no necesitaba en ese momento era el tono soberbio de su voz. Llevé mi mano al revólver, quizás no tan inconscientemente.
Es una tragedia para el reino que vendrá, eran buenos soldados.—dijo en un tono tan sincero cómo las llamas con las que incineró a la nereida. A pesar de las rivalidades internas, no percibí otra cosa que dolor en su voz.—Y sin el caballero vivo lograron hacer este desastre... los hemos subestimamos otra vez.—había abandonado su "yo" narcisista por una humilde primera persona en plural. No podía comprender que era este Karus.
No necesito tus falsas condolencias.—dije con voz ronca, insistiendo en que había malas intenciones detrás de todo esto. Karus odiaba a los humanos, y el hecho de tener al humano más poderoso de su lado destrozaba su mente.
¿Falsas condolencias?— preguntó en un tono tan inocente que me hizo olvidar toda la sangre que habían derramado esas manos —Acabamos de perder la élite de la defensa del Deus. Detrás de nosotros, estaban sus almas para sostener la oscuridad. Las situaciones límites nos demuestran cuán poco importa que calculemos las variables, la sangre del Caballero no significó ventaja alguna para nos.—dijo fuerte y claro. Terminé creyendo su piedad por las vidas que se había ido ese día, entendiendo que de los veintidós  no había un solo humano.
El hechicero extendió su mano hasta encontrarse con mi hombro. La escena no necesitaba nada más para ser más irreal. Sin seguir con su papel paterno, decidió desaparecer luego de hacer contacto con mi mirada. Dejé salir más lágrimas una vez que él se había ido. Mis piernas me llevaron hasta los primeros escalones del altar donde me senté y pude desplomar el peso de mi cabeza en mis manos. Unos momentos después, Isaac se acercó y se sentó a mí lado, dándome a entender que todavía tenía alma.

Quizás deberías salir afuera de Verin. La plena oscuridad causa síntomas particulares en nosotros.
No—dije secándome los ojos, intentando dejar el luto detrás. —, voy a estar bien. Es solo que...compartí mucho tiempos con ellos. La gran mayoría estaba plenamente convencidos en lo que hacían, quiero decir, a un nivel de entrega incluso mayor que cualquiera de los elegidos. No merecían esto, morir por una mala decisión. Y más importante, murieron ni siquiera defendiendo al Deus, cómo les había prometido.—dije como en un largo suspiro, sacando aire desde el punto más profundo de mi pecho.
Discípulos del mejor mago, el hechicero realmente falló en sus cálculos.
No—respondí de nuevo—, yo también me equivoqué. Ni siquiera les concedí los amuletos del arte de tu familia antes de la cacería, se suponía que eran el diploma para pasado mañana.—dije aceptando la culpa que me correspondía.
No hubiera supuesto diferencia, no hubo una sola gota de sangre humana en la batalla.—dijo el pistolero manteniendo el tono neutro. Sacudí la cabeza buscando olvidar lo que me decía Isaac.
Me hubiera gustado que vean al Deus despierto. Creo que podría resumirlo en eso, no me gusta faltar a mis promesas.—aseguré, clavando mi mirada en el piso. Suspiré esperando largar la bola de sentimientos que se acumulaba en mi pecho. El pistolero rompió el silencio, dando información sobre como la sangre humana se reflejaba con la luz de una manera que ninguna otra la hacía, sin darse cuenta de cuanto me estaba curando la ausencia de sonidos. Aunque su voz no era molesta para nada, llena de imparcialidad y neutralidad era un zumbido que mantenía el ritmo de mis latidos.
Con temor, miraba mis manos, dándome cuenta que no había rumbo aparente. Las velas consumiéndose en las esquinas daban la sensación de final. Impotencia y cualquier sinónimo de un cierre amargo. De una oración definitiva.
Pero la oración no se había completado del todo. Un par de pasos avivaron mis oídos, volviendo a procesar las  palabras del pistolero.
—(...)Y fui a buscar a ella, necesitas esto, porque tal vez mañana el sol ya no salga.—dijo y dibujó una pequeña sonrisa con el resto de alma que le quedaba.
Su piel lisa retumbaba la luz en todas direcciones, haciendo parecer Verin un festival de Craster. Cómo un ángel, se paró en los semicírculos, para sembrar las almas en la tierra prometida. Sus ojos estaban clavados en los míos, aunque su expresión no era benevolente.
No hubo palabras de mí lado, ella se limitó a brindarme un abrazo vacío y me permitió sentir el tacto casi cálido de sus labios. Volvió la mirada hacia atrás para entender que la totalidad de los alumnos habían muerto, y también notó que había un mago ausente. Quiso mostrar algún tipo de sentimiento parecido a la empatía, pero ese día no había nada de eso dentro de ella.
Tomé su mano, acariciándola. Aclaró su garganta y habló.

Deberíamos irnos.—dijo, devolviendo las caricias con su dedo pulgar.

Althea asintió la cabeza en dirección a Isaac, delegandole el cierre de la ceremonia. Levantó su mano para envolvernos en un manto de luz blanca y transportarnos a casa. Dónde todo estaba quieto, y el té ya se había enfriado. La lluvia perdía protagonismo sin el eco por la enorme sala del templo. Y sin ninguna luz, lo único que tenía enfrente era su suave respiración. Encendió un cigarrillo sacando una pequeña flama de su mano. Lo puso en mis labios y se dirigió a la cocina. Di la calada más profunda de toda mi vida. Dejé que el humo se escapara de mi boca, sin prisas.

Bebe—dijo apareciéndose con una botella de crystalina y dos vasos.
No estoy seguro de que quiera hacerlo.—afirmé con voz débil
No es una sugerencia—replicó dejando el vaso lleno en el borde de la mesa y tomó asiento.

Me privé de tomar asiento frente a ella, tomé el vaso vaciando el interior de un solo trago, sin algún tipo de asco. Dejé el recipiente encima del mueble, mientras ella bebía de a pequeños sorbos. Todavía de pie, seguí dándole caladas profundas al cigarro. Mis ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad y noté como parecía ignorar mi presencia por completo. Althea tenía su vista clavada en la insignia de la puerta de entrada. Sacó de sus prendas otro cigarrillo en un movimiento tan lento que me resultó absurdo. Para ese momento el contenido de la vasija era historia, por lo que volvió a rellenar los dos vasos hasta el tope. Está vez me pidió que dejara de mover la pierna, cosa que de la cuál ni me había percatado que estaba haciendo. Decía que me veía intranquilo haciendo eso. Reí irónicamente, pensando que tenía más de una buena razón. Althea permanecía una neutralidad tan perfecta que era imposible determinar qué quería lograr. No parecía el mejor día para leer expresiones de la cara en las personas. Sin embargo no pregunté, opté por mantener a la lluvia como protagonista de la banda sonora.
Reemprendí la tarea de terminar con el vaso en un solo paso. Ella renovó su ritmo, pero manteniendo elegancia. Llenó los dos recipientes y me pidió que me sentara. La escena donde yo terminaba el vaso en un segundo y ella no hacía otra cosa que terminar su trago para darme otra petición se repitió. Me pidió que me acercara un poco más.
La crystalina apenas alcanzó para llenar la mitad de los recipientes. Esta vez entré en su juego, tratando de disfrutar los últimos sorbos de ese alcohol no tan barato. Althea dejó de lado su obsesión con la puerta de roble para atravesar mi ser con sus inmensos ojos. Debajo de la mesa advertí la presencia de sus pequeños pies chocando contra los míos.  Sus pies estaban desnudos y no tenía la menor idea en qué momento se había quitado el calzado. Apoyó su cabeza en las manos, sin dejar de mirarme o jugar con mis piernas. La quietud de todo se empezó a corromper con la distorsión que fabricaba el alcohol en sangre. Las sensaciones de mi cuerpo se difuminaron mucho más rápido de lo que lo recordaba. Me deslicé sobre la silla perdiendo la buena postura hasta encontrar un punto donde creía que más cómodo no podía estar. Todo parecía lo suficientemente distante para no lastimarme. Fuera de alcance y estático.  La lluvia me incitaba a desplomarme en el suelo y desmayarme, sin embargo algo permanecía en corto circuito. Había una expresión oscura en su mirada que se eclipsaba con las caricias que me hacía con sus pies. Las palabras se atolondraron en mi garganta y ella se adelantó a hablar.

¿Sabes qué poco falta? Quiero que imagines la oscuridad.—dijo sin abandonar su voz opaca y su extraña presencia.
Sin la crystalina sería más fácil crear imágenes en mi cabeza.—respondí con una pequeña risa.
No no, no estoy hablando de eso.—dijo sacudiendo torpemente su cabeza—Es algo más grande que tu mente, imaginalo con tu ser. Contempla las sombras llegando a cada esquina, a cada ciudad, a cada mar, para nunca irse. —dijo abriendo más los ojos y pegando su espalda a la silla. Su figura se mezclaba con una oscuridad que parecía un torbellino negro. Respiré para concentrarme. Cerré los ojos para pensar en las tierras infinitas del Oeste, el cielo, el océano y Alles. Cada rincón siendo negado de luz, revolucionado por la presencia del Deus. Subordinamos al voluntad de todos, dónde el Deus defendiendo nuestro imperio se convierte en el líder ideal. No hay egos, ni política. Su nobleza no da lugar a la subjetividad. Por que el castigo que reparte es el justo y necesario, nunca jamás estará equivocado. Porqué la oscuridad representa también nuestra imparcialidad frente a lo que nos ojos ven, primando la igualdad entre los seres. Es el equilibro. Es la paz eterna.
Abrí los ojos encontrándome con Althea subida a la mesa. Acercó su boca a la mía hasta el punto de respirar el mismo aire.

Lo imaginaste, ¿no es así?— me preguntó mientras sentía el suave y frío tacto de su lengua en la comisura de los labios.
Cada detalle—repliqué
Tan cerca...—suspiró—Es un nuevo comienzo, pero te aseguro que hoy no van a haber planes distintos de lo que pasa debajo de las sábanas.—dijo ensanchando su sonrisa frente a mí.
¿Ese fue el plan todo el tiempo?¿Qué fue todo esa actuación?
No,—contestó terminando de sacar esa extraña escencia de sí.—tenía que hacerte entender que es lo que realmente querías. Ojala pudieras haber visto tu propia sonrisa cuando cerraste los ojos y te concentraste sólo en eso. No hay caso en llorar mártires, Hanzel.—explicó al mismo tiempo que se bajaba de la mesa para sentarse sobre mí.
¿Mi cara realmente cambió?—inquirí incrédulo a las habladurías de la de piel escamosa.
Se llenó de paz en un pestañeo.—dijo chasqueando los dedos para envolvernos en un manto blanco, tomando la picardía de transportarnos a la habitación.
Cumpliendo con su palabra, no hubo planes extraños para lo que pasara debajo de las sábanas.
Desde los besos hasta la caricia más ínfima todo se sintió perfecto. Ella cayó en un sueño pesado inmediatamente después de terminar, acurrucándose sobre mi pecho. Quise aprovechar los destellos del alcohol en mi cabeza para desactivarme y dormirme. Ojos abiertos de par en par y vueltas en la cama me daban indicios que no iba a ceder fácil.
A pesar de que lo que había hecho Althea había sanado muchas heridas me encontraba solo mirando el techo. Esperaba algo más sin saber que era. Decidí buscar calma en el calor de ella, acomodándome apenas abajo de su cuello, donde escuchaba sus latidos. Bajando un poco más en su pecho eran todavía más claros. Se escuchaban dulces y tranquilos. Me sentía más que suertudo de estar cerca de ella. Ningún otro trato con otro ser había llegado a ser tan profundo y sincero. Los pensamientos sobre ella bajaron la guardia de mi cabeza, comenzando a ceder la pelea contra el sueño.
Ni despierto, ni del todo dormido, el tiempo se vuelve imposible de contabilizar. Pareció un instante de descanso, luego los latidos perdieron coordinación para terminar separándose  por completo. Ella abrió los ojos sin entender que era todo esto. La casa entera vibraba.
El cielo se llenó de una incandescente que entraba por la ventana. La luz blanca era la de un nuevo sol. Uno breve y efímero, que existía con el propósito de recordarnos que esa luz era la que se iba a ausentar por mil años.
Althea sonrió, media tapada con las sábanas, y me miró mientras me vestía.

Es él, lo sé.—juró
No,—afirmé—todavía hay una guerra que ganar.
Ve por ellos, humano.

Me acerqué hasta el armario para tomar uno de los amuletos del arte alternativo. Sentí imperativo el hecho de defender la capital usándolos. Esperaba que los humildes redimieran las almas. Subí a la cama y besé a Althea. Quiso decir algo, pero sólo me abrazó antes de despedirla. Con un paso atrás, el manto blanco me cubrió. Y como siempre, el aterrizaje fue ideal.
En la terraza de la torre, dónde se había activado la bengala se encontraban ya Karus y el resto, llegando más rápido gracias al poder del anillo.


Mis cálculos fueron erróneos, esto debería pasar dentro de 92 horas. Pero ha sido para mejor. Sus latidos ya están coordinados con la tierra que legítimamente la tierra que le pertenece.—dijo sacando el casco de la armadura.—Miles de esfuerzos de ambos bandos eligieron este momento. Esta ciudad, este presente. Los oráculos, tantos fieles y tantos traidores, solo profetizaban sobre un día como este.

Karus tomó un respiro volviendo a ponerse el casco y mirar el anillo de cerca para acomodarlo en su dedo anular.

Han pasado dos siglos... Dos largos siglos llenos de luz del Este. Caballeros, hoy el Deus despertará.

Un silencio sepulcral tomó el techo del lugar, siendo irrumpido solo por la fina lluvia.

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54 Re: R.O.L. Beta el Mar Mayo 17, 2016 3:19 am

No habían voces ni suspiros, solo los latidos de la tierra.
Creía poder sentir la sangre fluir debajo del suelo. Por cada centímetro, llegando a cada rincón de su sistema. Impacientemente comencé a rasguñar el piso, esperando que la sangre manche mis manos. Los ojos de Aldara no se despegaban de los míos y su expresión parecía cada vez más consternada. Hesitando tomó mi mano con la que rasgaba el suelo, y por fin largué el aire contenido en el pecho.

¿Qué es eso?—pregunté con un hilo de voz, girando la cabeza buscando las miradas del resto del grupo. Un escalofrío me recorrió mi nuca cuando pensé que quizás otra vez éramos víctimas del enemigo mientras dormíamos. Reconocí a Lang en la oscuridad, y a Cregh que se había acercado al fin de la cueva, tomándose la cabeza. La tensión extrema derivó en un silencio mucho más manejable.
Ciertamente, no es un buen augurio.—dijo Lang en un suspiro muy corto. Se agachó y puso su mano en el hombro de Aldara. Ella cerró sus ojos, y aceptó la invitación de ponerse de pie del pistolero. Cregh se mantenía con las manos en la cabeza sin decir nada. Los latidos no parecían ganar más potencia, y eran tan regulares como un reloj.
¿Estas tierras están vivas?—pregunté sin moverme de mi posición en el suelo. Miré al mago, que seguía consternado.
No es esta cueva, afuera se escuchan los mismos latidos.—aseguró Lang
—Llegamos tarde, es él. Fin del juego. —dijo Cregh, soltando poniendo sus manos en la cintura ahora.
¿Fin del juego?—repitió Aldara, con la inocencia y pureza de una niña.
¿Algún hecho que respalde lo que pensas?
—Ehm, la verdad, no... Quizás el hecho que todo el puto continente está latiendo de repente. —respondió en tono sarcástico que se mezclaba con su nudo en la garganta. Aclaró su garganta y tragó saliva —Mierda.
No es la primera vez que pensamos que era demasiado tarde.—dije pensando que esta vez la luna no estaba ahí afuera. Estábamos realmente solos ahora.
El deus ya despertó. Este corazón puede ser otra etapa de su despertar.
—Digan lo que quieran, pero no se me ocurre un escenario peor.
Imagino que todavía tenemos la chance de pelear, así que podría ser peor.
—Kilómetros de tierra están latiendo al unísono. ¿Qué vamos a hacer nosotros 5? No sabemos ni siquiera a donde ir. —dijo Cregh en un tono de irreconocible desconfianza.
Tenemos la espada qué encontró Dalia, desconocemos de que es capaz de hacer.
Creo que podemos matarlo todavía. Esa espada no fue una casualidad.
—Esa espada lo único que hizo fue matar a Dalia.  Ella era la clave, y no fui capaz de siquiera defenderla.
Cregh, no cargues con la culpa de su muerte. Qué su sangre no se haya derramado en vano. No entiendo qué te pasa.
—Wendagon me había advertido que la protegiera, que esa era mí misión. En vez de velar por su bienestar, me quede dormido soñando con historias de sirenas.—dijo Cregh apenas de quebrarse por completo. Su imagen era lo opuesto a hacía unas horas. —Ella debía estar soñando con la localización del Deus y la manera de matarlo esa misma noche. —dijo balbuceando, al borde del llanto, dándonos la espalda. —Ellos debían saberlo, que Dalia era la llave para nosotros. Y yo la dejé morir.
Pero Cregh-—intentó hablar el pistolero
—No, sin ella no tenemos chances —sentenció Cregh, dando pie para un silencio tajante.

Desconocía la faceta que el mago estaba mostrando. Su buen humor y su risa solían ser la cosa más alejadas de la crudeza de este viaje. Su persona se había derrumbado por los latidos. No sabía si durante su sueño se encontró con Dalia frente a frente, por que su certeza de que esos latidos eran nuestra muerte era total. Lang me miró, y Aldara parecía no entender nada.
Mientras la tierra latía,sin darse cuenta de nuestra presencia, el tiempo se escurría delante de nuestros ojos.

El malestar del mago resonó por todos lados, las cabezas bajas con las bocas cerradas. Para mí, la luna escondida seguía siendo el peor augurio de todos. No quería mentir, ni endulzar nuestras cabezas. Sabíamos que morir era el próximo paso.
El pistolero se dedicó a encender una fogata con la yesca que encontró dentro de la caverna. La chispa se convirtió en una flama, la flama se convirtió en fuego.
El calor y la luz sentaban bien, y los crujidos del fuego opacaban un poco el corazón de Verin. Nos acomodamos rodeando el fuego y clavando nuestros ojos en él.

¿Se arrepienten de esto?—inquirió Aldara, rompiendo el hielo. Cregh permaneció al margen, cerca de la salida con Malo a su lado.
No—respondió el pistolero mucho antes de que yo alcanzara a procesar la pregunta.
¿Y vos?—dijo sacando su vista de la luz solo para mirarme.
Creo... que no.—dije.
Supongo que no se valen los grises, blanco o negro solamente.—dijo Lang con una extraña sonrisa en su boca.
Quizás imaginan que por ser un del Valle mi vida es un círculo sin irregularidades. El dinero y el status no terminaron teniendo importancia. Siento que estuve corriendo toda mi vida. —respondí sin quitar la mirada de la fogata.
¿De qué corres? —preguntó Lang, por primera vez buscando conocer mi pasado.
De lo que soy, supongo. Jamás me sentí cómodo en mi familia, y lo más cercano a la definición de lazos familiares lo encontré en otro lado. —dije aclarando mi garganta —Mi hermano y su sangre de mago. Un gran responsable de todo este desastre que soy yo. Jamás me perdoné el hecho de no haber nacido con una sangre que me permitiera hacer lo mismo que él. Eso derivó en muchas otras cosas. ¿Qué hay de vos?
Ya dije que no me arrepentía. Soy un trotamundos, y todo este asunto es por lejos lo más trascendente que me toco vivir.
Nacimos elegidos para hacer esto, para este día. Yo no estoy arrepentida.—Aldara afirmó con una voz que terminó de cambiar el ambiente.
¿Nacimos? Tus poderes lo serán, pero nunca me sentí bendecido en lo más mínimo.— dijo soltando una pequeña risa.
Los dioses tomaron al hijo equivocado.—dije también dibujando una sonrisa sarcástica y sacudiendo mi cabeza.
¿Tu hermano fue el campeón de las cruzadas?—volvió a indagar Lang
Si, lo fue hace muchos años. Fue una final muy popular, dónde terminó cortandole la cabeza a su rival. Debí imaginar que estaba loco desde ese entonces.
Mierda, ¿ese fue tu hermano?—dijo, sorprendido. —Lo recuerdo, los árbitros habían obligado al ganador a matar frente a la multitud.
¿Qué? De ninguna manera. Imagino que lo hizo por que le gusta matar.

Lang se soltó hablando de cómo él había presenciado la final ese año en Havenstad. Hanzel peleaba contra un bicho del Oeste. Desconocía la raza de la que hablaba Lang, pero era una especie de reptil. Era un bicho único, superaba por kilómetros a otros de su propia raza. La hegemonía humana en las cruzadas era tal que los registros de un bicho clasificando se remontaban a tres décadas atrás, con un cuervo llegando a octavos de final. En un mensaje al Oeste, Hanzel debía matar a mago extranjero en plena pelea, si realmente quería ser proclamado como ganador. Y lo hizo.
Para ese entonces me encontraba en Craster con Marco, tocando un pergamino de transportación  por primera vez.

Sabía que no era la primera vez que veía alguien con esa insignia en el ojo...Entonces, ¿la respuesta es un sí o un no?—me preguntó.
Clavarme piedras sagradas en el pecho no es algo muy agradable, sobretodo si te consume sangre cada vez que usas su energía. Tampoco es demasiado placentero encontrarme a mí hermano, y mucho menos saber que muy posiblemente tenga menos de seis horas de vida. Pero como les dije, siento que corrí toda mi vida. Y sigo corriendo, sin embargo hay una dirección. Llevo dos meses corriendo hacia el Oeste y no me arrepiento.—dije notando cuán raro era la idea de estar vivo y ser el elegido de los dioses.
Moriremos convencidos, es un primer paso. Espero poder matar al maldito cuervo por lo menos.
Amén Lang, que los dioses te escuchen.
No, Lang no...—dijo sonriendo y sacudiendo la cabeza, todavía con la vista en la fogata que él había creado. —Mi nombre es Li, me gustaría que alguien lo supiera antes del final.
Un gusto conocer, Li —dijo la nereida con una voz tan dulce que nos olvidamos de todo por un momento. Estiró su mano para saludarla.

Unos rápidos pasos se escucharon por detrás y Malo saltó sobre la cabeza de Li. Lo arañaba y maullaba, como protestando.

Perdón Malo, sé que te lo tuve que haber contado antes.—dijo el pistolero, pero el quitnar siguió maullando indignado.
¿Ni siquiera Malo lo sabía?—quiso saber Aldara
No, ha sido mi pequeño secreto, pensaba llevármelo a la tumba. Ya me sentía incómodo con un nombre tan cercano del que es en realidad.
Dicen que las fogatas limpian el alma.

Desde las sombras salió Cregh, acercándose al fuego con solo una pregunta en su mente. Se me hizo imposible no pensar que había soñado algo antes de estallar en la manera que lo hizo. Su expresión era seria, pero había decidido no tirar la toalla. El mago había hecho el luto de Dalia un día tarde, más distracciones no eran viables para lo que venía.

—Los latidos se vuelven más fuertes en dirección a Verin. Sé dónde está él. —sentenció Cregh
Hacia el oeste.—dije, y recordé que Dalia había muerto con los ojos abiertos mirando en esa dirección.
—Más allá de Verin—dijo sacando a relucir el anillo de la nereida del Oeste.

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55 Re: R.O.L. Beta el Miér Jul 13, 2016 2:28 am

Malo se sento en un tronco a mirar como despellejaba al mago del oeste. No habia sido un dia facil. De principio a fin, sencillamente, el Oeste nos quitaba cualquier cargo de consciencia que tuvieramos por lo que hicimos en sus tierras. Mú bien sabra que yo nunca cuestione demasiado ni lo que hacia ni el porque, incluso luego de poner un pie fuera del barco. Si quizas Aldara dijo alguna vez algo a favor o en contra, yo realmente no puse atencion.
Pero luego de lo que le ocurrio a Dalia, luego de tener a una ciudad entera despreciandonos, y tras nosotros a 20 bichos esmerados en matarnos... Sobra decirlo. Pero el buho no la saco barata. "No podemos dejarnos llevar por las ganas de venganza" le habia dicho a Italo, y dure menos de un minuto tratando de razonar con el mago. El resto fue una barbarie. No se cuanto tiempo estuve en eso, supongo que una hora a lo menos, pero solo me detuve una vez que el buho se desmayo. Me sente, sudando, a la sombra de un arbol sin frutos a esperar a que se despertara el mago, y Malo de un salto se me acerco sin decir nada. Solo miro al buho con esa constante sonrisa que tienen los gatos, y empezo a buscar algo que le picaba en su pata trasera.

Para ser sincero no soy del tipo de personas que siente nostalgia. Al contrario, si no me he asentado es porque ningun lugar se siente un hogar. Pero ahora de verdad deseaba estar de vuelta en el este. Por lo menos alla teniamos la libertad de andar por las calles sin que nadie... sin que por lo menos todo el mundo trate de matarnos. Aqui no perteneciamos. Aqui eramos indeseados. Mientras mas nos adentrabamos, mas dificil se nos hacia llegar al final de cada dia. Y la muerte de Dalia, en especial, nos recordaba que no eramos invencibles.

Desganado y sin nada que hacer, saque el revolver pequeño de mi bolsillo y me puse a contar balas. Las ordene en el suelo separadas segun el tamaño. Unos metros atras mio estaba Cregh completamente inmovil. Aun mas alla estaba Italo tratando de conversar con Aldara, aunque desde hacia rato habia dejado de oirlos. Solo faltaba Dalia, que juraba en cualquier momento iba a aparecerse detras mio con su voz aguda. Abri el barril del revolver grande para contar las balas que tenia. Me quedaban 28, 15 para el revolver grande y 13 para el pequeño. A esas alturas, rogaba que eso fuera mas de lo que necesitaria. De otra forma, todo lo que me quedaba era una espada vieja y casi inutil... Y por supuesto, el anillo.

Meti la mano al bolsillo interior de abrigo donde traia el anillo. Un simple aro de cobre calido al tacto, semejante al que el mago del oeste traia en su mano en Havenstad. Lo mire durante unos momentos a la luz y trate de ponermelo en el dedo medio, pero me quedaba un tanto apretado. Probandolo en otro dedo note que Malo se habia puesto de pie mirando a su alrededor, y luego se giro hacia mi.
-Mau.
-¿Eh? ¿Que te pasa?
Se sento en direccion a las montañas, y entonces el buho desperto. Empezo a mover los ojos de un lado a otro, confundido, y apenas tuve tiempo de agacharme a tomar mis armas cuando me miro y se dio vuelta en el suelo. Nos levantamos Malo y yo de inmediato, y este de un salto le alcanzo a morder la pata antes que ambos se desvanecieran. Unos metros mas adelante reaparecieron en el aire, y al segundo cayeron y rodaron por el suelo, causando que Malo lo soltara. Mientras se reincorporaban corri hacia donde estaba el buho, y antes que intentara hacer algo mas lo tome del cuello para levantarlo.
El me miro desafiante a los ojos, aun en su estado deplorable, y apenas estuvo a mi altura metio una mano a mi bolsillo y me saco el revolver pequeño. Sonrio, y sin titubear un segundo me apunto, y jalo del gatillo.

La sonrisa se le fue de inmediato al ver que el arma estaba vacia, y antes que pudiera apretar el gatillo por segunda vez le hundi el puño en el estomago. El buho se doblego, cayo al suelo, y levantandole la cabeza por las plumas le apunte con el revolver grande en la frente, a pesar que el arma tambien estaba vacia.
Aun asi, y casi desmayandose, el buho de alguna forma logro sonreir de nuevo.
-Cu-Cuanta audacia... -dijo susurrando las palabras.- Cuanta insolencia... Si vosotros no teneis... futuro...
-¿Que es eso? ¿De que hablas?
El buho exhalo aire pateticamente tratando de reir, y me miro con una superioridad que me agarro por sorpresa.
-Est nunc clarum, omnes... todos... vais a morir mañana... ¿T-Te non credis?
No hablo mas luego de eso, y nada logro sacarle otra palabra. Eventualmente, Cregh se recupero por si solo de alguna forma, e Italo saco al buho de su miseria. Sin ninguna pista mas que seguir, nos movimos con el anillo mas adentro en la montaña, alejandonos de la ciudad negra de Verin.

Recibi el anillo de vuelta a la vez que Aldara se iba a estar sola, casi como si se sintieda ahogada con la presencia de otros cerca. Cregh e Italo se sentaron a ver su libro, y yo me aparte con Malo hacia un claro colocandome el anillo en el dedo anular. Me entro sin problema, y lo mire una vez mas a la tenue luz que aun quedaba del dia.
-Miau.
Italo habia dicho que solo tenia concentrarme en el lugar para moverme. Bueno, no tenia mucha fe en que eso me resultara, por lo menos a la primera, pero decidi intentarlo de todas formas. Mientras Malo se acostaba a tomar el sol, yo me concentre en un arbol qe crecia sobre una roca a pocos metros de mi. Me imagine caminando hasta el, y antes de poder darme cuenta me encontraba sobre las ramas de este. No hubo un sonido, no hubo una luz como cuando Cregh nos movia, nisiquiera deje de sentir algo bajo los pies por un momento. Mis ojos mismos ni se dieron cuenta del cambio hasta que el ruido de las hojas me alerto.
Malo entonces se paro a mirarme, intrigado.
-¿Que te parece, eh? -dije sonriendo.
Salte encima de la rama botando las hojas, y con algo mas de concentracion apareci bajo el arbol para sentir esas mismas hojas cayendome en el pelo. A pesar de todas las veces que habia sido movido durante este viaje, el hacerlo yo era completamente distinto, y fascinante tambien. Pase unos minutos moviendome de un lado a otro, requiriendo una concentracion permantente solo para no equivocarme. Una distraccion, y aparecia a veces en el aire o vuelto en cualquier direccion. Fue asi como me golpee con una roca en la nuca al caer. Me agarre la cabeza en el suelo, mientras Malo reia a carcajadas desde donde estaba. Bueno, no a carcajadas literalmente, pero podia oirlo.

Malo se puso de pie agraciadamente y camino hasta donde estaba, y empezo a maullar mirando la mano en que traia el anillo. Me puse de pie aun adolorido, y le puse el anillo en la punta de la cola. Malo lo contemplo un segundo, y paso por debajo de mis pies. Al darme vuelta ya no estaba, y lo halle caminando detras de un arbol cercano. Otro segundo mas y se habia perdido de nuevo, para aparecer sobre unas ramas del otro lado del claro. Era lo que hacia siempre basicamente.

Pero entonces Malo decidio volverse loco con el anillo, y a presumir decididamente. Empezo a pasearse, a correr y a saltar por todos lados transportandose a veces mas rapido de lo que podia alcanzar a procesar, y luego de correr adelante en reversa se detuvo a mirar los arboles. Se preparo para dar un salto, desaparecio, y cayo sobre un nido de aves. Mientras los pajaros volaban aterrados en todas direcciones, Malo se enfoco en uno de ellos mientras se alejaba, el mas grande, y se teletransporto detras de el para atraparlo en el aire. Se le escapo de las patas, pero con otro salto un poco mas adelante lo logro tomar de la cola. Otro momento paso, y aparecio a centimetros del suelo para aterrizar suavemente, y se sento a jugar con su presa. De alli no se movio mas. Parecia no interesarle en lo mas minimo las posibilidades del anillo, mas alla de ser una forma facil de agarrar comida. De todos modos podia entenderlo. A estas alturas, cualquier cosa andante seria una cena mejor que frutos y verduras desabridas.

Aun asi, o quizas por eso mismo, me preguntaba que tan lejos podiamos ir con ese cachivache.
-Hey, ¿crees que podrias ir y volver del Este con esa cosa?
El apenas se inmuto una fraccion de segundo, y dejo escapar al ave solo para agarrarla apenas se volo unos centimetros. Tome eso como un no.
-Ok, hmm... -mire alrededor del claro tratando de pensar en un buen lugar, y en el horizonte por sobre las nubes que se acercaban divise una gran mancha blanca.- ¿Y puedes ir a la luna? ¿Crees que este mas cerca?
Malo apreto contra el suelo al pajaro, y me miro fijo con esa expresion de desapruebo que me da a veces. Si, era una idea tonta. Pero hey, algunas cosas hay que preguntarlas. De otra forma uno no aprende

Cuando era pequeño mis tios me contaban siempre la historia de una princesa que vivia sola en la luna, y que cuando estaba totalmente a oscuras ella bajaba a caminar por sobre el lago. Como con otro monton de cosas, debi haber supuesto que eso tampoco era muy cierto, ya que nunca jamas la he visto, pero aun asi me gustaba mas que todo aquello de los etereos, por mas largo que fuera el cuento. Ya debia haber olvidado mas de la mitad de todo lo que ocurria.
Malo se puso a comer de una vez mientras hacia memoria, y me acerque para quitarle el anillo de la cola. El sol desaparecio tras las montañas, y todo quedo envuelto por la luz purpura del crepusculo. Malo mastico los huesos del ave mientras me ponia el anillo de nuevo, y de pronto levanto la cabeza de su cena.
Me quede callado mientras Malo observaba algo, y luego de un momento dijo una palabra que desconocia. Le pregunte que repitiera, pero el se quedo quieto y en silencio un rato mas, y luego agarrando lo que aun quedaba del ave se puso a caminar de vuelta por donde vinimos.
-¿Oye, que fue eso?
Malo me guio hasta llegar a la entrada de una cueva pequeña, momento en que Cregh me vio desde lejos y desaparecio por un minuto. Malo se sento a comer sin dar explicaciones, y en pocos momentos casi toda la luz se habia perdido. Cregh llego con su libro seguido de Aldara, pero ninguno de ellos parecia con ganas de querer hablar, o de siquiera prender un fuego.
Sin prestarle demasiada atencion a lo ocurrido, me dedique solo a comer cuando Italo llego con comida, y cuando empezo a llover me acomode en el suelo para descansar. Supuse que a estas alturas, ya todos sabiamos lo que quedaba, y que no tenia caso darle mas vueltas al asunto cuando podiamos guardar energias.
Pero mientras me dormia aun me quedaba la duda. ¿Que significaba "trepidacion"?

En la mañana creo que lo entendi.

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No se en que momento lo senti. Entre estar despierto y dormido no se sabe mucho del tiempo, pero decididamente no fui el primero en notarlo. Malo ya estaba en pie a la entrada de la cueva, apenas distinguible ante la luz del alba, y Aldara se hallaba despierta en el fondo de la cueva. Ella se empezo a acercar gateando, pero se detuvo a medio camino cuando sucedio de nuevo, y Malo se giro a mirarnos en una de las pocas veces que lo veia nervioso, o quizas impaciente. Mire afuera a los arboles, y sali solo para reasegurarme de lo que ya sabia. La tierra latia bajo nosotros.

Sentir los latidos, el suelo moverse debajo de uno regularmente, era la parte del viaje a la que nunca pensamos llegar. El fin de nuestra travesia hacia el Oeste, y todo lo que conlleva. Quizas lo peor de todo esto era de que a pesar de haber una profecia, que ni Wendagon ni el oraculo pudieron ver que iba a resultar de todo esto. Y aun si llegabamos a tener exito como grupo, la supervivencia individual de cada uno no estaba asegurada.

Para cuando entre de vuelta Cregh tambien se habia levantado, con una expresion por lejos mas perturbada que la nuestra. No le hizo falta preguntar que era lo que ocurria. Al igual que nosotros, se quedo callado.

Italo fue el primero de nosotros en hablar cuando Aldara lo desperto. A pesar de que todo esto lo tomo por sorpresa, luego de calmarse parecia guardar aun cierta esperanza de que las cosas resultarian, muy distinto de Cregh que se mostraba resignado, incluso hasta molesto por haber decidido hacer este viaje en primer lugar.
Era cierto, no teniamos las de ganar. Habiamos perdido ya a un miembro mientras que el grupo del Oeste aun se mantenia entero, con una deidad de su lado mas el hermano de Italo, y quien sabe si no tendran otro grupo mas como el de ayer esperandonos. Aun si Aldara podia lidiar con ellos de nuevo, todo lo que se necesitaba era un descuido. Cregh mismo dijo ayer que bien podria haber muerto sin darse cuenta.
Pero por otro lado, y lo que me daba algo de fe, es que por mas divino que fuese Deus el ya cayo una vez en el pasado, por la misma espada que ahora teniamos en nuestro poder. No era descabellado pensar que pudieramos hacerlo de nuevo, si es que podiamos sobreponernos al grupo del Oeste como hemos hecho hasta ahora. Desde ese punto, podia compartir las esperanzas de Italo, aun si no sabia si todos viviriamos para ver el dia de mañana.

Nos sentamos a conversar un poco al lado del fuego, excepto por Cregh que parecia inesperadamente aproblemado con todo esto y se fue a estar solo. No fue mucho lo que hablamos, apenas lo suficiente para aprender algo sobre el pasado y el hermano de Italo, y por supuesto, dar el pequeño detalle de mi nombre. Una sola silaba de dos letras era el secreto, pero aun asi parecia importante. A Malo no le agrado mucho que nunca se lo hubiera dicho, pero no imagine que a un gato que nisiquiera tenia un nombre propio le pudiera interesar eso.
Aldara por su parte me estrecho la mano, mientras que Italo parecio simplemente aceptarlo en silencio. Luego de todo lo vivido, otro nombre no tenia importancia.

Pero en lo personal, Li no es un nombre que me agrade.

Cregh volvio a unirsenos luego de un tiempo, ahora un tanto mas calmado, y afuera nos mostro de donde venian los latidos. Mas alla de Verin, en una cadena montañosa cerca de lo que seria el final del continente. Alli es donde se encontraria el Deus.
-No hay duda de que viene de por alla, -dijo tratando de señalar el lugar, que por la hora era apenas visible en la oscuridad.- No se si lo sienten por no tener una habilidad magica natural, pero alli es como si el aire fuera distinto. Como cuando notas un sonido cuando dejas de oirlo, exactamente igual.
-Si, creo que entiendo un poco, -dijo Italo, no con mucha seguridad. Un viento helado me hizo cerrarme mas el abrigo, y Malo se me acurruco entre los pies. A pesar de que habia pasado casi un mes desde la salida del puerto, encontraba que los huesos aun me dolian cuando hacia frio, y probablemente seguirian asi por un largo tiempo.
-No tengo idea de cuanto tiempo nos quede, si es que aun se puede hacer algo. Esta creciendo en intensidad lentamente, y en una horas va a ser como un temblor constante si no para antes.
-Unas horas son mas que suficientes para detenerlo, gracias al anillo. De hecho... podriamos ir a enfrentarlo en este instante, -dijo Italo. Cregh rio amargamente, y se guardo las manos en los bolsillos.
-Aun no veo como eso pueda salir bien.
-Bueno, es eso o acomodarnos con el resto de la humanidad en la bodega de Azus, -dije tratando de alivianar la situacion. Cregh sonrio por medio segundo, y quedamos solo con el ruido del viento y los arboles de fondo.- Pero creo que no podremos movernos hasta que podamos ver bien el lugar. Deberiamos tratar de comer antes de partir, por poco que sea. -agregue, en parte para estar lo mejor que pudieramos, y en parte para retrasar lo inevitable, cosa en lo que no parecia estaba solo. Italo suspiro con un cierto alivio, y se giro hacia nosotros.
-Tratare de buscar algo, pero no prometo nada. ¿Me acompañas Cregh?
Sin decir nada el mago lo siguio, y ambos desaparecieron entre las penumbras con solo una pequeña llama para iluminarse. Yo por mi parte volvi a la entrada de la cueva a sentarme. Las manos me temblaban y el corazon me latia con fuerza. Con el anillo estabamos a solo un paso, a un pensamiento de enfrentar lo que hay alla esperando. Era tan facil que si me lo ponia hasta podria ir por accidente.

Nunca pense mucho en la muerte para ser sincero, a pesar de rozarla en mas de una ocacion. Siempre me salvaba por algo, y a pesar del susto luego podia superarlo. Incluso a veces reirme al dia siguiente y seguir andando ante las quejas de Malo. En cierta forma, pense que caminariamos de un lado a otro por siempre, sin un final claro a la vista.
Pero ahora no me podia sentir tan optimista. No solo por que Dalia tambien murio, sino porque, ¿que quedaba por hacer?

No lo se.

Aldara se sento en frente mio, calentandose las manos entre las piernas, y me miro durante unos segundos, como sin saber que decir. Afuera el viento parecia calmarse, y Malo se nos unio sentandose a centimetros de mi.
-¿Nervioso? -dijo Aldara luego de unos momentos, y Malo maullo como si le hubieran hecho a el la pregunta. Aldara rio y le extendio los brazos, y Malo salto a su regazo.
-Si, supongo. ¿Y tu?
-Tambien, -dijo rascandole la panza a Malo. Ese gato siempre hablaba de lo mucho que detesta a los humanos (y cualquier otra criatura que se le cruce), pero al momento que alguien lo acariciaba se volvia manso de inmediato, y no tardaba en exigir mas. Era mejor de esa forma en todo caso. Si el es de creer, el resto de la especie de verdad es tan agresiva como dicen los libros. Solo era cosa de perderse en los bosques del norte para comprobarlo, y si tienes suerte y un arma de fuego cargada, quizas salgas con tu vida.

Italo volvio con Cregh luego de unos minutos, cuando ya habia aclarecido un poco. Traian apenas lo que parecian moras verdes, y nos dieron un puñado a cada uno. Con esto, era facil ver porque los bichos de este continente nos guardaban tanto rencor. Una vez oi a un tipo en un bar diciendo que deberian dejar de venderle comida a los bichos del Oeste, a ver que hacian sin los humanos que tanto detestan. Supuse que la situacion no podia ser tan extrema como el decia, pero de todas formas daba en que pensar sobre como veian todos a los bichos, quizas incluyendo ellos mismos.
-¿Saben? Ayer vi a Malo cazando un ave de un nido. -dije antes de hecharme a la boca y devorarme la mitad de mi porcion.- Si hubieramos tenido mas tiempo, podriamos haber buscado unos huevos para el desayuno.
Italo sonrio, mirando las moras que aun le quedaban en la mano, y se hecho unas pocas a la boca.
-Quizas para la tarde, antes de emprender el viaje a casa.
Terminamos nuestro desayuno, y salimos con nuestras cosas de la cueva para ver nuestro destino. A pesar de las espesas nubes, el lugar que nos habia señalado Cregh, un bosque frondoso entre las montañas, estaba completamente despejado, dejando entrar la luz casi como si hubiera sido marcado para nosotros. Era la hora de partir.
-¿Quien tiene el anillo? ¿Italo?
-Yo. Yo los llevo. -dije colocandome el anillo.
-¿Seguro? ¿Sabes como usarlo?
-Por supuesto, ayer estuve practicando. Confia en mi.
Aldara puso su mano en mi hombro, seguido de Cregh con algo de desconfianza, y de Malo que se me apego a los pies. Italo se aferro de Aldara, y espero a que estuviera listo para movernos. Respire hondo, y apunte mas alla del bosque tan lejos como pude. Me imagine caminando toda esa distancia en un segundo, y nos transportamos esperando encontrar lo peor del otro lado.

Pero creo que ninguno espero un aterrizaje fuera tan violento.

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56 Re: R.O.L. Beta el Lun Ago 08, 2016 2:49 am

El cielo de la madrugada lloraba sobre nosotros.
Lloraba cómo nunca lo había hecho.
O quizás reía y las lágrimas que caían eran de júbilo.
Era imposible saberlo.

Completamente solos, en la oscuridad y desparramados en el piso lleno de barro. Era así como empezamos el principio del fin.
Sentí un nudo en el estómago al notar cuán potentes eran los latidos en aquel lugar. Mirando la tierra empapada de agua vibrar sistemáticamente. Parecía como tambores lejanos que empezaban a darle ritmo a mi propio corazón.
Al levantar la vista nos encontramos con un bosque inmenso frente a nosotros. Estaba tan poblado de grandes troncos que se retorcían entre sí que inmediatamente creo que nos recordó a todos a las tierras sagradas. Quité peso al mal aterrizaje del anillo. Cregh dio un paso al frente en silencio. Movió las manos y chasqueó los dedos. Un pequeña llama salía de sus dedos ahora. Se acercó hasta la primera línea de árboles que daban paso a aquel bosque que se extendía por el horizonte. En un parpadeo, la llama se apagó al estar cerca de ese lugar.

—No hay magia en este lugar—dijo Cregh en un susurro apenas audible por la fuerte lluvia—. Es la misma fuerza que primaba en las tierras sagradas... es él.

La expresión en la cara de Cregh fue lo suficientemente cruda para que se me revolviera el estómago de nuevo. Parecía que el hechicero del Este había muerto ayer mismo. No había rastro de lo que él solía ser.
Compartí el malestar del mago por unos segundos, entendiendo que mientras estemos en ese lugar su papel iba a ser prácticamente nulo. Nos sentí desamparados, con las mismas chances de ganar una guerra saliendo a pelear con los ojos vendados y estando maniatado.

Tenemos compañía—dijo después del voltearse por el maullido de Malo. Estaban las huellas de lo que seguramente eran los elegidos del Oeste.
Son ellos cinco, ¿no?—preguntó Aldara en un tono totalmente carente de humanidad.
Deberían ser seis.
¿Hanzel?
Está acá, estoy completamente seguro—aseguré con total confianza.

Las huellas en el barro correspondían a dos humanos, dos cuervos y suponiamos que las restantes era de aquél que le decían Karus.

Hay solo cinco.
Punto para nosotros, supongo.—dije clavando la mirada en el bosque. Pude ver a Cregh susurrando los conjuros del arte alternativo, logrando ningún contacto con los dioses humildes.
Tenemos ventaja.—aseguró Aldara, mostrando una pequeña sonrisa turbia.

El pistolero frunció el ceño sin entender a que se refería la nereida. No quería que me endulzaran los oídos antes de entrar ahí, ya tenía bastante aceptado que íbamos a morir ahí. Dentro de ese bosque, que inspiraba todo menos vida.

Lo que sea que haya ahí dentro anula la magia por completo. Su hechicero y tu hermanos pierden relevancia. Quedan limitados a su potencia física, sus revólveres y los poderes de la puta hechicera de fuego. Nosotros perdemos las habilidades de Cregh, pero el resto mantenemos nuestras capacidades al máximo. Y es más ... hay agua por todos lados.—remató Aldara, ampliando esa sonrisa que parecía robada de Aqlatan.

Recordaba el cuadro de Wendagon, la tormenta y la similitud de la profundidad del color gris de aquella pintura. Ese mismo color era lo que habitaba en los ojos de Aldara. Ahora llenos de rabia, volvían a estallar en energía pura.
Esa tormenta se había vuelto a desatar. Y esa tormenta tenía que ser la diferencia.


Cregh mantenía su cabeza baja, con la mirada pegada en el piso. Li y yo asentimos lentamente, tal vez dándole la razón a Aldara por primera vez desde que salimos de la ciudad construida en la montaña. No había demasiadas alternativas, pero lo que planteaba la nereida no estaba fuera de contexto. De hecho, parecía tener mucho sentido.
El pistolero se acercó al Mago y lo tomó fuerte por el hombro. Estiró el anillo y la espada que Dalia había encontrado. No hubo palabras, pero el mago terminó por agitar la cabeza, levantando por fin la vista.


Perdimos la brújula con la que llegamos hasta acá. Sin embargo, ahora parece una sola dirección la disponible. Y para sorpresa de nadie... es el Oeste.

Sin perder más tiempo, nos alineamos los cinco justo en la entrada del bosque. Respiré muy profundo y dejé salir el aire. Junto con la bocanada, empecé a juntar la energía de la piedra. Desconocía de que manera la piedra del rayo lograba darme energía de esa manera sin matarme. Me sentí tan afortunado de haber sobrevivido al contacto de una piedra con tanta historia. Rápidamente noté que la palabra no era afortunado; yo era uno de los elegidos, el cazador del Este. Y cada latido de mi corazón había sido guiado por los dioses para que llegara a este desenlace. La sombra podría solo haber sido una especie de ansiedad oscura para llegar hasta la piedra y eventualmente el Oeste. Aunque para esta altura imaginaba que no había fuerzas exteriores alterando el ambiente. No había predicciones ni escrituras válidas. Lo que iba a pasar dentro de ese bosque, nunca antes alguien había visto el resultado exacto.
Sólo había indicios en las visiones: luz si ganábamos, oscuridad si moríamos.

Malo tomó la delantera gracias a su ágil cuerpo de gato, seguido por Aldara que se movía a un ritmo infernal a través del laberinto de ramas y árboles. La densidad del bosque sumado a la oscuridad de la madrugada era tal que ver más allá de unos pocos metros era un reto total. La sensación de claustrofobia era la misma de Verin, la sensación de estar en tierras ajenas era la misma.
La misma tierra que latía parecía querer expulsarnos de ese lugar.
La nereida se había rodeado el cuerpo con una capa de agua que giraba alrededor de sus brazos y pecho continuamente, proporcionándole una suerte de escudo. Se suponía que Malo podía oler a alguno de ellos, no a los cuervos porque su esencia era apenas perceptible, pero tanto a mi hermano como a los otros debería no ser una tarea complicada. Aunque el aire de aquél lugar parecía comprimido y neutro. Apenas las gotas que se filtraban por las miles de hojas por encima de nuestras cabezas aportaban un sutil olor a humedad y tierra mojada.Definitivamente no había tanta agua disponible como había dicho Aldara, por lo que imaginé que todo se podía terminar decidiendo por quién sabía pelear con los puños mejor. O quién tenía más balas en los revólveres. Li iba detrás de todo con uno de sus revólveres en su mano y completamente cargado.

Los minutos pasaron en un ambiente tan tenso que casi era posible agarrarlo con las manos y ahorcarlo a voluntad. El pistolero pegó un grito para que bajasen el ritmo de la caminata y no nos separemos tanto. Malo paró de inmediato, Aldara se tomó un par de metros antes de reaccionar.
El sonido de la lluvia era apenas un susurro mientras que los tambores del corazón latiente eran ensordecedores. No sabíamos cuánto podía faltar, pero tomamos dimensión de lo gigantesco que era el lugar.

No esperaba caminar tanto. Pensé que para esta altura la suerte ya estaría echada.—dijo Li poniendo las manos en la cadera y exhalando.
¿Malo todavía no los siente cerca?—pregunté y el pistolero solo negó con la cabeza.

Habían sido cerca de media hora caminando en lo que pensábamos que era una línea recta hasta el Deus. Aldara eventualmente bajó el ritmo de la caminata, dejándolo a Malo a la delantera. Con la energía de la piedra recorriéndome, mis sentidos se agudizaban más y más. El resto de las cosas parecían moverse más lento en proporción a la energía que demandaba. Pasados los veinte minutos, paré de juntar fuerzas ya que se volvía perjudicial tanta concentración para solo estar esquivando los árboles y dianas que había. Le di la espalda al grupo y descargué la energía de la única manera que sabía hacer; un rayo saliendo de mis manos. El sonido era parecido a un silbido fuerte, mucho más similar al ruido de una flecha que a los truenos de las tormentas. El resto apenas se volteó y girando la mano les indiqué que sigamos.

Esperaba que la sangre que la piedra pedía para crear aquel poder no me fuera a faltar por la culpa de calcular mal el tiempo de caminata.
El terreno era difícil de recorrer, pero manteníamos un ritmo bueno. No había signos de querer parar.
Pasados otros diez minutos, la nereida empezó a caminar a la par nuestro. El tiempo se escurría en nuestras manos y solo veíamos un millar de plantas enfrente nuestro. Poco a poco la tensión se empezó a diluir. Había escuchado que los humanos tenían un pico de concentración de algo así como una hora, luego de eso automáticamente se empezaba a procrastinar. Y creo que algún familiar me había dicho que de alguna manera ahí, en el momento donde la atención flaqueaba, nacía el arte. Nunca había entendido el razonamiento de eso.
De todas maneras, mi familia no sabía un carajo de arte.

Mientras mi cabeza intentaba no divagar y terminaba cediendo por la monotonía del paisaje, el recuerdo de Cregh amaneciendo en Craster con un vestido de flores cayó en mi mente. Me mordí la lengua intentando no reírme. Todo parecía conspirar para que recordarse detalles todavía más absurdos y la risa empezara a ser incontenible. Dejaba salir solo unos pequeños gemidos que apenas se escuchaban entre el medio del ruido del bosque. Hasta que Li volteó.

¿Qué pasa?—preguntó
Es que...—dije y al abrir la boca las carcajadas salieron solas.—No sé porque me acordé de Cregh con el vestido floreado en Craster.

Me estallé de risa al terminar la oración. Para el resto primero hubo una resistencia, combinada con una pequeña sonrisa. El gesto se fue expandiendo por sus rostros y en menos de cinco segundos, todos rompieron a reír. Me quedé con esa imagen de nosotros; me daba más seguridad que ninguna otra cosa para dar cada paso hacia adelante siguiendo los latidos. Incluso Aldara volteó para dedicarnos una sonrisa. Por primera vez sentí, mientras el sol empezaba a salir detrás de las nubes opacas, qué la guerra iba a ser nuestra. No sabía cómo, ni a qué costo, pero creía que en el desenlace había luz.

Unos pasos más adelante, cuándo las risas se disolvieron, Malo tomó su forma canina. Todos supimos exactamente lo que significaba. Ellos estaban enfrente.
Los elegidos del Oeste. Y mi hermano mayor, Hanzel.



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Cliffhangin'

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57 Re: R.O.L. Beta el Dom Ago 21, 2016 12:58 am

Hanzel


Suspiré y dejé que mi cara se empapara del agua que caía del cielo. Karus había empezado a caminar de un lado a otro, impaciente. El anillo había dejado de funcionar.
Enfrente de nosotros se exponía un bosque que había surgido de la nada. De increíble densidad y de origen divino, del mismísimo Deus.

Esto es malo—sentenció el hechicero.
Esta cosa... es prácticamente idéntico a la Tierras Sagradas—dijo Heir, el Caballero.
¿Cuán malo?—quise saber.

El hechicero no respondió de inmediato, miró el piso lleno de barro y luego hacia adelante. Hacia el Oeste, hacia el bosque.

Creo que acabamos de perder la ventaja sobre ellos.—dijo el hechicero, dejando helados a los cinco.—El Deus es vulnerable todavía, esta cosa no es más que un mecanismo de defensa.

Karus no quiso perder ni un segundo más y nos indicó que teníamos que entrar en el bosque y seguir las palpitaciones de la tierra. También teníamos que seguir el río, para ver dónde el río iba. Un silencio sepulcral se introdujo entre los elegidos, que solo era interrumpidos por las lentas palabras del mago. Jamás hubiera esperado escuchar algo así de la boca de un hechicero tan soberbio. No respecto al Deus, nunca. Mientras avanzábamos en el increíblemente denso bosque, nos explicó que creía que estaba pasando. Algo en mi cabeza, detrás de los ojos,  estaba empezando a dolerme demasiado. El alcohol de Althea todavía estaba dando vueltas dentro mío, sumado a que no había podido dormir ni un rato, me sentía con tanta vida como nuestra nereida. Ahí, detrás de los ojos, el dolor se expandía hasta llegar a los oídos. Mis pasos eran torpes y lentos, al igual que mi capacidad de terminar de procesar lo que estaba pasando.
Cuándo dejé de perderme en mis pensamientos sobre cuán agotado estaba, Karus explicaba que creía que este bosque era un especie de caparazón para el Deus. Pensaba que con las palpitaciones de la tierra ya era cuestión de unos instantes para que él se levantara y reclamara lo que le pertenecía. No había razón para que la tierra lo protegiera de esta manera si no es que todavía estaba vulnerable. El hechicero paró un segundo la caminata, se sacó el casco y sacudió la cabeza. Luego miró para arriba y dejó salir una porción significativa de aire. Volviendo a la caminata retomó la explicación —No puedo creer cuán malherido quedó desde hace doscientos años atrás— dijo, ya que según sus cálculos todo debía ser oscuridad a esta altura. Agradecí al Deus que Karus haya abandonado el tono sobrador que usaba desde el día que lo reviví, todo este mismo relato con ese tonito de voz hubiera hecho explotar mi cabeza.
Su voz parecía, de hecho, confundida. Me había dicho que el Deus debía llegar a esta instancia más tarde, aunque todo esto de los latidos no estaba siguiendo los planos. Él mismo reconoció que era raro y que debíamos esperar lo peor. El Deus era todavía vulnerable —Su tierra no lo termina de reconocer, la conexión está lejos de ser completa. — dijo. No sabía hasta qué punto faltaba completarse cuando sus latidos estaban conectados con el mundo entero. Creía poder concentrarme, cerrando los ojos, y coordinar mis latidos con los de él. La tierra vivía a su ritmo. No comprendía del todo el escepticismo repentino de Karus. Pero también consideré que no entendía cuán vasto era el poder absoluto del Deus.
El hechicero había vivido más de doscientos años, y era el único de los elegidos que peleó las dos guerras.
Dijo que el camino terminaba donde terminara el río. No recordaba con exactitud qué había ahí, pero se suponía que ahí habitaba la esencia del poder de nuestro Deus. Karus creía que la divinidad no había muerto en la guerra anterior por que mantuvo la mínima expresión de poder, de su enlazamiento con el suelo. Y que por ese mismo suelo, doscientos años después al salir de las Tierras Sagradas, caminó hasta el río. Sacudió la cabeza el de la armadura pesada, retractándose. Decía que no había caminado, sino que el suelo lo había tragado —engullido, esa palabra usó— y debió haber salido a la superficie sólo para meterse en el río y que la corriente lo llevara. Ahí fue donde las pulsos de su corazón se emparejaron con estas tierras.
La ausencia de diálogo dejó como único protagonista a los latidos y la lluvia que apenas se filtraba entre los hojas de los miles de árboles que habían nacido ese mismo día.
El hechicero solo volvió a hablar para mostrarse ofuscado por la imposibilidad de recordar los detalles, que al parecer era bastante importantes. Sólo recordó que al final del río había un lago, y quise darle un premio por su capacidad deslumbrante de deducción.

Te ves mal, humano—dijo el cazador, Krieg Waltz.
¿Alguna solución, grandote?

El huggin sacó una pequeña espada y levantando el brazo llegaba prácticamente al techo del bosque. Haciéndose lugar cortando unas hojas y ramas, hizo aparecer un pequeño claro. Movió la mano cómo indicando que tomara un poco de agua. La lluvia era lo suficientemente intensa como para pudiera llenarme las manos en unos segundos. Me refregué los ojos después de tomar lo suficiente como para llenarme la boca.
Para mi propia sorpresa, me sentí bastante aliviado para lo que una bocanada de agua podía hacer. Le hice saber mi agradecimiento al cuervo, tan cordial como pude, intentando que mejorar el tono con el que le había hablado. Él simplemente bufó, en un gesto ambiguo que terminé integrando como una validación de mis disculpas.

Casualmente estaba pensando en el tacto casi cálido de los labios de Althea cuando una delgada capa de agua se congeló sobre nuestros pies. Casualmente, también era el que estaba parado más atrás de todo. El Quitnar apareció en la escena corriendo a toda velocidad. No llegué a sacar el revólver que ya estaba encima de mí. La pistola salió aventada para cualquiera lado, perdiéndose entre unos arbustos para nunca volver a participar en lo que restaba de la pelea.
El Quitnar tenía mi brazo en su boca, pero sus colmillos no habían llegado a lastimarme porqué Isaac había sido más rápido y disparado dos veces a la bestia. Inmediatamente se replegó entre las hierbas para evitar recibir el tercer tiro. Así, la primera sangre había sido suya.
Los disparos había sido muy cerca del cuello, dudaba que sobreviviera mucho.
El hielo no fue rival para las piernas de los dos cuervos, mientras que Isaac y yo peleamos un poco más para salir; Karus fue el último en salir mientras esquivaba los balazos que venían desde el otro lado.
Nuestro pistolero no tardó en desenfundar la otra pistola y empezar con la balacera. La densidad del bosque era tal que buscar refugio era una tarea de niños. Los disparos simplemente chocaban contra los troncos de las plantas.  No había nadie a la vista, por lo que por unos cuántos segundos solo se dedicaron a vaciar el cargador y a pensar un poco más mientras lo recargaban. Vi por el rabillo del ojo al Quitnar moviéndose hacia atrás con mucha más vitalidad de la que esperaba para haber recibido dos balazos. Mientras, el grito de Karus    tomó relevancia absoluta; casi tapando los latidos de la tierra, que daban ritmo a nuestros propios corazones viviendo la esencia de la guerra en su máxima expresión. El ritmo parecía haberse vuelto frenético, al igual que la batalla.

¡SIGAN AVANZANDO!—gritó.

Estaba bastante seguro que ninguno de ellos sabía hablar el idioma del Oeste, por que podíamos gritar cualquier cosa sin miedo a filtrar información y creo que Karus también sabía esto.
Casi había olvidado las balas, cuándo un grito femenino entró en escena. La puntería de Isaac parecía perfecta a pesar de lo increíblemente difícil que eran los blancos en un bosque tan poblado de escombros orgánicos. Ya iban dos sangres, y quizás un muerto para su lado. Las cosas iban mucho mejor respecto al pronóstico del hechicero, que empezaba alejarse de nosotros para solo correr hacia adelante. Al mismo tiempo los dos cuervos avanzaban con extrema cautela. Estaban protegiendo a nuestra mejor carta, el pistolero, como si fueran sus guardaespaldas. Acompañaban los pasos de Isaac, esperando interceptar algún ataque cuerpo a cuerpo del grupo enemigo.
En una ráfaga una flecha impactó en el hombro del pistolero, y una horda de disparos impactaron en los cuervos. En el mismo momento que escuché el silbido de la flecha, formé inconscientemente una mueca de disgusto al notar que Ítalo seguía vivo. Y también reaccioné metiendo del brazo de nuevo a cubierto al pistolero, evitando que recibiera la ola de balazos que pegaron en los cuervos y quedara agujereado como un queso. En el mismo movimiento que empujé a Isaac, saqué la flecha de su hombro y la rompí. Le advertí que tuviese más cuidado.
De un segundo a otro, tres de nosotros estaban sangrando, sin embargo parecía mucho menos dañino. Lo de Isaac era insignificante; Heir había recibido dos balazos en el pecho pero seguía como si nada. Al cazador lo había golpeado de costado en el pico una bala de calibre más grande, arruinado la punta del mismo. No parecía demostrar dolor, creía haber escuchado que no sentían dolor en ese pico. Su pistolero disparaba a dos manos con calibres distintos, hasta que siguiera en pie, no podía hacer demasiado. Y eso fue exactamente lo que grité.

¡SU PISTOLERO! ¡MÁTENLO!

Los cuervos ya habían reaccionado antes de mi grito al pequeño click de los revólveres cuándo se quedan sin balas. Era el momento para atacar.
Busqué primero con la vista a mi hermano, ya que una flecha todavía podía matarme en un lugar sin acceso a la magia, pero en el golpe de vista me encontré solo con su pistolero recargando y un bloque de verde de vegetación. Krieg fue el que más rápido se le tiro encima, justo como su rol de cazador estaba explícito en las escrituras, pero el Quitnar salió de la nada para sacar al cuervo del camino. Heir reculó por un segundo, mientras que Isaac salía de cubierto para darle al Quitnar el tiro gracia. A lo lejos, vi el rostro de la puta de la nereida —que ya la estaba contando como muerta— y sentí una enorme impotencia al no poder hacer nada más que mirarla actuar. Una lanza de medio metro de hielo viajó a toda velocidad con una puntería infernal al brazo izquierdo del pistolero, haciéndolo volar por el aire y prácticamente cortar la extremidad en dos.
El cazador se movió como rayo, sacándose de encima al Quitnar y pateando en el estómago a su pistolero justo antes de que terminara de cargar sus armas, dándonos valiosos segundos para actuar. El caballero saltó hacía adelante para abalanzarse sobre el mago del Este, quién había salido de la nada con una espada enorme y había apuñalado de manera poco óptima a Krieg en la espalda. Heir se llevó su ala derecha para cubrir su rostro y así evitó que una flecha se le clavara en el ojo. Ítalo le lanzó otra flecha que impactó en el ala de Heir. Luego corrió hacia el caballero y un brillo salió de su brazo izquierdo, lanzando al cuervo por los aires sin siquiera tocarlo.
¿Qué carajo había sido eso? Perdí el hilo conductor por unos segundos al sentirme asustado por primera vez en mi vida de lo que podía hacer mi hermano menor. Esa cosa no era magia...

Eso no podía ser magia, él no era un mago.
El brillo y el cuervo volando por los aires tampoco había chance de que hayan sido producto de mi imaginación.  De nuevo, un escalofrío frío me recorrió al recordar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había tenido miedo.
Tanteé mi cadera buscando el revólver, pero me encontré solo con mis puños. Ni siquiera la magia o el arte alternativo. Le perdí el hilo a lo que pasaba con el resto cuando Ítalo aceleró el paso en mi dirección.  En ese momento reaccioné que Karus seguía corriendo hacia el río y había insistido que siguiéramos avanzando. Entendí realmente a que se estaba refiriendo con lo de perder la ventaja ahí dentro. Cuándo el cazador del Este se encontraba a dos metros de mí y quebró una pequeña rama con su paso firme, supe que había algo esperándonos más adelante. No sabía si el Deus iba a despertar de una puta vez, pero algo iba a inclinar el terreno para nosotros.
Un último pensamiento me recorrió antes de esquivar el primer ataque de mi hermano, no habían pasado ni noventa segundos desde que el Quitnar saltó sobre mí y ahora todo era un desastre.
Quise haber abrazado a Althea un poco más antes de partir.
Sus movimientos se habían vuelto mucho más rápidos, me costaba verlo así. Él había sido una variable tan fácil de manejar, alguien tan predecible. Tan genérico que su destino parecía estar escrito. Pero no escrito en los papeles de los oráculos más importantes, llegando a más allá de las tierras de Verin.
No le di el gusto de poder ponerme siquiera una mano encima; estaba esperando lo que sea que el brillo de su mano salga, pero no apareció.  Consideré más que improbable que se estuviera regulando, más cuándo al esquivar el tercer golpe, bajó sus manos hasta los pies, para sacar una daga dorada desde una pequeña funda a la altura de los tobillos. En ese segundo extra que tardó en reaccionar pude pegarle una patada rápida en el hombro y tirarlo al piso.  Entendí que no era el lugar para pelear, había que seguir al río.

¡EL TERRENO ES DESFAVORABLE, HAY QUE SALIR AHORA!— grité con todo el aire que tenía en el pecho.

Ítalo se había levantado en un instante y ahora podía ver pequeños destellos en la mano que no cargaba con la daga. Un disparo desde mi derecha rozó la cabeza de Ítalo haciéndolo recular y volver sobre sus pasos para buscar refugio de inmediato. Solo gracias a sus dioses ese disparo no había dado en el blanco y así ya teníamos compañía para su Caballero en el más allá.  También entendí que él ya no era un mocoso idiota, el Ítalo que dejé en el Este hace muchos años hubiera insistido en atacar y recibir un balazo en la cabeza como castigo. Pude ver que el más grande de los cuervos había decido hacer caso a la retirada; corriendo, sin mirar atrás, en dirección a donde estaba Isaac. Isaac por su lado, sostenía todavía firmemente sus dos revólveres aunque su brazo zurdo estaba empapado de sangre y prácticamente cercenado por la mitad.
En un último golpe de vista antes de correr a toda pastilla en dirección al Oeste, me encontré con que Heir estaba abatido —mejor dicho muerto, dadas las circunstancias de escape —  con el mago del Este clavándole una espada en una de sus alas.   Nosotros golpeamos primero, pero ahí moría nuestro Caballero. Su labor en el Este jamás iba a quedar en el olvido. De repente no quise creer más en datos estadísticos o supuestas ventajas o desventajas dadas por los números y solo moverme en dirección a lo que nos esperaba más adelante.  
Krieg se movió lo más rápido que pudo hasta lograr llegar detrás de la posición de Isaac. Recordaba solo el intento de puñalada en la espalda y el tiro en el pico como herida significativa para el cuervo. Aunque sinceramente parecía mucho más maltrecho. Mientras el pistolero abría fuego a quemarropa defendiendo la posición, chocamos las miradas con el huggin y ambos asentimos. No estaba seguro si me estaba confirmando que no contáramos más al Caballero o que podía seguir corriendo. No podía determinar que había o qué es lo que pasaba en los ojos de él. Debía estar sintiendo una mezcla enorme de cosas, lo poco que había hablado con Karus de nuestro cazador es que por no querer entrometerse con lo que decían las escrituras, les había perdonado la vida a los cinco en Laertes. Ese mismo grupo de incapaces hoy nos estaban cazando en nuestro propio continente.
Ahora las decisiones que tomamos parecen tan estúpidas. Creía que hablaba en plural cuando nos maldecía a cada uno por darles demasiadas chances. Porque todo parecía ir de acuerdo al plan del Deus. Por que las supersticiones y los augurios estaban de nuestro lado. Nuestro único logro fue matar a su Caballero y no significó ventaja alguna. Se habían logrado escabullir de cada uno de todos los escenarios hasta llegar nada más y nada menos que la cuna del Deus.
El Deus era perfecto, y por nuestra negligencia ahora quizás nunca iba a volver a volver a inflar su pecho de aire.
Corrí a toda velocidad en la dirección que creía que era la que seguía el río. No muy detrás de mí estaba Krieg y, unos cuántos metros más atrás, estaba Isaac. Su mirada seguía igual de inhumana e fría. No era posible descifrar si estaba intentando no desangrarse o si sólo era un martes. Cortó partes de sus prendas para armar algo parecido a un torniquete mucho más rápido de lo que pudiese describir en palabras. Tanto yo como el cuervo habíamos volteado para mirarlo, pero Isaac nos dio la espalda. El grupo de Ítalo no parecía avanzar a nuestro paso ni estar atacando ahora mismo. Le grité al pistolero que se diera vuelta y corriera, pero no me escuchó. Isaac empezó a recargar sus dos pistolas. El sonido de las balas chochando con las paredes al tambor parecieron tomar todo el protagonismo de lo que captaban mis oídos. Los tambores se llenaron con rapidez solo lograda por años de práctica y luego giraron para meterse en su lugar. Fue ahí cuando entendí que es lo que estaba por hacer.

Isaac ,¿qué carajo estas haciendo?
No puedo correr más. Si me sigo moviendo me voy a desangrar.
Pero tenemos que irnos de acá.  ¡Más adelante está el Deus!
No hay más adelante para mí. Hasta acá pienso llegar.

Su voz, totalmente carente de sentimientos, fue tan metálica y sólida que no intenté cambiar nada. Él levanto sus dos brazos empapados en sangre y se dispuso a esperar a lo que sea que viniera desde el Este. A él no le importaba. Él ya había dado parte de su alma en la misión y ahora terminaba de pagar la parte que faltaba. Krieg no esperó nada y siguió hacia adelante. Isaac Robler, mi más viejo amigo,  dándome la espalda esperaba su destino, y no fui capaz de esperar a ver si volteaba para dedicarme un último gesto de su humanidad (muy probablemente el último de su vida). No fui capaz, sabiendo que de hacerlo, hubiera empezado a estallar en lágrimas.

Los latidos del Deus parecían acelerarse todavía más, acelerando todavía más el ritmo de la situación. No faltaba demasiado para que sintiera que el corazón se iba a salir por la boca por la tensión. Alcance al Huggin a unos cuántos metros más adelante. A pesar de su gran plumaje, pude ver como la sangre negra salía por un hueco en el pecho. Me sorprendía no haber registrado la existencia de ese disparo durante la pelea.

Apenas puedo respirar—me dijo entre jadeos. Su voz también fue ambigua, el miedo a morir estaba demasiado bien oculto. Mascullé un insulto, aunque seguía pensando en Isaac.

Creía estar cada vez más cerca, pero al cabo de unos diez minutos di por sentado que la dirección no era la correcta. No había escuchado más disparos, lo cuál no sabía si era bueno o malo, pero ellos no estaban sobre nuestros talones. Quise creer que había escuchado la armadura de Karus moverse cerca de nuestra posición, pero fue mi imaginación.

¿Hasta dónde tenemos que llegar? —preguntó el cuervo tapándose la cara con un alan
Hay que encontrar donde va el río —dije levantando la cabeza, señalando hacia adelante.
¿Y qué hay ahí?¿El Deus ya despertó? Por qué carajo no nos está ayudando? —dijo sonando como un nene ansioso.
Creo que él no despertó. De lo contrario, lo sabríamos.
Entonces, ¿qué estamos esperando qué aparezca?
Que este caparazón de plantas tenga un fin.

El huggin bufó y creí poder verlo lamentarse no haber matado a todos esos cuando pudo. Seguí caminando, pero el paró la marcha giró la cabeza y escuchó con atención. Luego empezó a revolver entre sus prendas y sacó unas hojas curativas.

Eso no va a funcionar acá —le dije—. Hay que seguir caminando.
No están detrás nuestro, necesito parar un minuto —pareció implorar por un descanso. Se desplomó sobre un de los miles de árboles que llenaban el luego—.

Decidí respirar hondo un segundo para despabilar mi cabeza junto al cuervo. Tanteé en mis bolsillos y encontré un cigarro por esas coincidencias de la vida. Intenté encender una llama con las manos y me sentí muy estúpido al recordar que no era posible. El huggin lo notó y se rió. Volvió a repetir el proceso que había hecho con las hojas y sacó unos fósforos.

Estos todavía funcionan acá, ¿eh? —dijo estirando su ala.
Con un poco de suerte sí. Son de menta... ¿fumas?
Solo espero que el humo no salga por los agujeros de mi pecho.

Quise mantener vivo ese cigarrillo por el mayor tiempo posible y disfruté de cada instante del humo quemando mi garganta. Le pasé el cigarro al cuervo que lo miró extrañado luego de sentir el olor.

Me hubiera gustado conocer estos antes, humano.—dijo saboreando por primera vez mis cigarros.
Esto no es el final, huggin —el cuervo rió, y solo siguió fumando—.
No tenemos idea a dónde tenemos que ir. Pareciera que acá adentro los puntos cardinales se deshicieron.
No, no es eso. Los latidos son tan intensos que no podemos saber cuál es la dirección.—respondí e inmediatamente entendí que era una especie de metáfora.
Quiero saber algo —dijo cambiando el tema —,¿en ningún puto libro estaba pronosticado esto?
¿Qué el Deus iba a nacer y se iba a envolver en esta mierda que chupa la energía mágica? —suspiré— No, en ningún lado.
¿Sabes? Mi pecho me está ardiendo como un infierno y no puedo parar de pensar en que tuve a esos cinco enfrente mío. Matarlos no hubiera sido más difícil que abrir las alas —dijo y acompaño la frase con el gesto correspondiente—.
Quizá. Cometimos errores, las escrituras nos ponían como los favoritos en esta guerra. Se suponía que era necesario que ellos estén vivos para que el Deus despertara.
De repente me importan un carajo las escrituras.
Immo, pero es demasiado tarde para arrepentirse. Qué tu consciencia permanezca en paz, Krieg. Realmente, creo que de alguna manera si los matabas él no iba a despertar.
¿Qué carajo hubiera cambiado?
Hay otros hilos que no vemos para que trabajan para que esto pasara. Hilos que los manejan fuerzas comparables al Deus. Imagino que son a los que ellos llaman sus dioses. Tal vez, si los hubieras matado, solo se delegarían los puestos a otros cinco muchos años después y sólo entonces el Deus volvería.
Pero si él despierta hoy, el resto todo será oscuridad.
Immo, después de él, no hay retorno. Y todavía seguimos vivos para escoltar su vuelta a sus tierras.

El cuervo se reincorporó luego de acabar el cigarro de menta. La sangre negra parecía empezar a coagularse parando por fin de sangrar. Parecía más entero y decidido. Reanudamos la marcha, ahora apuntamos hacia nuestra derecha. El huggin estaba convencido que los latidos venían en esa dirección. A esa altura los latidos eran explosiones en el piso, yo era incapaz de percibir diferencias sutiles.

Con esas hojas de Valma puedo curarte algo las heridas cuándo salgamos de acá —le dije.
Se supone que son mejores que las hojas corrientes. Solo tengo tres, el resto las tenía Heir. Imagino que debería ser suficiente.
Parecen solo hojas de Valma, pero no tiene relevancia, puedo curarte de todas maneras.

La respiración del huggin era complicada y parecía seguir sufriendo cada vez que inhalaba aire. Con el pasar de los minutos mi cabeza empezaba a tambalear por el cansancio. Y no sólo la cabeza, trastabillaba con ramas que mis ojos empezaban a no ver. Mi vista empezó a distorsionarse hasta el centro. Apenas veía detalladamente unos pocos metros delante de mí, el rostro estaba borroso y se tornaba negro. Noté que apenas pardeaba, y cuándo lo hacía dejaba los ojos cerrados por varios segundos. Muy despacio, pero aumentando en cada paso, me convencía a mi mismo que podía tirarme a dormir un rato. Necesitaba quizás quince minutos, no más que eso. Suspiré y paré la marcha. Krieg Waltz mantenía buen ritmo a pesar de todo. Él también estaba abstraído en sus pensamientos y no se dio cuenta que había parado.
Siempre me había llamado la atención como la mente se engancha a si misma con el fin de descansar cuando la fatiga es extrema. En ese punto ya me parecía totalmente lógico que ellos no nos iban a encontrar y de hecho podíamos dormirnos una siesta de dos horas. Karus se encargaría de ayudar al Deus y listo, problema resuelto.
Sacudía la cabeza para sacarme esas ideas, pero eran como garrapatas aferradas a las paredes dentro de mi mente. Lo único que agradecía del cansancio era que me mantenía alejado tanto de mis alumnos como de Isaac y Heir. Le grité a Krieg que parará y este no escuchó nada. Volví a suspirar, y sentí el pico del cansancio.  Sentí la extensión del bosque en mi cuerpo y al intentar calcular la extensión, mis pensamiento se disipaban, se perdían. La monotonía del verde de la hojas y el marrón de los troncos me estaban haciendo perder la sensatez. Y, sobretodas las cosas, la ausencia de magia me hacía sentirme tan indefenso cómo un recién nacido.
En esa pelota gris de sensaciones, me encontré pensando de nuevo en Althea. Recordaba tan detalladamente cada beso, cada tacto de esos labios casi cálidos. Así es como me gustaba decirle a la manera en que lo percibía. Su piel era fría, y los labios solían estar mojados. Rara vez estaban secos.
Algo tenía que cambiar. La inercia no iba a ganar la guerra. Desperté y entendí mi rol.
También empecé a entender a Althea como un ángel de la guarda.
Quizás encontré una guía en los mismos latidos, rápidos y fuertes, para sacar energía de algún lado. Me refregué los ojos con fuerza y mi vista se aclaró. Troté hasta la posición del Huggin y lo tomé por el hombro. Este tardó en reaccionar, y hasta que se dio la vuelta, sentí una sensación extraña.

Me estoy desangrando. No es que me falte ímpetu, Hanzel.
No te estoy acusando de nada. Sólo te llamé por que había parado la marcha un segundo, y no me escuchaste. —le dije al cuervo, que solo movió la cabeza en una suerte de aceptación.
¿Cuánto falta?
Creí que estábamos siguiendo tu oído.
No estoy seguro ni de mi nombre ahora.
No estamos lejos —dije en un tono que me llevó a mi infancia. La sensación era como la de un padre tratando de calmar a su propio hijo—. No estamos lejos.

Esa sensación de repente se volvió tan clara y tan obvia que me volví a sentir estúpido por no verla antes. La lluvia empapaba las tierras adelante, en un diluvio sin precedentes en el Oeste. Enfrente nuestro, podía empezar a sentir que el aire se volvía a llenar de energía. El olor a encierro y muerte —muerte como un ciclo, como naturaleza de todos los seres vivos. No como un cajón y una ceremonia—, se disipaban para dar lugar al aire de los valles de Verin. La luz del alba, opacada por la misma lluvia, volvía a ser. La vegetación se cortaba para dar paso a un claro en medio del bosque. Agudicé el oído, y sentí el río fluir.
Me giré para ver el rostro de Krieg.

La victoria espera—dije, señalando hacía adelante.

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58 Re: R.O.L. Beta el Miér Ago 24, 2016 6:29 pm

Ítalo.

Aldara movió las manos y el agua que viajó hasta sus pies se congeló de inmediato. Se suponía que tenía que ser suficiente tiempo para Li les disparase a todos los posibles y Malo hiriera gravemente a alguno. Era un plan con fallas y de hecho, falló. Salieron del hielo mucho más fácil de lo que esperábamos y los disparos del pistolero fueron erróneos. Su pistolero abrió fuego contra Malo, hiriéndolo en el pecho. Li sacudió la cabeza y abrió fuego de nuevo, dispuesto a no errar ningún tiro en pos de defender a su más viejo amigo. Solo el pistolero del Oeste quedo sin refugio y se dedicaron a vaciar sus cargadores a la nada. La cantidad ridícula de árboles que había hacían un escenario poco favorable para las armas de fuego. Estaba a la misma altura que Li, unos cuántos metros más a la derecha. Cruzamos miradas y entendí que esperase su marca para salir y disparar. Se metió a resguardo y cerró los ojos, como si estuviera contando. Quizás alguna especie de truco matemático de pistoleros sobre intervalos de disparos. O Quizá siempre cerraba lo sojos y nunca me había dado cuenta. Él fue más que claro moviendo la cabeza hacia adelante y disparé con mi arco a lo primero que vi al salir detrás de las plantas. Tan rápido como salí entré de nuevo, y apenas vi a qué le había dado. Creía que al pistolero, pero la flecha había salido a media altura, siendo imposible un tiro letal si no daba en el corazón. En un segundo de silencio, cuando los tambores de los revólveres se vaciaron, los cuervos salieron a toda carrera hacia adelante buscando a Li. Malo salió desde la nada llevándose a uno de ellos, el grandote de Laertes. El otro cuervo se hizo hacía atrás y me dio el tiempo suficiente para salir desde detrás de la posición de Li y sacar mi arco. El cuervo reaccionó y se tapó rostro de las flechas. Dando un paso adelante luego de disparar las flechas, golpeé su pecho con mi mano derecha llena del poder de la piedra. Un gran brillo salió de mi puño y prácticamente pude sentir como la energía recorría el cuerpo del cuervo, llegando a cada centímetro de piel y plumas.
Estaba pensando en que su Nereida no estaba ahí ni tampoco el mago de la armadura. Perdí la consciencia sobre el resto cuándo vi a Hanzel a mi derecha. En una sensación doble, el bajón de energía por usarla y todo mi pasado, golpearon mi cabeza. No dudé en ir hacia adelante, pero sentí que me había olvidado como pelear. Y más importante, de cómo matar. Sin perder un segundo ya estaba cargando la energía moviéndome hacia él. Estaba muy seguro que iba a poder poner una trompada en su cara por primera vez en mi vida. Lo estaba deseando más que todo en ese momento. El primer golpe fue cargado por una pelota de emociones. Pero no golpeó nada. Había sido demasiado lento. Lancé varios golpes sin dar ninguno en el objetivo. En un movimiento que pensé que fue rápido saqué la daga de Marco, sin embargo Hanzel tomó ventaja pateándome al suelo una vez más. La historia se repetía y lo veía parado mientras yo estaba desparramado en el piso. Gritó algo en lo que ahora era su idioma. Cuándo intenté abalanzarme sobre él, una bala rozó mis ojos. Fui capaz de sentir el viento acariciando mi nariz. En un solo movimiento suspiré y salté hacia atrás metiéndome detrás de un tronco de inmediato. Había perdido de vista a Aldara y no sabía dónde carajo se había metido Cregh. El diálogo de pistolas se había callado. Al levantar la cabeza de mi escondite, Hanzel ya no estaba. Ni tampoco el cuervo de Laertes. Era imposible, que hubiesen usado el anillo, se tenían que haber escabullido entre la vegetación. Creía poder ver sus siluetas adentrándose en el bosque y diluirse entre el verde infinito. Estaba por ponerme a correr en su dirección pero el grito de Li me detuvo. Vi a Cregh sacando la espalda del cuervo luego de apuñalarlo. Me pareció increíble la poca sangre que caía de la espada y también encontré una expresión rara en el rostro del mago. Revolvió las prendas del huggin, descubriendo unas hojas que creía que eran curativas. Cruzamos miradas cuándo se paró.
Aldara se acercó corriendo por detrás. El escudo de agua que la recorría se había teñido de rojo y terminó por dejarlo caer al piso. Le pregunté si estaba bien, y asintió sin darme mayor importancia. Los ojos de todos estaban clavados en Malo. El quitnar sangraba, y mucho.
Li lo miraba en cuchillas y con una expresión que jamás había visto en su rostro. Malo se tumbó en el piso, y volvió a su forma de gato. Todos de inmediato nos abalanzamos sobre él, salvo el pistolero que se quedó en la misma posición. Malo maulló.

Dice que así sangrará menos—nos comunicó el pistolero, con apenas un hilo de voz.
¿Va a sobrevivir?—preguntó Aldara, con ese tono de voz inocente. El gato guardó silencio, y Li miró hacia un costado.
—Encontré estas hojas que tenía el cuervo. Puedo curar a Malo...tan rápido cómo vuelva la magia.—dijo Cregh. Me acerqué hasta el quitnar y lo levanté del suelo, llevándolo a mi pecho.
Hay que avanzar.—dije, sin lugar a discusiones. Asintieron en silencio.
Al menos tuvimos venganza por Dalia.
—No, no es él —dijo Cregh tan rápido como terminé la frase—. Pensé que tendría un anillo y algo me dice que él no es quién mato a Dalia. Por eso es que no...
¿Por eso qué, Cregh?—dijo Li, severo.
—Nada, me quedé pensando en el anillo —dijo y desvió la mirada hasta el cuervo.

Retomé en camino con Malo en brazos y el resto no tardó en acoplarse. Aldara que parecía de disfrutar ir en contra de la corriente se tomó su tiempo antes de ponerse a nuestra par. A la pasada, pateó la cabeza del cuervo de la misma manera que alguien patearía una piedra para empujarla a un lago. Intenté mirarla sin enseñarle que estaba apurado por seguir avanzando, pero sola aceleró el paso hasta nosotros. Creía haber visto que el cuervo abrió los ojos cuándo la nereida lo pateó, pero nada pasó cuándo le dimos la espalda. Lo había golpeado con mucha energía de la piedra, era imposible que se pudiera mover.
Había un pequeño rastro de gotas de sangre en el piso. No era tan fácil seguirlo, pero la sangre roja resaltaba lo suficiente entre la hierba. A esta altura los latidos se habían vuelto algo insoportable, parecían meterse en la cabeza de uno y latir desde ahí dentro. Opacaban los latidos de uno mismo. Creía que se estaban acelerando y pensé que eso estaba lejos de ser un buen augurio. Mientras, el sol del alba empezaba a dar la bienvenida al nuevo día. No había demasiada luz por la densidad de las nubes, pero cualquier cosa era más que bienvenida en el oscuro bosque.
No caminamos mucho que Malo desde mi pecho volvió a maullar, molesto. Y Li nos tradujo.

Están cerca.

Nos acercamos con cautela, siguiendo el rastro de sangre que llevaba hasta la silueta de un humano. Por la posición, era evidente que fuera mi hermano por que estaba sosteniendo dos pistolas. Al percatarse de nuestra presencia abrió fuego sin ningún tipo de escrúpulo. Los cargadores se vaciaban y se volvían a llenar a velocidad sin igual. Pude ver que su brazo estaba casi deshecho en sangre y no entendía como era humanamente posible que siguiera disparando como si nada. Nos mantuvimos a cubierto mientras el gastaba las balas. Aldara empezó a juntar agua y Li volvió a cerrar los ojos, como si estuviera contando. Empezaba a creer que siempre hacía eso y realmente jamás lo había notado. Pude ver como salió de su cobertura y disparó tres tiros que dieron en el pecho de su pistolero. Li quedó atónito al ver que no había pasado nada en absoluto. El pistolero seguía en la misma posición, mostrándole el pecho a las balas, con los brazos extendidos por completos apuntando hacia adelante, con sus dos pistolas. En esa fracción de segundo del asombro de Li, el pistolero del Oeste falló su tiro por apenas milímetros rozándole el cuello.
Después del desperdicio de plomo por parte del pistolero, pronto los tambores de sus revólveres se llenaron de vacío. El click que producía el gatillo al no tener más balas tomó casi la relevancia de los latidos. Había disparado unas cuarenta veces y ya no tenía mas munición. Incrédulo por la estrategia del pistolero, saqué la cabeza de la cobertura. Al agudizar la vista entendí que era demasiado sangre la que estaba perdiendo. Su piel estaba blanca como un papel, y la expresión de su cara había perdido humanidad. Alcance a Malo a Cregh y me dirigí hasta el enemigo. Caminando, tranquilo. Ni siquiera estaba juntando energía de la piedra ahora.
El pistolero clavó su mirada en mí y con los brazos extendidos en mi dirección, insistió en disparar. Sus dedos gatillaban las armas sin parar, pero el resultado volvía a ser el sonido seco. Click-click-click-click-click.
Estaba empecinado en seguir disparando y en su cara no había nada. Su piel parecía de un fantasma y su mirada, acorde, estaba ausente.

¿Qué es todo esto, pistolero?¿Dónde está el Deus?—dije poniéndome a la distancia justa donde él apoyó los revólveres en mi cabeza y seguía gatillando. Él se mojo los labios y tragó saliva (y un poco de sangre).
No lo sé, no soy de acá. Sé poco del deus y no me importa demasiado.—dijo en la oración más carente de humanidad que hubiese escuchado en mi vida. Su voz parecía venir de otro lado, no desde su garganta.
¿Cómo qué no?—pregunté interesado.
Soy un Robler, Ítalo. Hice esto por mi familia, no considero al Deus un ser distinto que nosotros.
Tu escepticismo me sorprende, pistolero. El Deus está provocando una revolución en la tierra y no lo ves.
Todos sangramos.—dijo mientras seguía gatillando las armas. Pude ver como sus prendas estaban empapadas por la sangre que salía del pecho y aun así no parecía inmutarse ni mostrar una mueca de dolor. Li apareció por detrás de mí y puso el calibre más grande que tenía en la frente del Robler. Li no tenía más tiempo para hablar.

Hay que seguir avanzando—sostuvo Li con voz seca. Parecía estar en otro nivel de concentración a pesar de las heridas de Malo. Se acercó al cadáver del Robler y sacó el anillo de sus dedos. Por mí parte me había olvidado por completo del anillo de tremendo poder. Estiró la mano y me indicó que me lo pusiera.

Ahora Malo estaba en brazos de Aldara que se acercaba junto a Cregh. Moví la cabeza hacia adelante, para que apuremos la marcha.

—¿Todos sangramos, eh?—dijo Cregh, acercándose a nosotros, mirando la espada.—¿Esta cosa lo hará sangrar?
A esta altura, dejé de creer en las coincidencias.
Él... parecía estar mintiendo. Su voz era demasiado extraña.—dijo Aldara titubeando
¿Si?—levanté las cejas —A mí me dio la sensación que estaba hablando con verdad. Quizá el no creía en el Deus como su salvador, justo como nosotros.
¿Nosotros?—preguntó Li asqueado por la posibilidad de tener algo en común con ellos.
Reconocemos su poder, pero no lo reconocemos como rey.

No sé habló más durante un buen rato, siguiendo una línea recta desde donde entramos en el bosque. En un punto los latidos parecían no aumentar de potencia, pero si notamos que la frecuencia era definitivamente cada vez mayor. La espera se hacía eterna para las heridas de Malo. Li cada tanto giraba la cabeza para ver a Cregh, pero imaginó que terminaba recordando que dentro del bosque no había nada que él pudiese hacer.
El quitnar abandonó finalmente su posición de alerta y por fin se desplomó sobre los brazos de Aldara. Empezó a respirar con dificultad y cerró los ojos. Cada tanto tiraba la mirada para atrás para ver si seguía vivo. La nereida lo acariciaba y Malo todavía ronroneaba.
Aceleramos el paso, pero el bosque no tenía fin. Era un árbol detrás del otro, cada metro cuadrado cubierto. Naturalmente, el ambiente se volvió oscuro, silencioso y más pesado. La impotencia era mucha, porque si bien la herida había parado de sangrar externamente, no sabíamos qué estaba pasando dentro del quitnar. Y realmente pensé que los minutos estaban contados para nuestro peludo compañero.
Quizás en el mismo instante que estaba por abrir la boca para hablar, el bosque se abrió de par en par. Un claro enorme se hacía paso. Li no había procesado la información, pero al mago se le estiró la cara formando una sonrisa. Tomó con poco cuidado a Malo de los brazos de Aldara y empezó a correr a toda pastilla hacia adelante.
La escena era casi un círculo perfecto rodeado del bosque, pero un pequeño apéndice que seguía hacia el Oeste-Noroeste. Aldara susurró que el río no estaba lejos antes de que pudiéramos verlo.

El río. Agua. Dalia soñó con esto la última noche, ahí está el Deus.—dijo Li, atando cabos sueltos.
Estamos en buen camino.—concluyó Aldara.

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Ahora se viene el fucking hype, y prefiero hacer una parte sola para esto.

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59 Re: R.O.L. Beta el Lun Ene 09, 2017 6:08 am

¿Nada?—pregunté en voz alta una vez que llegamos al claro. La lluvia era lo suficiente copiosa para tomar su propio protagonismo junto con los latidos.
El río está hacia el norte—dijo Aldara y agradecí seguir otra dirección que no fuera el Oeste. Tuve que agudizar la vista para poder ver al río en la lejanía.

Cregh ya estaba con las manos a la obra en el torso de Malo mientras Li lo miraba en cuchillas muy de cerca. Nunca me habían curado con esas hojas mágicas, pero no recordaba que fueran un trámite largo. No podíamos seguir avanzando sin nuestro amigo peludo y el hechicero, por lo que Aldara y yo nos volvimos en nuestros pasos. Mi corazón había empezado a latir más rápido. Empecé a realmente sentir que la eternidad podía estar a la vuelta de la esquina. Pensar en que nuestra muerte no era solo nuestra, sino de lo que conocíamos en Alles no ayudaba. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero, y empecé a intentar distraerme con cualquier cosa. El sudor frío se confundió con la lluvia, y me perdí en los ojos de Aldara. Ella empezó a jugar con la enorme cantidad de agua que ahora tenía a su disposición. Sin tardar más, formó una pared de agua que protegía a Cregh y a Malo de la lluvia.


¿Cuánta magia hay aquí, Cregh?
—¿Cómo que cuánta magia? —dijo volteándose solo porqué pareció que la pregunta le sonó más que ridícula —No hay una medida. O la energía que conocemos como magia está presente o no.
¿Es ilimitada entonces?
—Sí, algo así. Están las excepciones de los bloqueos, que vendría a ser un punto intermedio. Por ahora pensá que es ilimitada, es lo más práctico.

Hubo un pequeño silencio de calma. Respiré hondo llenando mis pulmones del aire helado de la tormenta.

Al abrir los ojos, volví a girar para darle la cara al río. En ese preciso momento, cuándo divisé una sombra a centenares de metros ya era demasiado tarde. El anillo le transportó en instante a unos pasos a mi derecha. El anillo era tan rápido que tuve la sensación de seguir viendo el cuerpo del hechicero en la lejanía cuando ya estaba al lado mío. Me abalancé sobre él, pero el hechizo fue instantáneo; una membrana rojiza nos envolvió a los cinco. Parecía hecha de un material viscoso, como una carne sedosa. Todavía no había dado el tercer paso hacia el mago y las reacciones de Li me volvieron a sorprender. Un disparo traspasó la barrera, dando en el hombro del mago. No tenía duda que eso había sido el calibre pesado; seguramente dolió mucho, el mago no tuvo ningún freno para los increíbles reflejos. En un golpe de vista vi a Aldara, disponiendo el agua enfrente de ella. Yo empecé a solicitar el poder de la piedra, Cregh todavía estaba con las manos ocupadas.
El hechicero se recuperó en un parpadeo luego de gritar al aire con rabia. Se alejó de un salto hacia atrás y cerró su puño. La membrana se contrajo casi de inmediato envolviéndonos. Necesité solo una fracción de segundo para reaccionar con el anillo, transportándome afuera de aquella membrana de carne. Un brillo blanco a mis espaldas me fue suficiente para entender que Cregh también había sido rápido. Tensé el arco y saqué una flecha. Apunté al medio de los ojos del mago. La flecha silbó y la trayectoria fue perfecta. El hechicero del Oeste levantó su mano hacia adelante y el disparo simplemente falló. Volví a perder el hilo de la pelea al no entender como había logrado safar. Otro destello blanco apareció ahora en la espalda del mago.  Cregh apareció con su mano brillando con una luz amarilla tenue y no perdonó. No había siquiera visto a Cregh activar el arte alternativo, pero el golpe había sido certero en aquel llamado Karus. Un golpe en la espalda y salió despedido un par de metros hacía la izquierda. Pedazos de metal sólido cayeron al suelo; la armadura se había desintegrado prácticamente.
La membrana se había desplomado sobre el resto y los estaba asfixiando. Salté sobre la membrana y con mi daga empecé a cortar el desagradable material. Era resistente, flexible e imposible de romper con las manos, pero el filo del arma parecía estar cortando algo apenas más duro que manteca. Di primero con el pistolero que dio una enorme bocanada de aire al salir al mismo tiempo que levantaba su arma buscando a Karus.

El anillo, Li—le grité mientras me dirigía hacia Aldara. El pistolero no estaba lo suficientemente familiarizado con la transportación todavía.

Varias estacas de hielo salieron desde dentro de la membrana. Se empezaron a mover, y el propio filo del hielo abrió una salida para la nereida. Cada día Aldara me impresionaba más con sus el abanico de habilidades.

Una pelota de fuego iluminó la escena y Cregh se volvió corriendo hasta donde estaba Malo.

—Sigue vivo. Necesito tiempo para curar a Malo —nuestro mago fue conciso y confió ciegamente. Agachó su cabeza y volvió a curar al Quitnar.
¿De dónde carajo salió?—preguntó Aldara llena de ira, sacándose restos del fluido viscoso que recubría a la membrana roja.
El anillo—repetí—, puede estar en cualquier lugar.

En un golpe de vista no divisé ningún rastro del mago. Lo más probable era que el ataque de Cregh no haya sido más de que una distracción para que Karus retrocediera en sus pasos. Estábamos enteros, y contra-atacamos de manera perfecta. El del Oeste se volvía con un tiro en el hombro y el golpe de Cregh. Sonreí al pensar que puto mago debía estar fuera de quicio ahora mismo.

Revisen sus espaldas, y arriba de sus cabezas. Son los puntos favoritos para atacar cuando uno se puede transportar.—dije mientras guardaba el arco y me dedicaba a concentrarme al ciento por ciento en la piedras. Ya había probado que las flechas no iban a servir acá.
No es momento para consejos de alguien que no sabe de nada transportaciones.—dijo Li con una pequeña sonrisa dibujada. Pensé de nuevo en la reacción instantánea de Li y el tiro en el hombro y me hacía bastante feliz.
No seas insolente, Pistolero. Solo créeme.

Formamos un triángulo alrededor de Cregh, que parecía no terminar nunca con el quitnar. Saqué el pergamino violeta y pegué dos de los sellos en mi brazos. La última vez que intenté repeler la magia del mago del Oeste no había opuesto resistencia significativa, por lo que aposté a que dos juntos amplificaran mis chances de hacer algo. Karus no era ningún dios, un tajo en la garganta bastaría para matarlo. Necesitábamos un solo error más, confiaba en fuéramos certeros en el momento que pase.
A pesar de mis advertencias, el hechicero utilizó otra estrategia y entendí cuan conocido tenía aquel anillo.
Apareció enfrente de Aldara y levantó la mano. La nereida juntó el agua a su alrededor lo más rápido que pudo. El agua todavía no había alcanzado a siquiera dirigirse al mago que ya se había movido enfrente de mí. Levanté la daga hasta la altura de mis ojos, esperando su accionar. Volvió a elevar su mano y una ráfaga de viento me impactó en el pecho. Dando un paso atrás apoyé mi peso sobre el pie derecho. Al levantar la vista Karus ya no estaba. Un tentáculo de agua apareció enfrente mío, siguiendo el rastro del enemigo. Pero este ya estaba en otro lado mucho antes de que el ataque de la nereida se moviera. Ahora apareció en la espalda del pistolero y con otra ráfaga de viento lo sacó de la escena para hacerse paso al verdadero objetivo. Había logrado engañar a los 3 en menos de un segundo y ahora una llama de fuego salía de su mano izquierda apuntando a los indefensos Cregh y Malo. El quitnar se escapó de las manos de Cregh, saltando hacia el ataque de Karus mientras tomaba su forma canina. Creería que era el pelaje lo que succionaba la magia, pero de una manera u otra el fuego mágico no lo lastimó. Se lanzó sobre el hombro del mago, casualmente una de las pocas partes donde el metal de la armadura estaba intacto. Intentó hincar sus dientes al mismo tiempo que el del Oeste reaccionaba con otro ataque si afectaba a Malo; su clásica ráfaga de viento. El quitnar salió disparado con mucha más violencia que Li, cayendo unos metros detrás de Aldara. El pistolero se revolcó en el piso y apuntó al enemigo desde esa posición poco favorable. Karus, como si fuera capaz de ver lo que estaba pasando en todos lados al mismo tiempo, movió su mano hacia el costado de donde venía el disparo. Y ahora el disparo falló. Quise aprovechar el momento y me transporté en ese momento exacto. Llevé mi brazo hasta detrás de la cabeza, queriendo enterrar con toda la rabia la daga en la parte descubierta de su armadura. Una vez enfrente de él, volvió a demostrar cuan elevado era su intelecto para las batallas. Tuvo tiempo de encontrarse con mi mirada y dedicarme una pequeña risita antes de desaparecer. El ataque de Aldara, mucho más lento, que todavía lo seguía persiguiendo, terminó impactando en mí.

Dolió más de lo que esperaba, pero me reincorporé en unos pocos segundos. Levanté la cabeza y vi que Karus tenía una pelota blanca en su mano. Era del tamaño de una naranja, y esta empezó a levitar en el claro. Todo empezó a volverse oscuro, y pensé que el golpe de Aldara realmente me había lastimado. Escuché a Cregh mascullar un insulto detrás mío y entendí que no era el único que lo veía. Estaba chupando la luz y nuestra visibilidad.

Igual que en Verin. Peleamos sin ojos.

En menos de diez segundos la escena era completamente negra. Nuestro mago reaccionó con una pelota de fuego de unos considerables ochenta centímetros. Rodeamos la pelota para no perder por completo uno de nuestros sentidos. Ahora nuestras sombras se reflejaban en el suelo rebalsado de agua de lluvia. El orbe de Karus parecía succionar las partículas de luz de todo lo que estuviera cerca. Se podía ver como la luz de la pelota formaba un torbellino que se condensaba en un hilo de luz roja que desembocaba en aquél particular orbe.
Aldara formuló una idea antes de que el mago volviera a atacar.  Me acerqué a Li y me puse delante de la nereida, cubriéndola. A esa altura, la figura de Karus era una con la oscuridad.

Li, por todos los dioses, el anillo. Necesitamos una fracción de segundo para que te transportes detrás de él y llenes de plomo su cráneo. —le dije sin sacarle la mirada de los ojos hasta que asintió. —Y sí es necesario, yo seré la carnada—señalé mi ojo con la marca de la corona—.

La luz se volvió mucha más intensa de repente. Una estructura de hielo había sido construida en una segundo. La perfección de cristalina que lograba el agua congelada, amplificaba la luz de la pelota. Se encontraba a una distancia prudente de la bola de fuego estática, pero imaginaba se derretiría en unos varios minutos. No me preocupé, sabía que todo esto se iba a solucionar en un segundo, para bien o para mal.
Karus se tomó su tiempo para el ataque, no fue impulsivo de atacar a nuestra primera vulnerabilidad por la poca visibilidad. Más allá de su habilidad, no la debía estar pasando bien. Había sido herido de gravedad en el hombro. No había sido un tiro mortal, pero consideraba que quizás a la larga se desangrara. Eran suposiciones solo, porqué Karus, sin duda, era un ser vivo increíble.
Una ráfaga de viento buscó empujarnos a los cinco fuera de nuestro faro de luz. Desde el suelo pude sentir como uno de los tentáculos de Aldara se aferraba a mis pies y los sostenía en el piso. También la estructura de hielo que sostenía la bola de fuego seguía sin cambios; el ataque había sido inútil.
Hubo un momento de silencio justo después de que la ráfaga cesara. En plena oscuridad no veíamos qué había ni a cinco metros delante nuestro. No tenía idea de como se suponía que atacáramos a Karus en esa situación.

Está ahí, quieto. A unos cuántos metros.—dijo Aldara, señalando con el brazo hacia su derecha.
—¿Cómo sabes?
Siento las gotas de la lluvia rebotando en sus hombros. Está estático, no sé que está haciendo.

Escuché a Malo gruñir detrás mío.

Se está acercando ahora.

No había ningún indicio que nos dijera que estaba haciendo Karus. La tensión fue máxima.
Una luz nueva nos rodeó y está se empezó a contraer. Era un puto anillo de fuego de más de 15 metros.

—ALDARA!—alcanzó a gritar Cregh pero la nereida ya estaba en ello.

Ahora un domo de agua se formó en un pestañeo y se dispuso a hacerle frente a las temperaturas extremas del hechizo de Karus.

—No se transporten a otro lado ni salgan de acá. Es lo que él quiere —volvió a gritar el mago.

Al parecer no había sido consecuencia que nos haya intentado atacar con las ráfagas para alejarnos de la luz. El anillo de fuego se contrajo hasta tocar las paredes de agua de Aldara que no estuvieron a la altura. Sin perder un segundo, volvió a levantar otro refugio ahora de hielo y de un grosor más importante. Nos manteníamos en un pentágono alrededor de la luz, Li y Aldara del lado izquierdo, Cregh y yo del derecho. Malo esperaba en su forma canina en la retaguardia.
El hielo pareció aguantar bien el ataque del mago. De todas maneras el anillo no parecía ceder ni un centímetro. Se mantenía empujando hacia adentro, derritiendo el hielo. El mismo fuego nos rodeada e iluminaba en una escena casi bella. Al pasar unos cuantos segundos, el anillo de fuego desapareció bruscamente, volviendo a la oscuridad parcial. En un segundo de silencio donde no se escucharon ni los latidos, todas nuestras miradas se encontraron. Cregh pareció abrir la boca, aunque en ese preciso instante la tierra se abrió por la mitad tragándose nuestro faro y separando al grupo en dos partes. El suelo seguía temblando haciéndonos saber que las cosas no hacían más que empeorar. Creía que ninguno había movido un solo músculo. Parecía que el hechizo de Karus había partido la tierra en dos y nos separó unos buenos metros. Instintivamente empecé a soltar energía por la mano para que unos pequeños rayos me alumbraran. Escuché que alguien me pedía silencio.

—Bajá eso. Creo que no sabe exactamente dónde estamos —dijo Cregh apenas un susurro.
Pero ni Aldara ni Li se pueden alumbrar! Están indefensos!—le dije gritando lo más bajo que pude.
—Estoy seguro que Aldara se protegió a sí misma y a los otros dos.

La tierra siguió moviéndose, pero para esta altura ya habíamos perdido la referencia de dónde estábamos parados. Me quedé agazapado mirando en la dirección que se suponía que estaba Cregh. La tormenta empeoró todavía más al punto de que las gotas caían tan rápido que dolían cuando te golpeaban.

—Si todavía no nos mató, creo que hay una chance. Vamos a ser el señuelo con luces, vos vas a correr en la dirección opuesta a la mía conjurando esos rayos. Si Karus te ataca, grita con todas  tus fuerzas. ¿Listo?
¿En qué dirección?
—¡YA!—gritó Cregh a todo pulmón.

Una llamarada de proporciones épicas se desplegó enfrente mío y el mago corrió. Empujé la energía hacía mi mano izquierda de una forma que jamás había hecho. Mi mano parecía un pequeño faro. Sonreí y empecé a correr en la dirección opuesta a Cregh.
El panorama era plena oscuridad; la luz me permitía ver apenas unos metros delante de mí. No entendía en qué se basaba el plan, pero corrí como si no hubiera mañana. En una sola dirección, incansable. Inmerso en una oscuridad infinita, una pared de agua golpeó apenas abajo de las rodillas. Trastabillé y preparé el grito que se me había encomandado. Reculé entendiendo en un segundo que ese no era Karus, era Aldara. Era una cantidad absurda de agua que se movía para el lado del orbe de luz. Segundos después, escuché un grito en la lejanía.

—¡LI, DISPARA A LA LUZ!

Escuché el disparo; seco y certero. El orbe de luz se mantuvo intacto por unos momentos eternos. No entendía por que dispararle a un punto de luz serviría. Pero en mi pestañeo siguiente, la oscuridad parecía no haber existido en un principio. Un sutil ardor en los ojos me hizo refregarlos.
El claro del bosque era ahora una piscina con unos 30 centímetros de agua hasta la grieta en el suelo que abrió el mago del Oeste dónde el agua caía igual que en una enorme cascada. El mago de la armadura estaba quieto muy en la lejanía mirando a Aldara, que se encontraba con Li y Malo. Algo —además de la sangre de un rojo brillante corriendo de su hombro— me decía que realmente estaba de mal humor. Estaba incómodo. Nos estaba respetando por primera vez.
Reconoció; en una epifanía vio que el este revivía de las cenizas.
Me transporté del otro lado de la grieta, dónde estaba el resto.
No había ninguna pista facial; la armadura tapaba su rostro. Tampoco escuchábamos su voz.
Miré al resto del grupo, cara por cara. Pasando por Malo, luego la nereida, el pistolero y Cregh que apareció a mi lado con un destello blanco. Ya no había miedo. Y si alguien no tenía miedo ese día, era nuestro mago.

¿Lo sabías?—le pregunté a Cregh moviendo la cabeza hacia adelante.
—No, no tenía la menor idea. Pero creí que era la única chance.
¿Y las luces? ¿Pensaste que seguiría al primero que se alumbre?
—Algo así. Pensé que si Li revelaba su posición con el disparo y no funcionaba iba a convertirse en un blanco demasiado fácil a pesar de lo que pudiera estar haciendo Aldara. Pero Karus está... raro. Está siendo demasiado cauto.
Si sigue tan quieto, voy a ponerle otro plomo.
No sé cuan bueno es que aquél este pensando tanto.

La tormenta se apaciguó por primera vez, dejando una lluvia elegante. Los latidos había a ganar más fuerza y frecuencia saturando el ambiente. Ya era como si los tambores estuvieran a un par de metros solamente. Además al lado nuestro, el ruido del agua cayendo como una catarata en la grieta, llenándola muy despacio.
Nadie más habló. Los dos bandos se mantuvieron expectantes.
Miré a Li muy fijo, marcando muy lentamente la marca de mi ojo. Sus ojos fríos se clavaron en los míos y asintió firme. Sobraban las palabras. Era hora de matar a Karus.

El mago del oeste permaneció estático por largos segundos que se hicieron eternos. Ninguno movió un músculo en el proceso. En un movimiento rápido levantó sus manos y la tierra volvió a moverse.
En ese preciso momento junté la energía en la mano izquierda y me transporté justo delante de él, justo delante de donde otra grieta enorme nacía. Intenté alcanzar hacer contacto con su pecho para liberar todo el poder de la piedra y darle vida a su macabra existencia. Con la misma velocidad que me moví hacia él —velocidad que consideraba imbatible— y con una reacción más veloz de lo que tarda un abrir y cerrar de ojos el rayo que se desprendía rabioso de mi brazo, le dio nada más que al aire. Tan inmóvil e incapaz como parecía, volvía a escapar. Antes de que mi cuerpo terminé el recorrido del ataque vi que Karus se había transportado metros atrás, dónde el pistolero en ese preciso instante se transportó unos 10 pasos inclusive más atrás. Karus empezó a levantar su mano, como preparando otro ataque, al mismo momento que el pistolero llevaba su calibre pesado hasta la altura de sus ojos. Para el momento que mi brazo terminó el recorrido de la embestida, y el rayo que lancé se terminaba de esfumar en el aire, la luz salió desde el cañón de metal buscando la cabeza del mago.

Mis ojos se quedaron pegados en el casco de la armadura de Karus, esperando un festín de sangre explotando en su lugar. Sin dejar rastro de algo parecido a un cráneo de un ser vivo. Irreconocible.

Sentí la bala rozar mi ojo izquierdo y vi al Pistolero con los ojos como platos, estupefacto.

Karus tardó una fracción de segundo en que una llamarada dé de lleno en Li que no tuvo reacción alguna más que recibir el ataque. El mago intentó seguir con su hechizo de la tierra, pero al levantar la cabeza se encontró conmigo. Sin la energía de la piedra insistí atacar, transportándome detrás suyo. Esta vez no buscaba clavar la daga en su cuello en el primer intento, era poder rosar su cuerpo para que no pudiera escapar transportándose.  El intento fue en vano, con mi mano estirada en el aire y Karus ya en otra parte. Las habilidades del oscuro parecían superlativas a la hora de entender las intenciones del enemigo. Decidí no insistir en el ataque y agazapado en el piso, traté de entender cómo fue posible que ese tiro haya fallado.

Al mismo tiempo que Cregh miraba incrédulo y una ola enorme buscaba al mago del Oeste, Karus, que levitaba en el aire, pareció hartarse.  Una onda expansiva del mismo blanco de los hechizos de Cregh cubrió todo el lugar. Llevé las manos al rostro y cerré los ojos. Pero nada realmente sucedió.
Vi a Li en el suelo, todavía abatido y con pequeñas llamas chamuscando sus prendas.  Deseé estar a su lado, sin embargo mi cuerpo se mantuvo estático en su lugar.
Karus volvía a separar la tierra y a mirar a los ojos a Aldara.

La tierra empezó a temblar y a crujir de manera ensordecedora. Colosales pedazos de tierra se desprendían del cuello y levitaban a la misma altura que el mago. El agua de Aldara caía en las grietas enormes que ahora habían en el suelo. Era difícil mantenerse parado por las vibraciones infernales que generaban al desprenderse del suelo. La porción donde yo estaba parado empezó a levitar hasta dónde estaba el mago, que había formado una especie de cinturón de rocas enormes. Abajó en la tierra ningún lugar parecía seguro. Se abría, se abría, flotaba y también se caía.  Como si nunca hubiera pertenecido. Perdí de vista al Pistolero y el anillo ya no funcionaba.
El suelo estaba dividida en pequeñas parcelas que se movían lentamente en cualquier dirección. Ahora los huecos entre cada parcela llevaba a una caída que parecía no tener fin. Volví a girar la cabeza buscando al pistolero, pero la tierra danzaba de manera tan caótica que era imposible encontrarlo. Salté a pesar de la gran altura, y logré dar con suelo que no era un escudo del mago.
Las piedras que estaban a la misma altura de la que había saltado empezaron a girar más rápidamente y a reclutar pedazos más pequeños, formando una especie de domo flotante. Al mismo tiempo que los brazos de agua que movía Aldara empezaban a asotar el cinturón de Karus. Las piedras giraban e impedían que el agua se filtre dentro, pero a pesar de la poca velocidad con la que llegaba, la cantidad era titánica, inclusive para Karus.

Corriendo a toda velocidad, saltando y esquivando las parcelas voladoras, apareció Malo adentrándose en la boca del lobo sin ningún tipo de temor. No pidió ayuda, y no creí que la necesitara. Apunté a dónde estaba Cregh y Aldara. Al mirar para atrás, vi como el mago y sus piedras tomaban más y más altura inclusive.

El claro estaba compuesto por una especie de océano que caía en la primer grieta enorme que había abierto Karus, de la cuál la tierra empezó a desprenderse ensanchándola más y más. Justo a unos pocos metros dónde la grieta termina estaban hechos, en una pequeña plataforma de hielo. Aceleré el paso, cuidándome de que la próxima pisada no fuese la última. No pasó mucho, Karus parecía más que ocupado.
Llegué hasta la pequeña cascada, que ahora tenía una corriente infernal. Casi resbalo al saltar de una parcela que levitaba a unos 2 metros de la tierra segura —pero repleta de agua—.
Trepé el pedestal de hielo para encontrar con un Cregh en cuchillas y a una Aldara concentrada de manera total.


¿Qué pasa? Mi anillo no funciona.
—Es ridículo que este tipo pueda hacer lo que hizo. —dijo llevándose un dedo a la boca y mordiéndolo impacientemente.
¿Qué?¿Qué hizo?
—Bloqueo las transportaciones —dijo parándose y creando el brillo blanco carácteristico, pero logrando un efecto nulo —. ¡BLOQUEÓ LAS TRANSPORTACIONES! —dijo en un grito histérico que mezclaba desesperanza con risa.
Pero todavía hay magia. —señalé las piedras que volaban y giraban a cada vez más velocidad.
—Exactamente eso es lo ridículo. Bloqueó las transportaciones y el resto lo dejó como está —dijo tomándose la cabeza—. Podría estar muerto ahora mismo, pero sigue vivito y coleando, ¿cómo es posible que Li no lo haya matado?¿Desvío el tiro?
Destino.
—¿Suerte?—me miró incrédulo de que los dioses también pudiera ayudar al Oeste.
No era el momento, ni la manera, parece. Si algo estoy seguro, es que Karus no desvío ese tiro.

Un pequeño silencio me hizo recordar los latidos. Por más que sonaran como tambores, el ritmo perpetuo y perfecto hacían olvidar su presencia. Además del corazón, el ruido de la cascada y el particular ruido de las piedras girando a toda velocidad.

¿Sabes...? Tengo la sensación que va a morir. Va a morir por las malas, de la manera más difícil. Se va a desangrar.—dije como un comentario al aire, pero al voltear a Cregh, vi como su cara se había transformado totalmente. Se dibujó una pequeña sonrisa mucho más parecida al mago de siempre.
—Tenía exactamente la misma sensación.
Hay que seguir así, con sangre fría, hasta el final.
—Estaba asustado —dijo mirando como Aldara mantenía a raya a Karus—, cuando entramos acá. Cuándo no había magia. Ahí adentro... no pude rematar al cuervo —me miró con una mirada congelada que jamás había visto en Cregh—. Junté todo el odio que pude, pero clavé la espada justo a un costado.

Pensé en regañar a Cregh por su falta de compromiso, pero vi el poder de Aldara y entendí que era irrelevante.

—Cada vez que algo dependía de mí, todo se hundía. Y con todo, quiero decir absolutamente todo. Cargo con los cumplidos de tantas personas por mis poderes mágicos, y realmente nunca pude llegar a nada. Prendí fuego un pueblo, ahora soy conocido por eso. Wendagon me encargó defender a Dalia, y murió justo en mis narices. Cuando entré al bosque, pensé que todo esto iba a terminar de la manera que solía hacerlo. Pero... cuando tuve a Malo en mis manos, desee con toda mi alma crecer. Ítalo, quiero que no me dejes fallar otra vez. Quiero que ustedes cuatro sean testigos. Quiero matar al deus.

El mago rugió desde su pecho. Quise decirle que lo de Dalia fue culpa de todos, y que en Havenstad el me había salvado la vida. Y que había hecho todo bien durante la pelea que seguíamos peleando en ese mismo momento. Quise. En una sensación parecida a la que no me dejaba hablarle a Marco, mis palabras fueron secas.

Lo harás Cregh, Destino ya escribió lo que pasará hoy.

No demostró aprobación o decepción. Era una especie de monólogo para sí mismo.

¿De dónde salió tanta agua?
El río—respondió con un hilo de voz.
—Ella estuvo juntando agua del río desde el primer momento.
¿Juntando agua?¿Desde tan lejos?
—Si—dijo levantando los hombros—, ella es increíble.

Como una especie de directores de orquesta, Aldara y Karus disponían una batalla épica de la que no eramos más que meros espectadores. Más y más pedazos de tierra se unían a la única defensa del mago que ganaban inclusive más velocidad buscando repeler el ataque de la nereida. No tenía idea de se supone que iba a lograr zafar de eso. Parecía que había cavado su propia tumba deshaciendo las transportaciones, pero reflexioné unos segundos y entendí que realmente se había salvado por demasiado poco. Una milésima de segundo era suficiente para cesar con su vida y me pareció bastante razonable apostar por poder desplegar todo su poder antes que recibir un tiro por la espalda por una transportación traicionera.
El agua que azotaba el escudo de tierra era bestial; los brazos líquidos se arrastraba y trataban de adherirse a la superficie para traspasarlo y llegar al mago del Oeste. No había velocidad de giro ni cantidad de suelo suficiente, el flujo de agua era infinito; Aldara estaba haciendo lo que quería.


De entre el suelo que se partía y flotaba, apareció Malo cargando en su lomo al pistolero. Aferrado a su enorme revólver y con la otra mano al pelaje de la bestia. El quitnar lo dejó caer con poca delicadeza y cayó de cara en el hielo. Quedó tirado por largos segundos pegado al hielo y terminó por ponerse de pie. Su aspecto no era nada bueno; tenía un agujero en sus prendas y parte del brazo tomado por el fuego. También una parte de su barba estaba chamuscada y el lado derecho de su cara de un rojo vivo. Nos miró sin una expresión clara. No había dolor, pero estaba confundido.

Jamás había fallado un tiro así... no sé qué pasó...y el anillo dejó de funcionar.
Li, tu primer tiro tiene a Karus moribundo. De la misma manera que Dalia murió, esto es obra de Destino. Va a dar pelea solo un rato más.

Mirando una segunda vez al pistolero me sorprendí de que no mostrara ni una mueca de dolor por su cuerpo quemado. Por otro lado, era Li, su inhumana resistencia al dolor no era ninguna novedad.

—Deberíamos... esperar. No se me ocurre como ayudar a Aldara; dentro de ese domo Karus es inalcanzable para nosotros cuatro.
Sí, esto está fuera de nuestras manos. Si el momento se da, creo que puedo matar a Karus con un rayo. Claro está, siempre que el bastardo se quede lo suficientemente quieto.
Cregh, el libro del hermano de Ítalo, ¿no hay nada allí?—recordó Li
—Si, si hay algo. Jamás lo probé y no estoy seguro de usarlo. Hay algo en Malo que quiero probar, pero no ahora.
—¿Malo? La magia no lo afecta directamente.
—Esto no es magia, es otra cosa. Si la traducción de Ítalo fue correcta, estoy bastante convencido de que debería funcionar. No tiene sentido meter el dibujo de un quitnar de otra manera.
—Depende de la voluntad de los Humildes. No conocemos cuanto poder podemos exigirles. Ni porqué solo responde a Cregh.

De la ubicación del mago del Oeste, que estaba totalmente ocupada por el agua, una luz de inmenso brillo surgió de la nada. El escudo de tierra giraba a una velocidad totalmente descomunal y ahora lo engullía una pelota de fuego. En cuestión de milésimas de segundo el agua empezó a evaporarse a velocidades anormales. El fuego era de un amarillo tan brillante como el sol, y el diámetro de la pelota debían ser por lo menos, sesenta metros. Escuché a Aldara mascullar un insulto mientras apretaba los dientes. Más agua intentaba alcanzar el núcleo del domo, la nereida impulso un nivel más allá. Un océano de agua flotaba en el aire comprimiendo a Karus. Los mismos brazos empezaron a congelarse, buscando calmar la masa giratoria y ardiente.
Los cristales de hielo aparecieron incluso hasta metros de la base de hielo dónde estábamos parados, de donde salía el principal brazo de agua. Y tal cuál brazo, se aferraba rígido al escudo del mago. El vapor no hacía más que subir, ni la cantidad de masa líquida invocada por Aldara, ni tampoco la velocidad ni la energía del escudo. No hacían más que subir la intensidad.
Cuando apenas era sano mirar a dónde estaba Karus, ya que las llamas resplandecían de tal manera que hacían arder los ojos, el despliegue de poder pareció llegar a un clímax. El brazo de hielo se rasgó y quebró. Todos los pedazos de suelo empezaron a caer a donde habían pertenecido. Piedra por piedra, el gran hoyo en el piso empezó a llenarse de manera caótica. Todo se desmoronó en segundo, hasta la luz que hacía brillar el mago. Las piedras, a rojo vivo, casi fundidas por el mismo calor caían al piso en una especie de lava que se enfriaba de inmediato al tocar el suelo barroso. La escena estaba inmersa en una nube del agua evaporada que la hacía —si era posible— más legendaria.
Aldara cedió al esfuerzo y se desplomó en la base de hielo. Me apuré a atajarla. Respiraba agitada, sin sacarle la vista al punto negro que flotaba lentamente hasta descender unos cuantos metros delante nuestro. Flotaba sin ningún apuro, como si solo hubiera estado merendando. El viento de tormenta arrastró el vapor, disipando la vista. Adelante, Karus.
El pistolero no quiso esperar y disparó tres veces a pesar de la distancia. Las balas como rayos amarillos traspasaron la neblina, pero la respuesta fue la de siempre; la mano levantada, mostrando su palma, como profesando un credo, parecía desviar cualquier cosa. Una vez que tocó el suelo, Aldara desde mi brazos movió el cuello hacía adelante y un brazo de agua que se había desprendido de algún lugar golpeó al mago desde arriba. La ráfaga de agua terminó de romper parte de la armadura y sacó su casco de lugar. Entre la neblina, Karus tenía una extraña leve sonrisa formada. En su pecho, y el hombro herido, una capa de ese material viscoso y sedoso lo recubría ahora. No solo era asqueroso, sino que de alguna manera parecía estar atado a él. Como vivo. Igual de vivo que todo lo que parecía habitar en el oeste.
Otra vez, los dos bandos nos mantuvimos en silencio, expectantes. Karus miró sus manos y suspiró.
Mientras el vapor se terminaba de escapar por el aire, desde la derecha del mago se hizo presente el cazador del Oeste, junto con mi hermano.






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60 Re: R.O.L. Beta el Miér Mar 22, 2017 6:35 am

La última parte de Hanzel no encaja lol, así que la voy a editar(solo el finalcito) y un detallito de la Ítalo. No big deals anyway.



Desarmando la marcha taciturna, me dejé caer en el suelo. Respiré tan profundo como pude y traté de relajarme. El bosque engañaba mis sentidos. Ya no sabíamos dónde estábamos parados.
Había aventajado a Krieg unos cuantos metros y, al verme desplomado en el suelo, se apoyó contra un árbol.

—Estoy deseando que su pistolero hubiera tenido mejor precisión—soltó Krieg.
—Adelante... hay vida.
—¿Dónde es adelante? —rió tristemente el cuervo.
—¿Estás asustado de morir? —pregunté sin evasivas.

Krieg no se inmutó.

—No, estos últimos minutos estuve reflexionando seriamente sobre que no iba a salir vivo de acá. Repasé mi vida, desde el principio hasta hoy, ahora. Este ardor en el pecho me saca el miedo a lo desconocido. Creo que muero con... dignidad. Si pudiera volver a mi vida, lo haría de la misma manera. A excepción de una sola cosa: matar a los de Este en Laertes.
—Ambos sabemos que no podemos volver el tiempo atrás.
—¿Y tú, humano?¿Estás arrepentido de todo esto?
—Para nada.
—¿Inclusive de traicionar tu sangre?
—No considero que la haya traicionado. Nunca lastimé a mi familia ni busqué el mal para ellos. Además, nací con una sangre distinta; especial, mágica. Una vez que contemplé al Oeste, supe que era una señal. No podía ser azar. Algún rol debía cumplir en este mundo.
—Me siento bastante estúpido no pudiendo encontrar una salida de acá.
—El bosque no es eterno. La oscuridad lo será.

Krieg gimió de dolor y se puso de pie.

—¿Sabes que una vez que el Deus renazca, matará a todos los de tu raza, no?
—Si... quizás mi rol sea evitar eso justamente.
—No entiendo. Si esto va a matar a tus pares, ¿por qué estás acá?
—Quizás no viviste lo suficiente entre humanos para entenderlo. Pero la manera en la que vivimos, nos hace incompatibles entre nosotros mismos. Y eso es inaceptable.
—Dudo que el Deus les muestre clemencia a ustedes.
—Él es justo. Él sabrá quién es digno de vivir en el paraíso terrenal y quién no.
—¿Un mundo donde el Oeste y el Este convivan? ¿Realmente piensas que somos compatibles?
—Nos enseñaron a odiarnos. Ahí está la respuesta. Creo que vamos a ser iguales al ojo del Deus.
—Tantas escrituras y sabemos muy poco sobre lo que él realmente hará.
—¿No sería reconfortante si toda esta guerra terminara aquí y ahora? Si todos compartiéramos la hegemonía del Deus y vivir en paz. Estudié las escrituras y creo que daban el pie para esto. Después de todo, todos nacemos, respiramos y morimos. No podemos ser tan distintos.

Krieg empezó a alejarse con una marcha lenta y me puse de pie.

—Todo lo que decís me parece bonito, pero no descarto que sea porqué me esté desangrando por los agujeros que tengo en el pecho.  Bonito pero improbable. ¿No tienes otro de esos cigarros?
—No, ese era el último —me sentía destrozado y cansado. Caminábamos por mera inercia.

Otro silencio se instaló entre nosotros, sin embargo el cuervo volvió a hablar.

—Cuando pensé en que iba a morir, recordé mucha gente que hace mucho no veo. Los Huggin somos muy longevos, pero también muy solitarios. Pero eso no signifique que no amemos —Krieg Waltz parecía haber olvidado que yo era un humano hablando de lo que hablaba.

Se tomó unos segundos respirando mal y tosiendo. Probablemente ya tuviese los pulmones llenándose de sangre. El paisaje insistía en no cambiar. El verde profundo y las plantas eran idénticos hasta el hartazgo. Hacía ya un rato que caminaba con los ojos entrecerrados para evitar las náuseas por la monotonía.

—Hay muchas personas con la que me gustaría hablar aunque sea una última vez. Quisiera ver si tienen hijos. Si viven bien. Confío en que todo este asunto les traiga paz y bienestar. A esta altura no pido absolutamente nada más.

Sonreí. Realmente no éramos incompatibles. Era tan fácil sentir empatía porque... los dos éramos mortales. Quizás Este y Oeste arrancaron con el pie izquierdo. La falta de comunicación, el miedo, las inseguridades. Había miles detonantes, pero se podían salvar las distancias. El Deus podía.

—Me fui de Alles con un sabor agridulce. Conociendo gente maravillosa, y también gente detestable. Algo pasó y todo me pareció tan claro que enloquecí. No solo las cosas no funcionaban como yo creía, sino que su camino era algo mucho más oscuro y retorcido. Nunca me había enfrentado a un ego tan grande. Jamás comprendí como esas personas se olvidan que sin el prójimo nuestras vidas humanas son vacías —le dije.

Manteníamos un ritmo lento que se me hacía triste. No me hacía mal recordar, aunque doliera. Era una llaga que nunca iba a cerrarse.

—Maté por ellos. Pensé que lo que me proponían era lo máximo que la vida me podía dar. En las cruzadas de los magos, tuve que ejecutar a mi oponente para ganar. No había razón, era mero capricho de los poderosos. En ese momento, dudé. Ya había ganado, no podían privarme de lo que era; el mejor mago. Me lanzaron un cuchillo mientras mi adversario se revolvía en el piso. No hubo palabras, pero los gestos eran más que claros; tenía que degollarlo y exhibir su cabeza a toda la tribuna. Como te digo, dudé. Pero me auto-convencí de que era lo mejor. Que era lo que había perseguido toda mi vida, y que eso me garantizaba que era el camino correcto.

Tragué saliva antes de continuar y todavía me daban escalofríos.

—Cuando empecé a cortar su cabeza, apenas podía dar pelea. Estiraba sus brazos y gemía de dolor... hasta que paró. La sangre salía a borbotones y manchaba mis prendas. Corté el hueso y la cabeza cedió. Exhibí la cabeza a quién sabe cuántas miles de personas que festejaban como locas. Era el mejor momento de mi vida, se suponía. Y nunca en mi vida me sentí tan vacío.

Miré a los ojos a Krieg. Su vista estaba perdida en la nada. Quería decirle que ya estábamos cerca y que no iba a morir. Pero tampoco quería mentirle, como a mis alumnos.

—La euforia de las gradas me descomponían. Solté la cabeza, y rodó. Recuerdo haberla visto rodar y como los globos oculares se desorbitaban. Mi garganta estaba seca, tenía mucha sed. Luego vino la premiación y los festejos. La sensación de vacío, se fue paulatinamente a lo largo del día. Aunque tenía una sensación muy extraña en las manos, casi como trémulas. La gente venía y me felicitaba. Niños pequeños decían que era un héroe, qué querían ser como yo de grandes. Intentaba sonreír, pensando que nada había sido real.


La monotonía del verde ya había adormecido todos los sentidos de mi cabeza. El bosque había sido capaz de desorientarnos por completo. Recordar el pasado no fue la mejor idea después de todo.

—Recién al otro día pude verme en un espejo. Había cumplido con el objetivo que había perseguido toda mi vida y nunca había sido tan infeliz. Estaba en Havenstad, solo. Dudaba de que mis sentidos funcionaran bien en ese momento. Llegué a querer pensar que la adrenalina de la batalla había producido esa sensación. Pasé una semana encerrado, leyendo las cartas que me llegaban. Intentaba convencerme de que ese día realmente había sido la mejor cosa que me había pasado. Y no podía. Volvía a ver la cabeza rodar y mis tripas se revolvían. Habían sido años desarrollando un poder que no solo no quería, sino que terminaba matando a otras personas. ¿Todo el continente quería ser como yo? No había manera que eso tuviera sentido. Si llegar a la meta se sentía así, la carrera en sí no tenía lógica. Algo en mí empezó a crecer, que me dijo que no podíamos vivir así.


Toda mi vida detrás de un espejo,
Abrazando cosas que no eran.

Noté como el piso estaba lleno de agua a la altura que estábamos.  De repente una incansable cantidad de agua llegó hasta nosotros. Primero en una ola que apenas pasaba los tobillos, y después en otra ráfaga que rozaba las rodillas, creando una corriente poderosísima.

—¡Krieg!

El cuervo solo se sostenía  sin firmeza de la corteza de un árbol. La densidad de plantas fue al fin una ventaja, y aferrándome a todo lo que veía busqué avanzar en la dirección del cazador. La luz se abrió lugar entre la flora. Había un claro justo adelante nuestro.  La fuerza del agua apenas menguó, pero, con energías que no sabía de dónde saqué, arrastré al cuervo los pocos metros que faltaban. Parecía caminar hacia adelante, pero no respondía a mis llamados.
Ni siquiera había pensado en el origen del agua, solo pensaba en la magia. Pocas veces había  podido sentir el aroma de la magia en el aire. El bosque parecía absorber todo rastro de ella en un perímetro exacto. Tan así que solo un paso delante del último árbol, no tuve ningún problema en empezar a levitar y sacar a Krieg de ahí. Todo adelante era agua.  Detuve el vuelo y antes de caer sobre el suelo, levanté un pedazo de tierra sobre el agua.
Solté con delicadeza al Huggin e inmediatamente busqué las hojas para curarlo. En su rostro había una confusa  mezcla de cosas, pero había un rasgo inconfundible. No quise verlo.
Me arrodillé junto a él para empezar a aplicar la magia en su pecho, en las heridas, con sangres ya completamente seca.  No tardé en notar que no había efecto.  
Su cabeza se había recostado sobre su izquierda, y sus ojos miraron a la inequívoca dirección; el Oeste.
El huggin se había rendido dentro del bosque. Ahora la lluvia lavaba inútilmente sus heridas.

No entendía lo que sentía. Escapaba de mi entendimiento.
Miraba el cuerpo del Huggin y sentía que mi pecho iba a explotar. Qué mi cabeza iba a consumirse a ella misma. Tenía ganas de apretarme los ojos hasta que sangraran. No era sano.
No estaba en mi entendimiento el hecho de que un ser vivo llegara a sentir un nivel tal de descompostura.  
En mi intento de parar las muertes, solo había logrado causar más.  ¿Qué más se necesitaba para arreglar esto?
El malestar fue tal que simplemente mi hechizo se deshizo y el agua nos tragó. Analicé la chance de dejar de respirar, que la corriente me llevara de nuevo al medio del bosque  y  quedarme inmóvil hasta que la eternidad llegara en la forma de oscuridad.
No conocía palabras en ningún idioma capaz de describir algo similar al asco, la decepción y el miedo que sentía.  Solo Althea me logró sacar del agua. Imaginé que ese era el final, literalmente no había nada más. No había más tragos amargos, solo quedaba el Deus delante de mí. La infinitamente desagradable sensación de ver morir al Cazador se opacó al imaginar que las cosas seguían el rumbo que deseaba. Ya el Deus era superfluo a la hora de motivarme, tantas libros confundían a mi cabeza. Mi única certeza era Althea. Me arrepentía de no haberla besado una vez más. Quería compartir  mucho más tiempo con ella. Mucho.
Por reflejo, miré hacia atrás y vi flotar el bulto oscuro que era el cuerpo de Krieg. Me hizo volver a mí mismo.
Tenía que ser el último esfuerzo, sin más tragos amargos. Solo plenitud.

Entendí que el agua del río había sido invocada más que de seguro por su nereida y que estaba siendo abastecida indefinidamente. Toqué el talismán que colgaba de mi cuello y lo guardé detrás de mis prendas, pegado a la piel de mi pecho.
Levitando, recorrí un poco más de la escena y no dudé en cortar con el suministro de agua vía abrir un hueco en la tierra, cortando el río en dos. Sin demasiado esfuerzo, justo donde terminaba el bosque, un grieta de unos cuatros metros de ancho, se tragaban los recursos de la nereida.
En la lejanía, vi la espalda de Karus. En un instante aparecí metros detrás de él, a su derecha.
Los representantes del Este se mantenían expectantes y cautos.  Reinó el silencio, más allá de la lluvia y los latidos.

—Somos la última defensa del Deus, humano.
Es exactamente lo que no quería escuchar.
—¿Lo de la defensa o lo de humano? —dijo con  tono sumamente impropio de él.
—Ambos, espíritu desertor.
—Qué bien que al fin nos llevemos mejor, Hanzel. Pero las malas noticias no terminan acá.
—¿Qué? —dije sin ánimos de saber.
—Uno de los dos debe seguir los latidos. Llegar al lago, y proteger al Deus hasta que despierte.  
Me preocupa que puedan lastimar o matarlo mientras peleamos aquí y ahora.
—Divide y reinarás.
—Voy por el Deus. Si me siguen todos, tú vienes también. El que no me siga y quede acá, mátalo lo más rápido posible y únete a mí después. Corremos con una pequeña ventaja de todos modos. Es posible que ellos no sepan cómo proceder; su brújula está muerta.
—Bien, perfecto.
—Qué la próxima vez que nos veamos, reine la paz y la oscuridad, Hanzel.

Asentí despacio y Karus hizo dos pasos antes de transportarse. No era descabellado lo que pedía, si nos distraíamos peleando, cualquiera podía ir escabullirse y lastimar al Deus. No conocíamos exactamente en qué estado se encontraba nuestro Deus, pero era mejor no apostar. Nuestras vidas eran insignificantes al lado de la de él.
Sin esperar, su Pistolero, hechizo y Quitnar fueron tras Karus. La nereida amagó a esa dirección, pero mi hermano estaba anclado al suelo. Tenía la cara al descubierto y la insignia de la familia parecía ganar cierto brillo con en su cara empapada.

Quiero saber algo—dijo haciendo sonar su voz, fuerte entre el diluvio.—Y quiero hacerte saber algo también.
¿Cuál es tu deseo, hermano?
¿Cómo soportaste dejar atrás todo por... esto? Eras una leyenda viviente. Eras luz en medio de la oscuridad. Y más importante que eso, eras mi hermano. Viví mi vida detrás de tu sombra, detrás de tus poderes, creyendo que nunca iba a ser lo suficiente para valer. No entiendo como terminaste buscando la muerte para tu propia tierra.
Ítalo, de hecho, elegí todo lo contrario. Elegí vida. Siempre pensé que un día iba a encontrarte buscando la manera de revivir al Deus. Pensé que ibas a entender en la mierda que se ahoga Alles.
¿Entender cómo?¿Abandonando la familia? No finjas que alguna vez te importe. No entiendo a dónde quieres llegar.
Siempre me importaste—dije sin saber como sonar realmente sincero.—Extraño a mamá y a papá.
No llegué hasta acá para que con dos oraciones me hagas cambiar de opinión. No te creo ni una sola palabra. Estás luchando con el fin de revivir a un ser que va a exterminar toda la puta humanidad, pero me decís que extrañas a papá y a mamá. ¡Y que te importo! ¡Pusiste un arma en mi cabeza y solo estoy vivo por ser portador del anillo!
No...no. No.—me apreté los ojos con la punta de los dedos.—Esto no trae muerte a Alles. Entiendo que sientas eso, pero no es así.
¿Qué no es así? Desapareciste años.
Es que...esto...—suspiré—perdón.

Se instaló un pequeño silencio, haciendo parecer que la lluvia se relentalizaba hasta parar. Ítalo soltó una risa amarga.

¿Ese es el veredicto?—dijo gruñiendo.

No podía poner en palabras. No era capaz de explicarle lo que quería. En ese punto dudaba de todo. Entre el aguacero vi su rostro con claridad y vi al niño que dejé hace tantos años ya. Recordé como era su voz aguda en ese momento. Jamás había buscado el mal para mi familia. Quería mucho a mi padre. Pero con el paso del tiempo de estar en el Oeste, volver se hacía más complicado. Había conseguido uno de los anillos solo con ese objetivo, volver a ver a la familia.
Sentía que me iban a entender y unirse a lo que yo veía. Era tan claro y sencillo de entender. Pero era tan difícil decir simplemente "Hola." después de dejar pasar tantos años. Me encapuchaba y viajaba a Alles. Me limitaba a verlos desde lejos. Me llenaba de felicidad verlos, pero también me llenaba el alma de cortes no tener el valor de acercarme.
Me había equivocado. Pasé mucho tiempo equivocándome. Tenía miedo.
Sentía que todo lo que tocaba se arruinaba. Desde las cruzadas, a mis alumnos hasta el recién difunto Krieg.
Soy preso de un poder que no pedí.
Jamás quise traer muerte. Pero mi naturaleza me hacía dudar. Ver a Ítalo me hacía dudar. ¿Y si el Deus no mostrara piedad?
Yo soy quería que todos viviéramos mejor.
Comprendí que él era la última ofrenda al Deus. Mi propia sangre, mi hermano menor. Encomendé mi alma, mi cuerpo y mente en el Deus. No estaba seguro de nada, solamente de él.

Trajiste dolor, Hanzel. Y tu camino traerá más muerte. Soy el Cazador del Este, pero me gustaría tanto que hubiera otra manera —dijo al mismo tiempo que luces salían de su mano. —Tu silencio se siente tan raro. Tu mirada se ve tan vacía.

Qué traiga la paz que deseo. Y una buena cacería de los que merecen morir.

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61 Re: R.O.L. Beta el Mar Mayo 23, 2017 7:07 pm

De entre la tormenta, reconocí una lágrima.
En el medio del caos, encontré tranquilidad, la sensación de que la lluvia se detenía en el tiempo. Las variables desaparecían y dejaban ver solo a mi hermano de pie, estático.

En la oscuridad de mis párpados apareció, como si fuera el cinema de Varoa, la última vez que había llorado. Una acción que me había proscrito a mí mismo, casi una década atrás. Y Hanzel volvía a estar ahí.  

Mi brazo dolía. Apretaba con fuerzas las vendas. El chamán había cortado profundo  antes de la muñeca y la sangre fluía a su ritmo lento. Como un río, recorría el antebrazo hasta el codo, dónde la juntaba en una especie de plato de sopa. La sangre era mucho más oscura de lo que pensaba.

Revolvió el contenido y ni siquiera tuvo que usar sus poderes; a simple vista el resultado era obvio. Mi padre miraba apoyado contra la pared que daba a un ventanal, expectante.

—No tiene la sangre de su hermano —dijo.

Hanzel estaba sentado en una silla alejada de la mesa. Apoyaba sus brazos en el respaldo y me miraba con ojos indescifrables. Los míos no eran capaces de contener el llanto. El chamán volvió a mirar la sangre caer y quiso rellenar el silencio incómodo.

—De hecho, creo que nunca vi sangre tan espesa. Podría ser útil...
Para no ser mago puede ser útil—dije, seco y cortante, tomándome la herida y presionándola todavía más.

En la particular pose de mi hermano, podía ver como pendía de su cintura el revólver plateado. Me levanté y encaré hacia la puerta que llevaba a la calle. Escuché en simultaneo el suspiro de papá y como las gotas pesadas le daban cacofonía a mis pasos.
Ni mago... ni tampoco sería pistolero.
¿Qué sería?
¿Quién era?
Arropado en mis propios brazos, me manchaba las prendas con la herida que todavía no amagaba a cicatrizar. Hacía frío propio de un otoño cruento. El viento de la tarde había secado ya mis ojos.

Hijo de puta, cortó demasiado profundo. Quizás lo único bueno de mi sangre sea que coagula más rápido.

Sin magia, sin armas. A contramano de mi propia familia. Me sentía insignificante por no ser como él. No me importaban las distancias, podía cruzar cualquier montaña. Pero lo que me impedía llegar a ser como Hanzel era lisa y llanamente la propia carne de la que estaba hecho. Desde el parto con el destino impuesto.
La tarde pasó y todavía hacía más frío. ¿Cómo iba a volver a casa? No me sentía digno.

El sabor metálico detrás la lengua y la inconsciencia que atribuí a la adolescencia. El voto de silencio sobre las emociones; sellar el dolor en la profundidad de mi cuerpo. Impugnable.

El último día que había llorado había conocido a la sombra.


____________________________________________


Una sola flecha, o una sola tajada en su cuello era suficiente. Tocarlo con mis manos para descargar el poder la piedra. Había muchas maneras de matarlo. Quiero decir, por primera vez tenía herramientas para enfrentarlo. Pero, por sobre todas las cosas, lo que más me daba confianza era tener a la nereida a mis espaldas.


Movió sus manos hacía su rostro, concentrándose. La tierra se estremeció y, de la misma manera que Karus, empezó a abrir el suelo en múltiples grietas.

Aldara ya tenía listo un tentáculo de agua que se abalanzó contra Hanzel. Evadió el ataque agachándose y dando un saltito para atrás. La tierra no parecía dejar de abrirse, tragándose de el arma de Aldara. El diluvio era tal que no parecía desagotar como mi hermano esperaba. Desde su espalda ella creó otro brazo y empezó a atacarlo. Los dos latigos atacaron al mismo tiempo, dando por respuesta que Hanzel saltara y comenzara a volar. Otro brazo de agua surgió y lo tomó por los tobillos antes de que ascendiera más alto. Lo hizo rebotar contra el suelo y se dispuso a convertirse en una estaca de hielo, al igual que los otros 2 tentáculos. Aldara no fue lenta, sino que Hanzel fue extremadamente rápido con la transportación. El clásico chasquido blanco no desconcertó a nadie, solo a las garras de hielo que se clavaron en el barro.

Volteé para gritarle a Aldara, pero ella ya sabía.

Con la lluvia alcanza. No pienses dos veces, él no va a dudar en matarnos.

Hanzel pareció más cauto y calculador. Caminó varios pasos hacia adelante, lentos, con los brazos levantados. Decidí terminar con la pasividad, levantando el arco y apuntando a su pecho. Mi vista desenfocó todo el contorno. Veinticinco metros y matar a mi propio hermano no eran nada. El silbido de la flecha se hizo lugar entre el diluvio, fracciones de segundo antes de que una pared de tierra se levantara justo frente a nosotros. El proyectil pasó milimétricamente en su perfecta trayectoria. La velocidad que le daba a mi cerebro la piedra se concentró en mirar como se blandía la flecha y se abría paso. No recordé el anillo, ni procesé la información. No entendí el peligro, estaba demasiado concentrado en que esa flecha de madera realmente tenía chances de matar a mi hermano. Todo, de hecho, se me hizo ridículamente lento. Nunca llegué a voltear para ver a la nereida. Creí haber soltado el arco. Creí haber cubierto mi rostro. De cualquier manera recibí el golpe. No sentí dolor, solo la conmoción del golpe.

Oscuridad.

No eterna. Un parpadeo que se hizo demasiado largo y volví a encontrarme. El sabor metálico de la sangre llegó a mi labio. Sangre, sí. La raíz de los problemas.
Sostenía con mi mano un pedazo de madera que solía ser mi arco. El agua se retiró de mi cuerpo. No hacía falta decir que Aldara era mi ángel de la guarda.

Hanzel no tenía la flecha clavada. Una luz verde en su mano se difuminaba. Estaba seguro que le había dado.

Una masa de agua me empezó a rodearme y empujarme hasta ponerme detrás de la nereida. También se rodeó a ella misma. Desde el suelo volvió a rescatar más agua para crear gigantescos brazos que se dispusieron a atacar a Hanzel. Mi hermano se despegó del suelo para volar. No era conocedor de la magia, pero hasta donde sabía, era uno de sus atributos a destacar. Se deslizaba en el aire como si volar fuera naturaleza humana. No tenía límites para maniobrar, pero solo —hasta donde sabía— podía lograr unos tantos metros de altura. Los látigos de agua y el mago bailaban en el aire, en una coreografía extrema dónde estaba escrito que las masas de agua nunca lo iban a alcanzar. Pero Aldara tenía otra cosa en mente.
Extendió las manos, lento, y cerró los puños. El agua que nos rodeaba se convirtió en hielo cristalino. Y la lluvia perdió su paz. El sonido era mucho más agresivo. Las gotas ahora eran pequeñas estacas de hielo. En fracciones de segundos, empezaron a juntarse para crear enormes proyectiles que caían indiscriminadamente del cielo. Hanzel tardó en reconocer el peligro, todavía distraído por los tentáculos. Las gotas cada vez eran más voluminosas y golpeaban con violencia el escudo que la nereida me había proporcionado. Perdí de vista al mago por un momento.

Un pedazo gigantesco de tierra se desprendió del suelo. Hanzel se paró debajo de él, usándolo de resguardo. Los brazos de Aldara fueron automáticamente tras él, pero él le enseñó su palma y pararon. Escuché un gemido de la nereida. Bufó varias veces y respiraba agitada. Los tentáculos de a poco perdían su forma, desmoronándose en el barro. La nereida había tocado su límite.

Soltó su puños y movió sus brazos hacia adelante. Hanzel saltó, levantando con el su paraguas de tierra, y comenzando a volar de nuevo, listo para repetir el show. La lluvia no tardó en normalizarse, dejando de ser esa especie de estalactitas. La coreografía se repitió. Aldara mostró todavía más concentración intentado cazarlo; el hielo de nuestros domos se desfiguró, convirtiéndose en escarcha. Sumó todavía más agua a su arsenal, pero no podía dar con el objetivo. Me sentía insignificante, inútil. Estiré la mano de manera involuntaria y toqué el escudo. Noté como los rayos parecían reproducirse en el agua, como con un patrón. Volví a tocarlo, para confirmar que no era casualidad.

Hanzel aterrizó y se rodeó de un torbellino de fuego que no paraba de crecer. El ataque de Aldara ya parecía zozo al ritmo de mi hermano. Un tornado de fuego engulló el agua, vaporizando toda nuestra ofensiva. El siseó del agua cambiando de estado me dio escalofríos. El fuego quiso llegar al cielo, tal vez, para ahuyentar a las nubes. Pero ni el mismo sol parecía ser un enemigo para la oscuridad del día.

La cortina de fuego se desveló y pudimos ver una de las estacas clavada en su pecho. De su mano se llenó de fuego y la tomó, terminándola de derretir. Había más cortes en sus prendas, pero de heridas seguramente menores, de estacas ya vaporizadas. La luz verde volvió a aparecer. Tocó su pecho, y dónde había sangre, ahora volvía a haber piel inmaculada.

¡¿Qué?!—gritó en un chillido agudo.
Eso... eso no puede ser magia.

Arte alternativo me dije a mi mismo. Estábamos por morir a manos de lo que Cregh nunca tuvo tiempo de aprender.

Miré a Aldara, y en sus ojos parecía que su tormenta había sido apaciguada. En sus ojos también vi el reflejo de mis pensamientos: Hanzel no podía morir.



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HYPE. Posteo para que se manijeen, pero en estos días ya posteo más.

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62 Re: R.O.L. Beta el Lun Jun 12, 2017 4:34 am

Miré sus ojos y sentí que había sido el único capaz de entenderla. Desde la primera vez que la vi, con su tormenta a cada lado de la nariz. Indomable y libre. Impulsiva y valiente.
El terror, la incertidumbre; juntas, en sus pupilas. Creí haber presenciado el momento en el que el miedo dejó de ser ese fuego que nos mantiene lo suficientemente tibios y atentos a terminar incinerando hasta el último rincón de la piel. Había encontrado un rival que igualaba sus habilidades. No es que Karus no fuera digno, pero no teníamos un tiro en el hombro como ventaja. Hanzel extendía su mano y la luz verde hacía el resto. ¿Cómo lo mataría? Parecía una nena asustada. La soberana de las tormentas había sido destronada.
Tan rápido como estos pensamientos llegaron a mí, otro —complementario— se me vino a la cabeza.
Entendí mi lugar; no podía permitir que la moral de ella se desmoronara.
Aldara había sido la bestia encadenada que ahuyentaba a todos y que, de vez en cuando, usaba su mordida despiadada. Mi corazón latía muy rápido y la energía de la piedra fluía por mi cuerpo de manera absoluta; me daba la claridad en los detalles y con solo mirar creía entender todo. Como si un sexto sentido se desarrollará. Percibía las sensaciones de la cabeza de la nereida. Sentía su sudor frío recorriendo mi cuerpo. Dónde otros podían ver solo una mujer yo veía una historia interminable de fragmentos que hacían al momento. N
Todo esto era una simple teoría, ya que no podía distinguir nada proveniente de mi hermano. No encontraba dolor, tristeza, ni algo parecido a una caricia. Su entidad parecía como niebla en una noche sin luna. Oscura, sin forma y densa. Me concentré en la esencia de lo que destilaba y sentí que no había un solo recuerdo de Hanzel que me trajera felicidad. Se había convertido en eso, en esa cosa que caminaba y buscaba matar.
Con todo eso, la sombra y los años intentado olvidar, una idea cruzó mi cabeza como un balazo. La descarté en el mismo instante y me preparé para tomar la ofensiva. Mientras le decía a Aldara que lo atacara con una ola inmensa —o lo que considere suficiente para que él se mantenga bajo el agua—, la idea de que esas tinieblas que lo rodeaban no eran del todo suyas. Que quizás, solo estaba un poco confundido. No podía respaldar esta idea con nada más que la corazonada. Mi cariño por mi hermano se había drenado de la misma manera que el agua se drenaba por las grietas del suelo.
No podía arriesgar todo por él.
Recordé a Dalia y pensé que quizás ella hubiera soñado con la respuesta que necesitaba. Pero, como todo, insistía en terminar bajo tierra.
Recordé que tenía que asegurarme que tampoco nosotros termináramos en una tumba de barro y sangre. Necesitaba contagiar a Aldara de energía.


Adelante, el enemigo. Y en ese instante olvidé todo lo que había aprendido. Y me paré ahí, donde la línea de estar vivo o muerto se difumina.
Le di la señal a la nereida y el anillo hizo su trabajo. Aparecí en la espalda de Hanzel y traté de apuñalarlo por debajo de los omoplatos. La daga medía más de veinte centímetros de un metal frío y se hundió en la carne. Pero Hanzel no mostró mueca de dolor. Intenté volver a atacar, pero él se dio vuelta con la mano envuelta en fuego. Esquivé su ataque e insistí en volver a clavar la daga. Logré un corte minúsculo en su pecho al mismo tiempo que esquivaba su segundo puñetazo. Atacó una vez más que esquivé sin mayor inconveniente saltando para atrás. Parecía que no había sido nunca el objetivo. Un pedazo de tierra enorme se levantó del suelo, empezando a flotar. Sin querer darle un centímetro, volví a transportarme a su espalda. Como si leyera mi mente, ya estaba lanzando una llamarada a dónde iba a estar. Usé el anillo de nuevo para volver a una posición segura.
Los segundos que ganó al alejarme los utilizó sabiamente para volver a curarse. Esta vez miré sus labios y vi el ademán con sus manos. Definitivamente era Arte alternativo.
Pasó su mano por la espalda y de inmediato despegó sus pies del suelo.
Los tentáculos de Aldara volvían a no ser lo rápido que necesitábamos. Hanzel danzó en el aire y esquivó cada intento. Volteé para reprocharle sobre la ineficacia de los tentáculos. Noté una corriente en mis pies, formando un cuadrado de líquido enorme; una piscina. Entendí que debía cerrar la boca y estar listo, ella iba a cumplir con lo que pedía.
No creía que Hanzel pudiera verlo, estaba ocupado con el agua que lo perseguía. La nereida me miró con sus enormes ojos y asintió. Miró los movimientos de mi hermano y en el momento indicado, cerró sus ojos y levantó sus manos en un gesto brusco. La pared de agua viajó a una velocidad infernal, y los brazos parecían haberlo distraído lo suficiente como para no tener reacción al ataque. No tardé ni siquiera un parpadeo. El anillo me acercó a donde deseaba y abajo del cuerpo de agua, desaté toda la energía de la piedra. Como un vómito, vaciando absolutamente todo lo que tenía dentro. Así se vivió también. Por poco mi vida se iba a través de mi mano. Mi conciencia derrapó y sentí que mi cuerpo no tenía peso.
Vi como el rayo se abría lugar en el diluvio, como tocaba la tumba de agua de Hanzel y se propagaba como una peste. No fui capaz de ver la reacción, ya que paso siguiente me desplomé en el piso.
Quise sentir paz. La busqué en lo más profundo de mi pecho. Pero encontré los latidos de la tierra que acoplaban con los míos, en un negro perfecto de los párpados cerrados. Destellos de la piedra volvían a consumir mi sangre, levantándome casi por inercia. Me rodeaba un malestar general de repente. Mi estómago gritaba y mis músculos sufrían en silencio. Quise mantener la compostura, pero devolví la última cena a mis pies. Intenté controlar la respiración agitada y el domar los vuelcos que daba mi estómago. Esta vez vomité de nuevo, pero ya no había rastro de comida. Eran fluidos que venían desde bien adentro de mis intestinos. Tenían un sabor totalmente asqueroso y quemaban la garganta. Era de un color verde oscuro profundo.
Al levantar la vista, tanto Aldara como Hanzel se sostenían sobre la rodilla para no caer desplomado al suelo. No entendía como había sido el desenlace para que la situación acabara así. La mano de mi hermano destilaba el color verde y no tardó en volverse a parar.
El arte alternativo era un dolor de huevos.
Una estaca de hielo salió disparado de la nada y sin pedir permiso dio de lleno a la altura del hígado de Hanzel. Pude ver el disgusto en la cara de mi hermano esta vez. No volteé para ver Aldara. Apreté la daga de Marco y me transporté con el anillo.
Tenía la mano envuelta en fuego, buscando derretir y extirpar el proyectil. Sentí pesadez en cuanto cruzamos la mirada y lo buscaba apuñalar. Pesadez que no se reflejó en su accionar. Con un cuarto de metro clavado en su vientre y se movía como una puta gacela. Apunté a su cuello y esquivó el ataque. Apunté a su pierna y en el impulso patiné en el suelo inestable. Hanzel retrocedió y terminó por fin de sacar la estaca. Salté sobre él, buscándole no darle respiro. Tomó la daga helada del lado empapado por su propia sangre y rechazó mi ataque. Su palma seguía incendiada y noté el peligro. Quise tener la energía de la piedra lista, pero era demasiado pronto.
Cedí la iniciativa y Hanzel no hacía más que mirar sobre mi hombro. Estaba esperando que me equivocara. Di un paso hacia adelante y blandió el pedazo de hielo que usaba como arma. Estiré mi cuerpo para esquivar el ataque e inmediatamente después use el anillo para aparecer detrás de él. Otra vez el resultado no fue para nada prolijo, con la mano envuelta en llamas todavía extendió su mano para encontrarse con mi hombro haciendo explotar una bola de fuego. Como si pudiera leer con precisión mis pensamientos, tocó el lugar exacto donde yacía la piedra. Quise atribuirlo al azar, pero en medio de la lluvia, los latidos, el crepitar del fuego y todo el continente sentí un ruido punzante y fino que ya conocía. Como cristal rompiéndose. Un pequeño rayo salió de mí y llegó a él. También en contrapartida rasgué su pecho —mucho más profundo que la anterior— con el arma de Marco y Hanzel bufó de dolor. El ataque mágico desprendió una ráfaga que me despidió por el aire. No necesitaba tocar el suelo, en el mismo aire sentí y entendí lo que había pasado. La energía me había abandonado; no fluía.
No había sido exactamente doloroso, el fuego consumió mis prendas de inmediato y encontró piel y cristal. Si bien no tardé en sentir el olor a carne quemada, mi brazo, todavía entumecido por la primera descarga, no dolía más que un ardor aguantable. La ráfaga que me aventó al suelo parecía uno de los ataques de viento de Karus.
Busqué algún indicio, algún rastro de la piedra del Trueno. No había razón para convencerme de lo contrario. Encontré otro tipo de energía recorriendo mi cuerpo. Un miedo abismal me absorbió. Mi corazón dobló la velocidad con la que latía y mi estómago quiso volver a vomitar lo que no estaba ahí. Mis músculos se contrajeron hasta casi implosionar.
La sensación de desnudez me caló hasta los huesos y busqué los pergaminos púrpura y empecé a pegarlos en la piel del brazo que tenía al descubierto. Sabía que uno solo no era suficiente, así que pegué todos los que tenía buscando que en conjunto resistan al menos unos pocos ataques. Corrí la ropa quemada para ver qué era de mi hombro. Los pedazos de la piedra caían y se deshacían en fragmentos diminutos.
Hanzel volvió a conjurar. Hanzel volvió a llenar de carne sana los huecos que dejaban los ataques de Aldara. Limitado a mí propia humanidad. Me aferré a la daga de Marco como nunca me había aferrado a algo. Qué podía hacer un hombre frente a un no-mortal. ¿De qué eternidad le iba a hablar? ¿De qué muerte quería reflexionar? Cazador cazado.
Quería decapitar a Hanzel. Arrancar su cabeza de su espina y hacerla rodar en el suelo. Así se mataban a los Dioses, contaba la leyenda.
No estaba seguro que lo ameritara. No estaba seguro si su hermano era un Dios. Pero estaba seguro que estaba venerados por ellos. Fue su voluntad tener tal capacidad de bailar en dónde el resto encontraba la muerte. ¿Qué clase de deidad decidía sobre el Arte Alternativo? ¿Otra marca de nacimiento?
De entre los huecos de su ropa rasgada, un tenue brillo azul conoció la intemperie.

Y tan repentino como eso. Una luz. Lluvia, latidos, sangre.
Descubrí en ese instante que los Humildes no tenían preferencias.




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Juro que la próxima parte es la última lol.

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63 Re: R.O.L. Beta el Sáb Jul 08, 2017 12:43 am

Me transporté detrás de Aldara y la puse de pie tomándola por debajo de las axilas. Ella se volteó sin fuerzas. Sus ojos brillaban y vi como sus hombros se levantaban cada vez que respiraba. Estaba vencida.

Aldara, sé como matarlo—dije escondiendo la boca. Aldara gimió en lo que pareció una mezcla de dolor, cansancio y sorpresa.
¡¿Cómo?!—preguntó histérica.
Su cuello... de el cuelga un amuleto. Eso lo está curando.
¿Estás seguro?—dijo volviendo a mirar en la dirección que estaba Hanzel.
Si... Creo.
¡¿Cómo que creo?!
Tranquila.—le dije muy despacio y abrazándola por la espalda—No hay alternativa,hay que apurarnos y definir esto en menos cinco minutos. De otra manera estamos...
No lo digas. Por favor, no lo digas.—dijo y me tomó la mano. Apoyé mi frente en su nuca y cerré los ojos. El calor de su cuerpo y el movimiento de su torso inflando y desinflándose me hicieron olvidar la falta de energía de la piedra.
Voy a cortarle el cordón que lo sostiene. Cuando caiga, necesito que antes que el se de cuenta robes el amuleto moviendo el agua y lo destruyas. Si me acerco demasiado y me mata, atacalo con todo lo que te quede, ya no va a ser capaz de curarse.

Me separé de ella y me aferré a la daga de Marco. Divisé a Hanzel caminando hacia nosotros. Rodeando su cuello un hilo negro sostenía el amuleto del Arte Alternativo.

Por ahora distraelo. Vas a saber cuando sea el momento.

Hanzel no esperó. Una tormenta de fuego se dirigió a nosotros. Aldara se cubrió con lo que pudo, formando una pared de hielo —muchísimo menos consistente que de momentos atrás—.  Yo extendí el brazo y enfrenté el fuego con los pergaminos. Despejé el ataque efectivamente sin pasar más turbulencias.
Mi hermano formó un haz de luz en su mano derecha y la lanzó como una javalina. El objetivo era Aldara, quién de nuevo formó su escudo de hielo. Pero esta vez fue traspasado de lado a lado sin siquiera esforzarse. La nereida seguía viva simplemente porque el tiro no le había dado. El mago volvió a repetir el proceso, pero esta vez apuntó a mí. Ni siquiera analicé la chance de absorber el ataque, ese haz parecía mil veces más dañino que la llamarada. Reaccionar al ataque con el anillo fue suficiente para que Hanzel volviera a apuntar a la nereida.
Parecía el fin irremediable, la javalina atravesaría cualquier defensa y Aldara carecía de la velocidad suficiente. Mi cabeza no fue tan rápida como necesitaba y el mago disparó. Un chasquido salió desde su mano. Sentí que el tiempo se paraba. Aprecié la trayectoria del proyectil y letalmente certera. Como un balazo viajó para dar muerte a Aldara. Sin embargo los planes de ella eran otros. Se rodeó con agua el pecho y como una especie de arnés, tiraba de ella, dándole la movilidad que su cuerpo no tenía. Disparó otro haz y el brazo de agua volvía a desplazar a Aldara por el aire.
Reaccioné por fin. Usé el anillo para aparecer enfrente del mago, pero de manera incansable volvía a leer mis intenciones. Siempre un escalón arriba mío. Su mano derecha se envolvió en un fuego denso que disparó a quemarropa a mi posición. Extendí el brazo y sentí como la ráfaga era tan potente que no podía apaciguar el calor infernal. Vi como los pergaminos se expiraban uno a uno, de manera inmediata. Tortuosamente intenté avanzar contra la potencia del ataque. No era solo fuego común, parecía que llevaban en sí la fuerza del sol. Mi escudo mágico perdía su fuerza y tuve que tomar una decisión. La retirada se sentía como una muerte un poco más lenta.
El último pergamino se extinguió y toda la parte izquierda de mi cuerpo recibió de lleno el endiablado y demoledor calor. Di un paso firme a pesar de la llamarada, tomé su muñeca y torcí. El hechizo se detuvo casi de inmediato. Me aferré a él y di otro paso. Estiré mi brazo derecha en donde llevaba el arma de Marco. Di con su torso y lo hundí tanto como la daga me permitió. Rasgué el pecho por entre medio de dos costillas hasta que me encontré con su esternón. Él gritó de dolor. Era la primera vez que lo escuchaba gritar de esa manera. No fui lo suficiente fuerte como para atravesarlo y quedó enganchado allí. Saqué la daga e intenté volver a clavarla, aunque Hanzel me empujó con otra ráfaga de viento, dejándome fuera de rango.
Vi su pecho y comprendí el error fatal. No había cortado el hilo, el corte era justo debajo de donde salía esa luz azul. Aldara encontró fuerzas en algún lugar de su alma para atacar a mi hermano. Vi el hilo negro y aposté todo lo que teníamos, todo lo que quedaba. Un tiro, sobre el borde de la clavícula derecha, cerca de la yugular. En el mismo movimiento de taparme la cara por la ráfaga de viento, lancé la daga buscando ese punto específico, cualquier otra cosa no nos servía.
Había sido una carrera contrareloj. Sin la piedra, sin energías y sin ideas. Había tirado hasta mi última arma. A mano desnuda, ahora esperaba expectante que la daga hubiera dado en su lugar. El resto quedaría en la voluntad de Hanzel, que no tenía misericordia entre ceja y ceja.
Pensé que no había dado, pero la sangre empezó a brotar de su cuello y vi como el hilo negro se vencía, rozaba el cuello de mi hermano, dándole una última caricia antes de caer, resbalando finalmente entre sus prendas roídas. Nunca tocó el suelo; de un charco de agua un filamento salió y como en un movimiento de latigo me lanzó el diminuto amuleto azul. Lo atrapé y lo dejé caer al suelo. Clavé mi mirada en los ojos de Hanzel, que todavía no se había percatado. Una vez que neutralizó el ataque de la nereida, se sacó la daga del cuello, volteó y vio el brillo azul debajo de mi suela. El ruido de cristal rotó cambió su cara por completo. Petrificado miraba por primera vez mis pies. Unos largos segundos fueron la suficiente ventaja. Cuando se dispuso a crear un destello en sus manos, el anillo fue la herramienta perfecta y su guardia perfecta había cedido de una vez por todas. Desde atrás pateé su cabeza. Tamboleó y cayó al piso. Me abalancé sobre él y golpeé su rostro con todo el odio que podía entrar en un brazo. Tomé una piedra afilada del suelo y apunté arriba de su ojo derecho. No recordaba haber escuchado sonidos desde que había roto el amuleto. No recordaba ni los latidos, ni la lluvia ni nada. Ese sentido se volvió a despertar con el crujido del cráneo de mi hermano. Que opuso resistencia en los tres primeros golpes, y luego se escuchó como el sonido dejaba de ser seco para convertirse en un sonido explosivo. La dureza del hueso derivó en el blando interior de su cabeza. El sonido ahora era acuoso y reflejaba lo que realmente pasaba; la piedra estaba escarbando en sus sesos.
Lo golpeé recordando cada año y cada día. No dejé nada.
La sombra, el gusto metálico. La soledad y la frustración. Todos juntos llegaban para un clímax sanguinario.
El ojo derecha se balanceaba en el aire, solo unido a lo que era su cara por unas hebras de carne y ligamentos. Su frente estaba hundida hacia adentro. Solo paré cuando mi cuerpo ya no tuvo razones. Me eché hacia atrás y miré al cielo. Dejé que la piedra empapada en sangre se deslice por mi mano y se lavara con la lluvia.
Me tomó la mano con firmeza y me miró con su único ojo.

Recuerda mis palabras, Ítalo. Habitarás entre malditos.

Su boca, la única parte reconocible de su rostro, permaneció con rictus de asco. Me desparramé en el suelo, a su lado, a su izquierda. Imaginaba como su cuerpo perdía calor y la sangre iba deteniendo para siempre; no podía contener las lágrimas. Dejé caer mi cabeza en el barro y lo miré, y su ojo se detuvo en el mío. Pensé que miraba.

Las cosas pudieron haber sido muy distintas—le susurré.

Él no parpadeo. Nunca más movió un músculo.
Entendí después de un rato que no me estaba mirando. Más bien imitaba a Dalia señalando la dirección inequívoca: el Oeste.


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64 Re: R.O.L. Beta el Mar Nov 21, 2017 3:37 am



ROL FINAL. TERCERA PERSONA.
PRIMER PARTE: EL OESTE.

El llanto de Ítalo revivió una vez que se puso de pie. Vio como la sangre que salía de la cabeza de su hermano se mezclaba con el barro y formaba una especie de pasta roja espantosa. Se tomó el rostro y lo apretó. Sintió el olor de la carne de su brazo calcinado y sintió también el ardor. Tenía la piel al rojo vivo; las gotas que caían allí le producían una sensación de una quemadura insoportable.

Lloraba con ganas; gemía y el aire apenas pasaba por su garganta. Caminaba de un lado al otro, buscado arroparse de la lluvia y sentir algo sólido donde apoyar la espalda. La llanura del claro lo hizo sentir sin esperanzas. Giraba la cabeza buscando algo, pero no lo encontraba. Volvía al mismo lugar, volviendo a ver el cadáver. Lloraba y no era capaz de detenerlo o hacer algo apaciguarlo. Se desplomó —de rodillas— frente a Hanzel, dejando caer el peso de sus hombros hacia atrás. Agarró el lodo del suelo y lo arañó ansioso, desesperado. Con la mano que no estaba quemada, tomó la del difunto. La acarició y sintió como el calor se iba disipando. El agua helada borraba los vestigios de la vida de su hermano. Frotó con su pulgar la palma de la mano con delicadeza y luego la apretó fuerte.

—Hanzel... No quiero sufrir más —dijo con un hilo de voz, en medio de los sollozos.


Todavía aferrado a la humanidad del mago, cerró los ojos y con el pasar de los minutos su cuerpo compungido empezaba a dar indicios de querer parar finalmente.
El corazón del bosque latía cada vez más rápido y fuerte. Ahora la lluvia menguaba, convirtiéndose en una llovizna que se deslizaba en la brisa. Ítalo se movió hasta donde estaba Aldara, que muy despacio se intentaba poner de pie. Agitada y agotada lo miró a los ojos, pero no abrió la boca.

—El resto —le dijo—. Hay que movernos.

Aldara asintió y luego de llenar de aire su pecho estiró el brazo hasta tocar al cazador. Había una extensión del bosque que rodeaba el río más adelante y e imposibilitaba ver más allá. Usando el anillo recorrieron los kilómetros de llanura en un segundo. Dónde terminaba esa pequeña extensión de árboles, fluía el río y desembocaba en el enorme lago. Tanto Ítalo como la nereida divisaron las figuras de los magos, el pistolero y Malo. La imagen se mantuvo estática por varios segundos. No entendían que pasaba, ninguno de los cuatro se movía.
Ninguno de los dos aportaría algo significativo a la pelea, por lo que Ítalo los transportó a una distancia prudente.

—¿Karus... está arrodillado? —le preguntó a la nereida para saber si sus ojos no lo engañaban —¿Qué es ese brillo que le sale de la armadura?

Aparecieron en la escena y sus compañeros giraron sus cuellos para encontrarse. Los miraron severos a los que llegaron y, casi de inmediato, su atención volvió a seguir mirando a Karus.

—Yo también estoy contento de que estén bien —dijo el cazador, sarcástico.

El pistolero lo silenció mientras mantenía sus dos calibres apuntando desde la cadera. Cregh tenía las manos brillando de un amarillo pálido; arte alternativo. El mago se puso en cuchillas y miró a Karus. Malo abandonó su forma canina y dispersó el ambiente tenso.

—Creo que realmente está muerto—le dijo a Li, todavía con las manos brillando—.
—Si...—le contestó al mago enfundando uno de sus revólveres muy lentamente— eso parece.
—Miau— afirmó Malo.
—¿Qué paso? No entiendo —preguntó Aldara.
—No sabemos... simplemente cayó así al suelo y dejó de moverse —dijo mientras lo señalaba con el revólver que le quedaba.
—Y empezó a destilar esa cosa brillante —acotó Cregh.
—¿No te recuerda a la luz de las plantas de los Robler? — le preguntó Ítalo y el mago afirmó en silencio.

El espectro que era Karus había terminado su ciclo en ese cuerpo. No era de su propiedad. Por más que no fueran más que un títere, los cuerpos en los que reencarnaban tenían la posibilidad de dejar de responderle una vez que les fuese físicamente posible seguir moviéndose. Karus sentía el dolor del cuerpo, pero no era más que algo pasajero. Al final, el cuerpo podía revolucionarse de las órdenes del ente, al costo de morir al paso siguiente. La gran mayoría de las veces, poco tenía que ver con la voluntad del cadáver, sino con la propia estructura biológica que la sostenía. Se exigían límites más allá de lo que soportable y el mecanismo se rompía. Esta vez para siempre.
Y sin vida el mago no podía mandar. Vagaría entre los mortales hasta que otro hechicero decidiera llevar a cabo la ceremonia para que resucitara.
Su influencia ahora era nula. Los residuos de la ceremonia inicial, de la planta milagrosa del Oeste se purgaban por los poros del pobre cascarón que había utilizado. Rendido y humillado por el abuso que Hanzel y Karus habían llevado a cabo, el ser encontraba la eternidad con las rodillas clavadas en el piso y una espalda vencida hacia atrás. El propio peso del cuerpo hacía que se patinara hasta que cayó al piso.

—Está muerto —sentenció el pistolero y guardó el otro revólver.

Se mantuvo el silencio por unos instantes más, hasta que Aldara dio un paso al costado de Ítalo y rodeó el brazo con una fina capa de agua. El cazador chilló de dolor.

—No hace falta, todavía me quedan hojas de Valma como para curarlo —le dijo Cregh, apropincuándose.
—No, déjala. Sanala, revisa su herida de bala —dijo Ítalo, quejándose por el dolor.

Cregh se acercó y sacó la hojas curativas. Le pidió a la nereida que se sentara. Ella no mostraba expresiones de nada más que cansancio. Movió el brazo que no estaba atendiendo Cregh y el agua en el brazo del arquero se convirtió en una especie de escarcha. El mago se enfocó en la herida hasta que vio la vista perdida de Ítalo.

—¿Él... murió? —preguntó Cregh
—Si, yo lo maté —dijo Ítalo sin más lágrimas para llorar. Quiso tomar la responsabilidad, no el mérito. Sabía muy bien que sin la nereida nada hubiera sido posible.

Malo se frotó contra las piernas de Li, que con miraba ausente el lago de donde nacían los latidos.

—Aldara estuvo increíble —comentó Ítalo.
—No lo dudo —dijo Cregh.
—El amuleto era la clave.
—¿Qué cosa? —preguntó el mago.
—El amuleto que te llegó en Havenstad es lo que te permite utilizar el arte alternativo. Mi hermano tenía uno idéntico —le dijo Ítalo.

Cregh revisó entre sus prendas y sacó el amuleto. Lo miró con detenimiento y volvió a asentir. Nunca se le había cruzado por la cabeza. Destino tenía un plan orquestado hasta el más mínimo detalle.

Ítalo pensó en contarle acerca de los hechizos de Hanzel, pero no veía el punto de ponerse a leer un libro en una situación así. Desconocían la cantidad de tiempo que tenían y una vez más, no sabían como seguir. Aldara tuvo la corazonada que ese lago era el Oeste. No había nada más allá para el grupo. Eso implicaba que volverían a casa, o morirían con los ojos mirando a sus espaldas, su tierra, su patria; el este.

—El lago es nuestro destino. El destino de todos —susurró ella.
—No hay más posibilidades de titubeos, Cregh —se dijo el mago a si mismo, apretando los puños.
—¿A qué te referís, Aldara? —preguntó el pistolero.
—Todos, literalmente. Siento algo debajo del agua. —dijo con una mueca parecida al asco.
—¿El Deus? —preguntó ansioso el cazador.
—No —negó rotunda—... no creo que eso sea él.
—¿Qué es? ¿Qué sentís?—dijo Li.

Aldara cerró los ojos y perdió cuidado total sobre el brazo de Ítalo, el agua cayó al suelo sin escalas. Ella se tocó sus brazos y los frotó como si tuviera frío. Nos miró confundida y meneó la cabeza en un movimiento apenas perceptible.

—Almas —dijo.
—Tiene sentido— dijo Li, quién esperaba esa respuesta.
—¿Por qué tendría siquiera una pizca de sentido?—dijo Cregh
—No es la primera vez que relacionan el agua con las almas. Escuché historias tanto del Este como del Oeste sobre la idea de que a los espíritus se los lleva un río. Para desembocar en algún lado —dijo, tocándose la punta de la nariz.
—¿Y? No veo porqué deberíamos preocuparnos —dijo el mago.
—Yo tampoco— dijo Ítalo apoyando a Cregh y mirando confundido a Li. Aldara seguía con la cara atravesada por esa sensación y no decía nada.
—No sé, que el Deus se arrastre hasta un lugar así para que sea solo...¿agua?
—Están... tibias... Dioses, Dioses —gimió—, puedo sentir como nadan.

Aldara empezó a toser por las horribles sensaciones que le daba ser capaz de percibir ese caldo de almas.

—¿Estás bien? —le preguntó Ítalo.
—Es... demasiado.. desagradable —dijo apoyándose en el piso y escupiendo. —Son como peces... ¿vivos? —sacudió la cabeza, tratando de sacar esa cosa de su cabeza.
—Bueno, si son peces están vivos —aclaró lo obvio el mago.
—Aldara manipuló el agua del río sin ningún tipo de problemas antes —dijo Ítalo.
—No es lo mismo —dijo Li con toda certeza—. Acá es donde terminan, donde se conglomeran.
—¿Cómo sabés tanto?—le preguntaron al unísono Ítalo y Cregh.
—No es que lo sepa, estoy tratando de darle sentido.

Ítalo se quitó las prendas del torso, que estaban tan chamuscadas como empapadas.

—¿Cómo seguímos?¿Cómo matamos al Deus? —dijo el arquero, en cuchillas. Li se acercó a él pero no dijo nada.
—Nuestra mejor chance es que lo intimides con ese estado físico, Ítalo —dijo Cregh desde lejos, conteniendo a Aldara con suaves roces en la espalda.

El cazador río y sacudió la cabeza. Miró el suelo por un largo momento y luego su mirada se corrió hasta Li.

—¿Qué hacemos? —dijo en voz baja, como restringiendo la charla a ellos dos. El pistolero seguía perdido en el lago. Ítalo le golpeó la pierna intentando hacerlo reaccionar. —Sos el que está apareciendo con estas ideas. Tienes los pensamientos más fríos y calculadores... yo acabo de matar a mi hermano —dijo sin inmutar sus ojos.

El pistolero suspiró y puso las manos en la cadera.

—¿La espada? —dijo, sin certeza, mirando sus revólveres.
—¿La espada? —repitió Ítalo.
—La espada —afirmó ahora Li, desenfundandola— ... tiene que ser.

Ítalo le quitó la espada de las manos al pistolero y se dirigió al lago.

—¡¿Qué haces?! —gritó Li.

El cazador tomó la iniciativa y puso un pie dentro del lago. Se quedó perplejo al sentir la temperatura del agua. La tibieza que tenía era totalmente opuesto a lo que esperaba. También sintió una rareza en la manera que el agua fluía. No era suficiente información para afirmar que eran almas, pero viendo la reacción de Aldara, se había convencido que era así.

Dejó caer la punta de la espada en el agua y miró como esta se volvía turbia. Una estela negra como el carbón rodeaba el arma. Como si estuviera hecha de acuarela, teñía el contenido del lago. Ya no se atrevía a decirle agua, porque no lo era en absoluto.
En cuestión de segundos sintió como del lado derecho de su pierna ya no sentía el calor tenue del lago. No era casualidad que estuviera sosteniendo aquella espada tan particular en su brazo derecho.

Sin reacción, perdido, mirando como el líquido perdía transparencia, ignoraba los gritos de Cregh. El mago había olvidado rápidamente la decisión que había tomado. Dejó las bromas y esa sonrisa que rara vez se le despegaba de la cara. Corrió hasta donde Ítalo y le puso una mano en el hombro, intentando parecer amigable. No había ninguna intención de lograr algún tipo de consenso, simplemente tomó la espada y, cuando el arquero levantó la vista, Cregh lo miró y le dijo “Necesito hacer esto”. Le extirpó el arma de las manos sin sacarle los ojos de encima, como si se trata de un sacarle un dulce a un nene. “Yo” le dijo señalándose el pecho. Ítalo guardó un silencio perfecto.

Cregh no sintió la tibieza, ni en ningún momento apreció como el agua se enturbecía por el contacto de la espada. Cregh se había hartado de su imagen. Ser el mago que prendía fuego pueblos, que les perdonaba la vida a los cuervos del Este. Que ni siquiera había podido demostrarse a sí mismo que podía, porque Karus había caído de rodillas sin decir mucho más.

Pensó en cuanto miedo tenía a morir. Pensó en cuan egoísta era anteponer un deseo personal a la vida de un continente entero, pero no era así. Por primera vez en su vida, confiaba en sí. Se aferró la espada y siguió adentrándose en el agua. Llegó hasta las rodillas, cintura, y pecho. Sintió un tirón en el pie y que lo hundió de un instante. Desesperado, recordó que no sabía nadar antes de que podía conjurar algún hechizo para respirar bajo el agua. Ahí abajo, no lograba ver nada más que oscuridad.
Aquella fuerza que lo adentró no hizo ningún otro esfuerzo por intentar ahogarlo. Sintió los latidos haciendo vibrar el agua. Escuchó algo más. Un ruido desarticulado, pero que tuvo la sensación que no provenía del agua. Conjuró una burbuja de aire, e intentó escuchar.

El ruido era como el de mil voces hablando una encima de la otra, pero todas diciendo lo mismo. Tuvo un escalofrío que se sintió como un pedazo de hielo bajando por su espalda. Descubrió que sus movimientos no eran de fluidos.Y mucho más aterrador, era que él no lo estaba controlando. Cregh pensaba en izquierda, pero su mano dudaba y se movía a la derecha. Él quería apretar la espada, pero la mano empezaba a dejarla resbalarse de sus dedos. Se concentró y todo volvió a estar bajo su control. Inmediatamente después, ese sonido desarmado y plural que escuchaba se hizo más claro. Por encima de esas palabras incomprensibles, una voz salió de su cabeza, hablando en el idioma del Este.

—¿Hechicero?—le preguntó la voz.
—S-si — titubeó el mago.

Las voces hicieron un zumbido, pero no respondieron.
Al mismo tiempo, los latidos dejaron de sonar.

Los kilómetros de flora que habían crecido en pos de defender la cuna del Deus se desvanecieron en un abrir y cerrar de ojos. Como si nunca hubiera existido. Solo quedaba una planicie hasta las montañas que rodeaban Verin, el río y el lago.

De su sueño que se había hecho eterno, el Deus retornaba al lago para reclamar su trono. Revitalizado, se paraba sobre el lecho del lago, mostrando la ornamenta de su cráneo. Dando apenas tres pasos, fue suficiente para desvelar todo su cuerpo. Desde su cuello rodeado de hojas y ramificaciones, a su manto negro que cubría hasta las rodillas.
Carecía por completo de piel, su carne estaba a la intemperie. Su esqueleto, hecho de en partes iguales de hueso como madera eran su principal y única armadura aparente. De su cráneo, dos huecos negros hacían de ojos y de su boca, con unos dientes de corte carnívoro, caía de manera grotesca una baba negra.
Sus tres metros de altura eran suficientes para entenderlo todo. La envergadura de sus hombros pasaba el metro y medio. El cuervo más grande llegaba siquiera a su pecho. A su alredor, pedazos de piedras de todos los tamaños se desprendían del suelo y flotaban con su mera presencia.


La revolución había comenzado.

A miles de kilómetros, también era tiempo de desatar el caos. La propia naturaleza de su cuerpo les pedía con desesperación matar al enemigo. El sosiego del Este había terminado. Un cuarto de hora, era todo lo que ellos necesitaban.

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65 Re: R.O.L. Beta el Mar Nov 21, 2017 3:38 am

ROL FINAL. SEGUNDA PARTE. EL ESTE.
El calor del sol entibiaba los corazones de la ciudad. Esa sensación de paz, fraternidad. De vivir sin un infierno a los pies.

La mansión Wendagon se había vuelto una caja de eco. Los pasos de Evelio retumbaban entre las paredes de piedra. Hacía ya tiempo que solo recorría los pasillos buscando nada, solo matar el tiempo.

La luz se filtraba por algunos huecos, y se podía ver como partículas de polvo danzaban al ritmo del verano. A él le gustaba el sol, su presencia siempre le era bienvenida. Pero desde el asesinato del terrateniente, su misión se había reducido a una: esperar.

Su conexión con el oráculo era completamente nula. Su conocimiento de la magia era pobre y vago. Su mayor virtud la llevaba pegada en su pecho: la lealtad. Su capacidad de dejar todo atrás y velar por quienes confiaron en él hacían obvias las razones por las que Wendagon lo había elegido. Era de cara juvenil y enérgica, sin un solo vestigio de una arruga. El rostro pálido brillaba cuando caminaba a través de esos haces de luz que se metían pidiendo permiso por alguna ventana, o incluso algún agujero de la pared.

La mansión era tan grande que era difícil hartarse de recorrerla. No era para nada monótona, cada cuarto tenía su propia esencia. Una especie de sensación en el aire al entrar que al pasar un rato se la llevaba el viento. Todas las habitaciones tenían como mínimo un cuadro. Evelio se perdía imaginando historias con solo mirar los colores. No tenía que si quiera esforzarse, era como si las imágenes lo esperaran para contarles sus historias.

Más allá de la lealtad, más allá la belleza de la mansión. La sombra del asesinato del dueño de la mansión y la sangre coagulada en el suelo —que Evelio nunca se animó a limpiar—, lo perseguían en las noches. No había quedado rastro del asesino. Y no tenía idea si podía volver por él para cortar todo vínculo cercano del señor de tierras. De todas maneras, las horas de vigilia eran porque sabía que podía haber hecho algo al respecto. Quizás siendo haciendo de carnada, al precio de morir, a cambio que su señor siguiera vivo.

El funeral había sido multitudinario. Había pocos llantos reales, pero había predominado una tristeza rayada de genuino respeto. No era menor el hecho que no había más lágrimas para llorar. Muchos terratenientes habían muerto en muy poco tiempo. Parecía que la gente se acercaba a despedirlo como dándole gracias por su ayuda en algún momento de la vida, tal vez con dinero, con su poderes premonitorios o simple sabiduría.
Una vez que el cuerpo empezó a apestar la gente se disipó. Nadie se quedo para el entierro más que el siervo y el hombre enorme encargado de levantar el ataúd. Tal era la lealtad de Evelio que pidió ser él el que tapara con tierra el lecho. A pesar de sus brazos escuálidos y su endeble torso, terminó la tarea. Wendagon estaba enterrado en el jardín de la mansión. No tenía ningún mausoleo ostentoso, solo una lápida y un cajón de madera con quince clavos.

Esa tranquilidad. La impunidad y la manera de derrochar el tiempo que tenía el Este. Alles estaba condenado por sus propios pecados. Solo con el instinto de los que le eran leales al Deus era suficiente.

Gritos. Primero en la lejanía, como una tormenta regurgitando y después tan cercano como un susurro. Se acoplaban, uno encima del otro y en menos de veinte segundos era algo ensordecedor.
El sol miraba, impune también.
Evelio corrió hasta la puerta principal. Imprudente, simplemente la abrió sin más. Bajando por la calle, gente corriendo, perseguida por seres espantosos que él nunca había siquiera visto en sueños. Las arañas del bosque habían esperado demasiado tiempo ese momento. Envueltas en un odio sin remedio, sus ojos se habían vuelto rojos por la influencia del Deus.
En el intervalo de diez segundos en el que Evelio salió afuera a mirar, presenció por lo menos como desmembraban a tres personas en la calle. Antes de que pudiera cerrar la puerta, un cuervo, con los mismos ojos en carmesí, lo divisó y se abalanzó de un salto sobre la entrada de la mansión. Evelio notó que era imposible cerrar a tiempo el portón, y empezó a correr despavorido. El cuervo que casi llegaba a los dos metros de altura, era mucho más rápido que el joven. Podía correr, pero no tenía ningún margen para escaparse. Subió unas escaleras a una velocidad que no sabía que pudiera ser real. Recorrió unos metros y se metió en una habitación a la izquierda.
Apenas llegó a poner el pestillo. De inmediato se hicieron sentir los golpes desde el otro lado, queriendo tirar la puerta abajo. Evelio se apresuró a encarar la ventana, pero con solo ver la altura sus piernas se aflojaron. Era demasiado alto para saltar, solo podía esperar a que la muerte llegara. La madera empezó a crujirse. El hierro que sostenía la posición de la puerta también cedía.
A pesar de recorrer las habitaciones prácticamente todos los días, nunca había visto lo que un rayo de sol hizo brillar bajo la cama. Lo recordó de inmediato. Esa era la habitación que el pistolero de la profecía había descansado. Había olvidado un revólver.
Con una seguridad impropia tomó el arma y corroboró que estuviese cargada. No estaba seguro de como funcionara, o si el calibre era suficiente para matar a una bestia de la envergadura de aquel cuervo.
Se paró frente a la puerta. El cuervo había roto de una patada la madera. Hizo un hueco lo suficientemente grande como para que intentara meter su cabeza por ahí. Intentó meter sus alas también y terminar de derribar la estructura. Miró a Evelio con aquellos ojos rojos y una ira rabiosa, desesperada. El siervo se acercó hasta el bicho e incluso al ver el revólver, el bicho no sintió la más mínima expresión de miedo. Evelio disparó cuatro veces en el cráneo, dándole una muerte instantánea. Intentó abrir la puerta, pero todo el mecanismo ya estaba demasiado torcido para funcionar correctamente. Gastó las últimas dos balas en el picaporte y en el pestillo. Paso siguiente todo se desmoronó al instante. No sintió lástima por matar a la bestia.
Evelio corrió buscando algo que conocía muy bien; el altillo. Era la posición más segura de toda la mansión, y estaba seguro que debía haber algún arma escondida. Dudaba de que tuvieran la capacidad de encontrarlo allí, o si quiera que recorrieran una mansión prácticamente abandonada cuando los alaridos de la calle que orquestaban la escena le daban la seguridad que afuera había suficiente como para entretenerse un buen rato. A toda carrera, y sobre todo sin querer mirar atrás para ver si alguna cosa lo perseguía, recorrió los 3 pisos faltantes. Abrió el portal de firme metal y se encerró. Era un lugar enorme, con algunas reservas de comida y agua y su correspondiente cuadro. La esencia del lugar lo hizo tranquilizarse en un momento que parecía imposible hacerlo. El celeste claro que pintaba el cuarto le recordaban a la infancia, por alguna razón. En la pared, había una espada colgada, de la que se aferró como si fuera un niño pegado al pecho de su madre.
No quiso ni asomarse al pequeño hueco en la piedra, que funcionaba como ventana. Tenía miedo de tener contacto visual con lo que había en barrio alto de Veringrad. La altura no era ningún atenuante para el mar de gritos que recorrían la ciudad. Sentado y paciente, se dejó envolver en ese sufrimiento hecho sonido. Los minutos pasaron y finalmente no se resistió más. Desde lo alto, pudo ver como los humanos eran diezmados, sin ningún tipo de piedad. Aunque no pudiera asegurarlo por la distacia, estaba seguro que todos tenían ese carmesí profundo en los ojos. No entendía que carajo sucedía, y decidió cumplir con lo que Wendagon le había encargado. Esperar. Sentado y callado. Cerraría los ojos y trataría de ignorar los cristales rotos, los llantos, y los pedidos de auxilio. Esta vez, el no podía hacer nada.

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